Psicología y Astrología I

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José Antonio Delgado González

Introducción

Ante la exposición que a continuación se presenta, en la que se indagan algunas de las relaciones existentes entre la psicología analítica, la Alquimia, el Gnosticismo y, sobre todo, la Astrología es menester realizar una introducción a fin de orientar al lector que no pertenezca al oficio de la psicología.

MagiaNaturalis

Lo que sigue en adelante se refiere a observaciones realizadas en el alma humana. Dichas observaciones pueden ser, como de hecho han sido y, con toda probabilidad aún serán por mucho tiempo, consideradas como difíciles de contemplar o de difícil acceso. A algunos, incluso, les pueden parecer elucubraciones metafísicas, más o menos personales, carentes de validez por incluirse en el marco de una concepción individual o, a lo sumo, grupal. Sin embargo, es un hecho sorprendente, y en ocasiones exasperante por la porfía con la que se defiende, que hasta el más incompetente de los legos cree estar al corriente de todo cuanto hay que saber de psicología. De esta ciencia él parecer ser quien más puede saber y, por supuesto, la psicología es, ante todo y sobre todo, su propia psicología.

Uno no deja de enfrentarse ante la nada anodina situación de tener que enmudecer, mientras el profano trata de dar magistrales lecciones de psicología, por supuesto su psicología. Pareciera que los conocimientos sobre esta difícil ciencia estuvieran al alcance de todos, por tratarse de un área de conocimientos de lo más accesible, conocida y abarcable. Nada más lejos de la realidad. Pues quien tenga un mínimo conocimiento del alma compartirá conmigo que se trata de uno de los dominios más oscuros, inaccesibles y refractarios al saber consciente general de cuántos se ofrecen a nuestra experiencia. En este terreno misterioso uno jamás deja de aprender.

En el quehacer de todo psicólogo, y de aquellos individuos a quienes les ha tocado en destino la ardua y peligrosa tarea de embarcarse en un viaje de autoexploración profunda, no hay día que no se encuentre uno ante situaciones extrañas e inesperadas. Desde luego que los contenidos de lo inconsciente no dejan de ser complejos y solo accesibles bajo determinadas condiciones, bien alejadas de lo superficial y cotidiano. Pero le son accesibles a todo aquel que disponga de los conocimientos requeridos y emplee la metodología que le es propia a este tipo de domino especial. De la incompetencia y del desconocimiento de los profanos no es responsable el psicólogo. El proceso analítico, es decir, la dialéctica entre la consciencia y lo inconsciente deja al descubierto una tendencia hacia la finalidad.

En otras palabras, un proceso que conduce a un fin, cuyo máximo logro es la totalidad del individuo. A este proceso, cuyo objetivo es la realización plena de las facultades o potencias inherentes, aunque inicialmente inconscientes, del ser que habita y abarca al ser humano se lo designa con el nombre de proceso de individuación o autorrealización. Ejemplos de este proceso se pueden encontrar en el libro de Abraham Maslow El hombre autorrealizado. Lamentablemente la senda que conduce a la individuación es intrincada y está colmada de caminos que no hacen sino dar rodeos. Esa via larguísima no tiene nada de regia. Es un camino serpenteante que nos hace discurrir a través de experiencias que se repiten de un modo cíclico. Podríamos comparar esa vía con el movimiento de una hélice que va subiendo de nivel a medida que realiza un giro completo. Cada vuelta de hélice finaliza en un momento en el cual parece culminar un ciclo de experiencias vitales, al tiempo que nos inicia a una nueva vuelta helicoidal que nos elevará, Dios Mediante, de nivel.

Las experiencias se repiten, si bien, en la medida en que el nivel de consciencia o de autoconocimiento va siendo más amplio y profundo, el despliegue de nuestras facultades aumenta y, con ello, también nuestra sabiduría. Pero este sendero está colmado de recodos que albergan experiencias de lo más horrorosas. Son estas experiencias las que suelen considerarse de difícil acceso. Y si esto es así, sólo lo es por el hecho de que son costosas y, al mismo tiempo, dolorosas. En ellas, las más de las veces, lo que está en juego es, ni más ni menos, que la vida y/o la muerte. En un

mundo como el nuestro cuya dominante está marcada por la consecución de todos los deseos y objetivos del modo más fácil, rápido y sin esfuerzo, por no mencionar la exención completa del dolor, no deja de ser comprensible que el ser humano contemporáneo se aleje de dichas experiencias, de las que huye despavorido ante el temor a las perturbadoras consecuencias que parece intuir. De esta reacción es enteramente responsable la inconsciencia e indolencia del hombre moderno.

Pero también lo es, y en medida aún mayor si cabe, la educación del contemporâneo frente a las religiones dominantes. Y es que en lo inconsciente hallamos lo que se podría denominar un instinto religioso o, si se prefiere, una función espiritual. De modo que el desprecio ante todo lo religioso que parece caracterizar al espíritu de ésta época es un desprecio a lo que de religioso hay en el ser humano. De esa actitud surgen una depresión latente y una neurosis soterrada por una carencia de valores espirituales. En efecto, la Iglesia Romana ha sostenido la verdad de las Sagradas Escrituras, de la Biblia como un compendio de escritos considerados como el dogma que era necesario aceptar como verdadero. No obstante, la investigación moderna de los orígenes del cristianismo hasta nuestros días, parece mostrar la multitud de manipulaciones y engaños que los primitivos Padres de la Iglesia han llevado a cabo em aras de obtener poder y reconocimiento.

Claro que estas acciones acaecen siempre en la sombra de toda institución, por lo que a quien tenga un mínimo conocimiento del hombre no le resultarán extraordinarias. Pero fijemos nuestra atención ahora en varios sucesos que han tenido lugar recientemente, como manifestaciones de procesos inconscientes que nos afectan a todos, y que nos permitirán darnos cuenta de, hasta qué punto el cristianismo está en la base de todos ellos.

Así, el día 11 del 11 del 2004 murió el líder palestino Yaser Arafat después de varios días de agonía, en los cuales las informaciones sobre su estado de salud han sido contradictorias, engañosas y manipuladas, en una palabra, ocultas tras una cortina de humo. Esto mismo ha tenido lugar con el mensaje original de Cristo (sus enseñanzas originarias) y lo que, finalmente, nos ha llegado a través de la Iglesia de Roma, la fundada por Pedro. Y hago este apunte por ser Palestina el área en el que tuvo lugar el drama cristiano primitivo. Al mismo tiempo, esa fecha concreta es la repetición del número 11. Esto, cuando acontece en un sueño o imagen emanada de lo inconsciente, simboliza que nuevo material de lo inconsciente está presto para emerger a la consciencia, con la multitud de ramificaciones y, por ende, de consecuencias potencialmente perturbadoras. A su vez, parece indicar que la muerte de Arafat y los atentados terroristas del 11 de Septiembre en Nueva York y el 11 de Marzo en Madrid están vinculados con la crisis que embarga a esta, nuestra cultura contemporánea.

De los acontecimientos que se han ido sucediendo a lo largo de los últimos años puede colegirse que el yo consciente se aferra a lo conocido y lucha por mantener su hegemonía frente al material inconsciente que está emergiendo, si se me permite la reducción a las dimensiones de un sólo individuo que acabo de realizar con el colectivo. Y ese material está relacionado con el fin del mundo conocido. Es decir, el holocausto es un símbolo de la caída del principio masculino en el seno del Caos de lo Femenino. Pero ese Caos no es meramente destrucción, oposición, guerra, vacuidad, etc. En su seno está germinando la semilla de lo nuevo. Y eso nuevo es, precisamente, el arquetipo que está siendo dado a luz. En otras palabras, los contenidos cercenados por la Iglesia de Roma y que, entre otras fuentes, pueden encontrarse en los documentos gnósticos hallados en Nag Hammadi.

La conjunción de opuestos viene simbolizada por los dos triángulos invertidos unidos, la antigua estrella de David, el emblema de Salomón. El triángulo que mira hacia arriba simboliza el principio Masculino y el que mira hacia abajo el Femenino. Su amalgama, su interpolación o unión es un símbolo de la unión de los opuestos o hierogamia divina. El símbolo del Andrógino o Hermafrodita, de Hermes y Afrodita, del Mercurio alquímico y de la diosa Venus, del Logos y de Eros, del Espíritu y de la Materia, de lo Masculino y lo Femenino, del Sol y de la Luna: 3 + 4 = 7. El tres es un número impar, masculino, y el cuatro, par, lo es femenino. La suma de ambos se corresponde con el número 7, el número de Piscis, del final de un Eón o ciclo, el final del Eón de los peces.

El nuevo Eón de Acuario, el “Aguador”, amalgama la unión de los opuestos que regirá la Nueva Era. La era del Acuario que vierte el agua de la Sabiduría. Pero aún hay que excogitar material que pertenece al Eón que está muriendo. Material que ha sido sepultado u ocultado, reprimido o suprimido, bajo el yugo solar de la Iglesia de Roma. Y eso que está emergiendo está relacionado con la “corriente subterránea” esotérica que ha recorrido nuestra cultura desde los inicios del cristianismo.

Precisamente Jung fue el primero en presentar a la Alquimia como parte integrante de esa “corriente subterránea”, entendiendo por tal una relación semejante a la que acontece entre la consciencia y lo inconsciente. Así, el cristianismo dominante u ortodoxo se correspondería con la consciencia, mientras que la Alquimia recorrería los oscuros pasadizos de lo inconsciente. Por tal motivo, la Alquimia trataría de llenar aquellas lagunas que la dominante cristiana há dejado abiertas. Así pues, la Alquimia es un intento de compensar el conflicto de opuestos que ha generado la corriente superficial del cristianismo, entre el Bien y el Mal, Dios y el Diablo. El leitmotiv de la Alquimia, desde sus orígenes, que se remontan al siglo III de nuestra era, ha sido expresado en el denominado Axioma de María Prophetissa: “El Uno se convierte en Dos; el Dos, en Tres, y del Tercero sale el Uno como Cuarto”. Ya se ha aludido previamente a la relación existente entre los números impares y lo Masculino, así como los pares representan al principio Femenino.

Sin embargo, como hace notar Jung, pese a la interpolación de números pares e impares, en el axioma de María hay una indistinción entre el Tres y el Cuatro. Según Jung, esto significa que hay una suerte de fluctuación entre lo espiritual (Tres) y lo físico (cuatro). No debiera pues causar asombro que sea este axioma la clave que recorre todo el pensamiento alquimista y que se le atribuya, precisamente, a una mujer: a María. Nos enteramos después que dicha María Profetissa, también llamada la Judía, “hermana de Moisés, o la Copta, y no parece improbable que se relacione con la María de la tradición gnóstica”1.

1 C.G. Jung. Psicología y Alquimia. Pp. 176.

Esta formulación, que nos muestra cómo se intercalan los elementos masculinos y femeninos, siendo lo femenino simbolizado en la Alquimia como el dragón o serpiente mercurial, la cual se engendra y destruye al mismo tiempo, representada como prima materia alquimista, se la pone en boca de María. Y, no sólo eso, sino que, además, es ella misma asociada con María Magdalena, tal como aparece en los Textos Gnósticos de Nag Hammadi y también con Isis, la divinidad representada como pareja del dios egipcio Osiris. De ahí el comentario que hace Jung relacionando a ambas Marías, la alquímica y la gnóstica.

Estos últimos apuntes se hacen indispensables para acometer lo que a continuación se diga. En efecto, el principio Femenino ha sido relegado a las catacumbas de lo inconsciente con el surgimiento y extensión del cristianismo. El patriarcado ha ido extendiéndose a lo largo de los siglos dando preeminencia al principio solar masculino. De hecho, la trinidad cristiana, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es, ante todo, masculina y no ha sido hasta 1950 que se ha proclamado solemnemente la Asunción de María, glorificándola en cuerpo y alma en el cielo. No deja uno de contemplar y de observar anonadado la pretendida creencia general en la absoluta liberación de prejuicios, especialmente en temas religiosos.

Pero, pese a esa persistente creencia, la actitud, los ideales, hasta en sus más mínimos pormenores, así como las ideas y las reflexiones, el modo de vivir, la moral y hasta el lenguaje están condicionados por factores arquetípicos, enraizados en la historia del espíritu humano. De ello la consciencia no tiene la menor sospecha, en parte por una falta de autocrítica y, en parte también por un modelo de educación poco adecuado a las demandas de nuestro tiempo. Quizás sea ese prejuicio que entiende al ser humano como una Tabula Rasa, que viene al mundo vacío de contenido y que sobre él se puede escribir casi cualquier cosa, atribuyendo a la educación prácticamente todos los males del individuo, la rémora más importante a la hora de comprender la complejidad de la psique humana.

Hasta tal punto la consciencia no sospecha de la existencia de los arquetipos que los últimos descubrimientos acerca de los orígenes del cristianismo han hecho tambalear las consciencias de un gran número de personas que habían asumido, como verdad incuestionable, el dogma cristiano. Por lo tanto, no será de extrañar que sean muchos aún los individuos que rechacen los resultados de las investigaciones más vanguardistas acerca de María Magdalena, según las cuales ésta no era la “pecadora” que los evangelios canónicos nos hacían creer sino, antes bien, la pareja del Jesús histórico, la Novia de Cristo. Y no sólo eso sino que, además, fue ella quien transformó a Jesús en “el Ungido”, es decir, en Cristo. Tampoco sería de extrañar que ella hubiera continuado la tradición, mucho más antigua, de la Prostitución Sagrada, siendo, por ende, una Hieródula que practicara sexo sagrado con Jesús. Por muy heréticos que parezcan estos resultados, están en consonancia con los productos de lo inconsciente de múltiples personas. Y se asemejan, tal vez demasiado, a la “corriente subterránea” que ha sido repudiada por el cristianismo ortodoxo. Valgan estas consideraciones para poner de manifiesto los condicionamientos, histórico-culturales, que influyen en las percepciones, estilos de vida, actitudes, pensamientos y en la moral de todo ser humano. Cosa que no es exclusiva de nuestro tiempo, pues el alma funciona como siempre ha funcionado. Son los arquetipos los verdaderos arquitectos de lo que luego se manifiesta en el ámbito de la consciencia.

Como tales, éstos sólo son aprehensibles a través de símbolos, de imágenes simbólicas. Son ellos los condicionantes del quehacer humano. Y así el evangelio de Felipe nos dice: La verdad no vino al mundo desnuda, sino que vino en símbolos e imágenes; (el mundo), de otra forma, no podría recibirla. Hay un renacimiento y una imagen del renacimiento. Es en verdad necesario renacer mediante la imagen. Para adecuarlo a la perspectiva de la psicología analítica, podríamos sustituir la palabra un poco más antigua y quizás más vaga de “mundo” por “consciencia” y expresaría la misma idea anterior. No sólo es que la imagen precede al acto de la manifestación, sino que, además, no es posible renacimiento alguno si no se trabaja en la toma de consciencia del símbolo o imagen emanado/a de lo inconsciente. El trabajo que supone la diferenciación de la imagen arquetipal resulta ímprobo, tanto más cuanto que todo arquetipo puede ser diferenciado ad infinitum. Pero de lo que aquí tratamos es de la necesidad del desarrollo interior de la imagen, en virtud de la vivencia y de la experiencia resultante, y su manifestación concreta dependerá de las aptitudes individuales. La labor de traer al ámbito de la consciencia los contenidos de lo inconsciente fue el trabajo al que encomendaban su vida los alquimistas. Y los procesos que les conducían a la pretendida y ansiada piedra filosofal, es decir, el oro non vulgi eran los mismos que acontecen en la psicología analítica moderna, si bien los primeros proyectaban sus contenidos al ámbito de la materia, mientras que a los segundos le son accesibles a través de los productos de lo inconsciente que emergen en las sesiones de terapia.

Si la Alquimia ha sido perseguida y atacada por la corriente ortodoxa del cristianismo, no podía ser de otro modo que la Astrología, su hermana mayor, no resultara anatematizada también. Y es que en la Astrología, al igual que en la Alquimia, encontramos un rico acerbo de símbolos, de manera que para el psicólogo analítico este es un campo colmado de formaciones arquetípicas que le proporcionan una valiosa ayuda en virtud de paralelos, de esclarecedoras comparaciones y amplificaciones de contenidos provenientes de lo inconsciente colectivo. Con ellos se le permite iluminar a la consciencia, gravemente turbada cuando se producen emergencias de contenidos que amenazan su estabilidad.

Pues es fundamental que se le proporcionen a la consciencia, frente a la cual se presentan imágenes de la fantasía de lo más extrañas y amenazadoras, un contexto que facilite su comprensión y, eventual y ulteriormente, su asimilación. Lo que se consigue, y la experiencia así lo confirma, de un modo exitoso a través de la comparación de materiales mitológicos (simbólicos), cual es el caso de aquellos que proporcionan la Alquimia y la Astrología, de las que nos ocuparemos en este trabajo con preeminencia.

De acuerdo con lo dicho hasta ahora, se desprende que el individuo sólo lo es hasta cierto punto, pues en los niveles más profundos de su psique, precisamente en lo inconsciente colectivo, está impregnado, condicionado e influido por los determinantes que se hallan constelados en la época y/o momento en el que vive. De ese modo, ningún español, como tampoco su hermano europeo, podrá sustraerse a la influencia de los arquetipos que se hallan inmersos y activos en su psique.

Hoy parece que los valores que un día florecieron con la era cristiana están siendo arrasados hasta en sus más mínimas manifestaciones. Algunos, muchos, opinan que el cristianismo es una reliquia del pasado y que, con los avances científicos modernos, hace ya tiempo que está superado. Aducen, no sin cierta razón, que en nombre del cristianismo se han cometido verdaderas atrocidades. Por si esto fuera poco, como ya mencionamos en líneas precedentes, los nuevos descubrimientos de textos gnósticos antiguos, han dado pie a investigaciones minuciosas acerca de los orígenes del cristianismo. Asimismo, del estudio comparado de los textos que conforman el llamado Nuevo Testamento se ha colegido que aquellos no son sino un compendio seleccionado, de otros muchos existentes en aquella época y tan válidos como esos para ser incluídos en el Nuevo Testamento, tras la celebración del concilio de Nicea en el año 325 de la era cristiana.

Los resultados de los estudios referentes a los orígenes del cristianismo parecen cuestionar concepciones que se han tenido como verdades incuestionables para la inmensa mayoría de los cristianos. De esta suerte, ideas como que Jesús fue célibe o que fue superior en espiritualidad a Juan el Bautista parece que no son sino aparentes falacias. De igual modo, algunos detalles de su vida parecen estar en tela de juicio, no adecuándose a los contenidos del Nuevo Testamento, tales como la fecha de su nacimiento, sus orígenes humildes, la procedencia de sus conocimientos religiosos o su pertenencia a la religión judía. Todos estos resultados no deben hacernos culpar exclusivamente a los representantes de la Iglesia ortodoxa por toda esta aparente mentira y no debemos pensar que los Padres de la Iglesia han sido los responsables, por una suerte de manipulación y tergiversación de la verdad, del estado actual de incomprensión, rechazo y animosidad con respecto a asuntos de índole religiosa. Eso equivaldría a proyectar la responsabilidad que le es propia al estado psíquico del español y, por ende, del europeo moderno en la figura del “Otro”. Y ese otro sería la institución eclesiástica y sus representantes.

Desde luego que la emergencia del indómito salvajismo de los últimos años reside precisamente en ese estado del alma del europeo. De nada sirven propagandas a favor de una mayor integración entre los países que componen la actual Unión Europea, pues son los cimientos anímicos los que han de servir de basamento a toda estructura que se pretenda edificar con una cierta garantía de éxito. Pero echemos un vistazo al simbolismo astrológico para ver lo que éste nos puede decir acerca de lo que tiene lugar en la psique objetiva o inconsciente colectivo.

El Eón de los peces (Piscis) ha permanecido en el pináculo durante los siglos de hegemonía del cristianismo. Los valores asociados al signo de la Virgen o Doncella (Virgo) han sido relegados a lo inconsciente, es decir, mantenidos en la oscuridad, bajo el yugo de la represión, del rechazo y de la condena. Fue así como los valores que le son propios al Eón de Piscis, como son la compasión, el amor por el prójimo, el sacrificio, la bondad y, en el cúlmen pisciano, la unión del alma con Dios, conditio sine qua non para una verdadera empatía y servicio a los demás, es decir, al prójimo (“ama al prójimo como a ti mismo”) fueron exaltados en detrimento de las cualidades terrenales y realistas de su opuesto, Virgo.

Esa brecha abierta entre la aspiración espiritual del ser humano hacia los niveles más altos de la evolución humana y la vida terrenal, del aquí y ahora, dentro de las limitaciones impuestas por las circunstancias, la sociedad, la época y la propia personalidad siguen siendo hoy igual de evidente que antaño. Si los valores que vienen representados por el símbolo de los peces son el amor y la compasión, la aspiración espiritual suprema, la apología de la fantasía y el mundo o “Reino de los Cielos”, los valores asociados al símbolo de Virgo, la Virgen o Doncella, son precisamente los opuestos: la materia, la visión pragmática de la vida, la sexualidad, los ciclos vitales (del cuerpo y de Gea), el cuerpo físico y su salud, el bienestar material y, por supuesto, lo Femenino y, por ende, el ámbito de la mujer joven.

De este modo, si observamos el símbolo de Piscis veremos que representa dos peces que nadan en direcciones opuestas y que se hallan unidos por la cola. Una de ellas simboliza la espiritualidad, la introversión en las profundas aguas del Espíritu Universal, em detrimento o a expensas del ámbito de la materia o del mundo así llamado “real”.

Podríamos decir también que esse símbolo representa una oposición entre lo Esotérico y lo Exotérico, entre lo Inmanifestado y lo Manifestado. Y, sin embargo, en el mismo símbolo se muestra la imposibilidad de separar ambas facetas de la vida. Una de las manifestaciones más sublimes de la tendencia hacia la verticalidad tal vez la constituya la propia época en la que floreció el Gótico, siendo su arte la máxima expresión del Espíritu. El deseo de llegar a tocar las más altas esferas de la espiritualidad es evocado al escuchar las cantatas de J. S. Bach, y se puede experimentar la divinidad al ingresar en los dominios de las grandes catedrales góticas. A partir de esos momentos, comienza a producirse un movimiento pendular, lento pero continuado y eficaz, hacia el extremo opuesto. Esta nueva orientación hacia la horizontalidad puede ser bien entendida a través del símbolo de la Virgo. Pues éste alberga todos los valores que habían quedado ocultos durante la primera etapa del cristianismo, del Eón de los peces.

Manifestaciones iniciales de esta enantiodromía las podemos escrutar en la época de las cruzadas, como sucedió con los albigenses o cátaros, que duró cerca de cuarenta años y a los que se consideraba herejes, pues suponían una amenaza grave al poder de la Iglesia de Roma. Continuó en la época en la que surgieron los trovadores, quienes exaltaban el amor cortés, así como en las leyendas del Grial. Pero el estallido mayor tuvo lugar en la época del Iluminismo. La aparición de la sombra de Virgo irrumpió en una ferviente carrera hacia un materialismo cada vez más consumado, culminando en nuestra época en una adoración al dios de la Materia, igual de compulsiva que una vez fuera la adoración del Espíritu. El Nous parece haberse introducido en el interior de Physis. En nombre de Dios la Iglesia romana engendró su vástago más endiablado, demoníaco y maltrecho de cuantos la humanidad ha podido conocer: La Santa Inquisición. Y, ahora, adoramos a un Dios que se ha investido con los ropajes de la época: el Materialismo.

 Los contenidos ocultos en la sombra han emergido con el aspecto grotesco y bárbaro que caracteriza a todo cuanto es reprimido o sojuzgado. Los valores de Virgo, contaminados por la oscuridad en la que se han mantenido, han movido el fiel de la balanza al extremo opuesto. Otro símbolo del eón cristiano por excelencia ha sido la cruz en la que fue muerto y resucitado Cristo. El travesaño vertical representa el movimiento de la libido hacia dentro, la adoración al ámbito del Espíritu o, en términos modernos, el arquetipo del anciano; y, el travesaño horizontal simboliza el ámbito de la Materia o el arquetipo de la Virgo o Doncella.

 Se decía que los caballeros templarios adoraban a una cabeza barbuda de varón. Con independencia de que esta cabeza pueda ser la de Juan el Bautista, lo que parece simbolizar también es la decapitación del arquetipo del Espíritu. Teniendo en cuenta los acontecimientos que se siguieron después ese podría ser el primer vestigio simbólico de lo que se manifestaría en el transcurso de los siglos venideros: el movimiento pendular hacia el principio opuesto. Por lo tanto, esa cabeza barbuda podría ser la representación de una nigredo que estaba gestándose en aquella época. Y esta cabeza representaría la muerte y la descomposición (putrefacción) de los valores precedentes. Y los valores emergentes vendrían simbolizados por la efigie dorada a la que adoraban los templarios, símbolo de Virgo y, también, por su adoración a Baphomet que, según estudios recientes, era un anagrama de Sophia. Siendo ésta la fuente de la Sabiduría. Sin embargo, éste problema aún no ha sido resuelto.

Pues Sofía es la fuente de sabiduría que brotará, Dios Mediante, del Aguador y no será alcanzada si no se consigue extraer de la massa confusa en la que ha caído. La compulsiva carrera hacia un materialismo atroz, que carcome las entrañas del ser humano moderno, ha relegado un aspecto fundamental de lo Femenino a la más completa de las oscuridades: Sophia. Del ánfora femenina del aguador brota el aqua sapientiae. De esta agua abrevará quien se atreva a encaminarse por los tortuosos y peligrosos caminos que conducen al Santo Grial. Pues el ánfora femenina, como el frasco de alabastro de María Magdalena, es la fuente de la Sabiduría Eterna, sita en lo interior del ser humano.

Precisamente esto último es lo que han expresado los alquimistas, los astrólogos, los gnósticos y los hermetistas en sus trabajos y escritos, y es lo que la psicología analítica ha redescubierto en el proceso analítico. Si la corriente esotérica que ha circulado bajo el saber oculto de esas herejías (y la palabra herejía significa “elección”) ha sido perseguida, se debe al hecho de que los alquimistas y los gnósticos proclamaban la naturaleza divina del hombre y, por tanto, la posibilidad de comulgar con Dios. El Opus llevaba implícita esta comunión con el ambivalente Mercurio y, por lo tanto, se hacía superflua la intervención del sacerdote y de la propia Iglesia. Esa relación directa e individual del alquimista y Mercurio hacía peligrar la hegemonía de las representantes cristianos y, por lo tanto, el poder de la Iglesia. Desde luego que las etapas alquimistas tienen su correlato en la religión cristiana, pues se trata de fases arquetípicas de la evolución psicológica o proceso de individuación. Es su procedencia psíquica lo que hace que una religión sea algo vivo e involucre a tantas personas. Por ese motivo, las fases alquímicas también se presentan en el mito cristiano, así como en todas las mitologías de las diversas culturas. Pero lo que se consideró como el centro de la herejía alquímica fue que el alquimista proclamaba la posibilidad de establecer una relación íntima con la deidad y la deidad con la que se comunicaba de ese modo era bien distinta a la presentada por la corriente cristiana ortodoxa. Para la Iglesia de Roma Dios es el Summum Bonum, el Bien Supremo y la perfección. Todo Bondad y cuya creación, por lo tanto, debía ser buena y perfecta también.

 Si el hombre no lo es sólo es debido a su propia culpa, debiendo sufrir por sus pecados. Sin embargo, el dios alquimista, Mercurio, no es en modo alguno la imagen de la Bondad sino, antes bien, una abigarrada mezcolanza de luz y oscuridad, de hombre y mujer. Es un ser andrógino, una serpiente mercurial que muere y renace y cuyo símbolo más elocuente es el Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola. Cuando el alquimista había tenido una experiencia de comunión con esa deidad, ya no podía aceptar la imagen colectiva de Dios, así como tampoco los caminos institucionalizados de salvación del alma. Los alquimistas enfrentaron sus propias vivencias individuales, proyectándolas al ámbito de la materia, en lugar de aceptar una imagen colectiva que, en aquella época, le era impuesta desde el exterior. De la esencia de Dios nada puede decir la psicología, pues se escapa a las mayores tentativas de aprehensión.

 Pero de la experiencia de Dios como vivencia individual, humana, de eso la psicología sí está en condiciones de expresar sus resultados. Lo que los textos alquimistas y gnósticos nos dicen es que el hombre no es un miserable pecador que haya de buscar su redención por mediación de la Iglesia. Antes bien, lo que de ellos se desprende es que la maldad, la imperfección, le es consustancial a Dios. Y que el hombre es un noble colaborador de Dios en la creación, siendo él parte de la creación. De hecho, el hombre, en virtud de su ser divino, es igual a Dios y éste necesita de él em el arte de la creación, de la manifestación de lo inmanifestado. Por ese motivo, el ser humano puede dirimir posiciones con el Padre. Pero para llegar a adquirir tamaña consciencia la Alquimia exigía una enorme integridad moral. El psicólogo analítico, como toda persona que se atreva a encaminarse por los escabrosos derroteros del alquimista, se embarca em una empresa que lo va a conducir al conocimiento de sí mismo. Va a averiguar quién es él, alejándose de los valores colectivos, para después decidir qué es lo que hará con su vida.

Su voluntad consciente se alinea con una entidad mayor que la engloba y sostiene: el Sí Mismo, homólogo del Mercurio alquimista. En el evangelio de Tomás se expresa esta misma idea del siguiente modo: “…el Reino está dentro de vosotros y está fuera de vosotros. Cuando os lleguéis a conocer, entonces seréis conocidos y sabréis que vosotros sois los hijos del Padre Viviente.” No obstante es importante advertir el peligro de adentrarse en estos oscuros y terribles senderos sin la debida preparación y sin que sea fruto del destino (vocación) individual. Los padres de la Iglesia en sus comienzos, allá por el siglo III, condenaron los movimientos alquimistas y gnósticos y tenían sus razones. Con independencia de la razón ya formulada, según la cual se veía amenazada la integridad de la institución eclesiástica y su jerarquía sacerdotal, lo cierto es que los mismos alquimistas señalaban que su arte era sólo para los menos y, de hecho, su lenguaje era y es oscuro. Pero lo es, no sólo por la temática sino porque así lo querían ellos. Debía ser peligroso, en aquella época, dar a conocer sus ideas públicamente, al tiempo que no debían caer en manos de los no iniciados. Por ello, guardaban celosamente “encriptado” todo su saber siendo sólo accesible a los individuos que hubieran tenido la experiencia directa del Opus.

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 El mismo Agrippa afirma en su “primer septenario de aforismos” lo siguiente: “Que quien quiera conocer los secretos sepa primero guardar secretamente (celosamente) los secretos; que selle lo que debe ser sellado, que no dé a los perros lo que es sagrado y que no arroje perlas a los puercos. Observa estas leyes y los ojos de tu alma se abrirán a la comprensión de los secretos, escucharás una voz divina que te revelará todo lo que tu alma haya deseado.” Lo inconsciente es por naturaleza gnóstico. Y nunca se previene lo suficiente del peligro de la hybris, es decir, de la inflación. Pues todo contacto de la consciencia con los arquetipos provoca una suerte de hinchazón que, en mentalidades estrechas y de moral débil acaban por representar el papel del poseído, con el endiosamiento correspondiente.

 Un claro ejemplo de posesión por lo inconsciente lo encontramos en la figura de Osama Ben Laden. En sus intervenciones se detecta ese estado de inflación que lo hace creerse el mensajero de Alá. La película Juana de Arco nos muestra a una joven que vive continuamente en un estado de hinchazón, al estar en contacto permanente con contenidos provenientes de lo inconsciente colectivo, que a la protagonista se le presentan como visiones y ensoñaciones. Por consiguiente, las experiencias de las que trataremos a continuación habrán de ser, necesariamente, de difícil acceso. Y no se comprenderán con facilidad sino por aquellos individuos que las hayan experimentado. La lectura de este trabajo le habrá de suponer al lector que no pertenezca al ramo no pocas dificultades de comprensión. Todo escritor desea que lo que expresa en sus escritos sea comprendido por el mayor número de personas, de modo que sea accesible a cualquiera que esté interesado en su lectura.

 Pero por desgracia, este no puede ser el caso. Y justamente por el motivo aducido: el difícil acceso a las experiencias de las que aquí tratamos. Una consideración más se hace necesaria. Dichas experiencias no pueden ser abordadas desde la teoría del conocimiento. No se trata, para la psicología analítica, que un contenido de lo inconsciente se adecue o no a una realidad objetiva. Sólo le interesa su existencia y, como tal, es un hecho psicológico, de una efectividad fuera de toda duda. La realidad de la psique y sus productos es un hecho, no un juicio. La situación en la que se encuentra el alma del español, al igual que su hermano europeo, es tan miserable y enjuta que le impide comprender la importancia de las enseñanzas religiosas y contra qué luchaba el primitivo cristiano. Cuando el cristianismo se ve amenazado por la relegación y la desidia, por no mencionar el rechazo y la repulsa, entonces se corre el peligro de que emerjan de lo inconsciente los contenidos contra los que luchaban los cristianos primitivos. Pues los atentados terroristas, el fanatismo, la violencia social, las actitudes antisociales y vandálicas de los jóvenes, las guerras y las posiciones xenófobas y racistas son algunas manifestaciones del estrato arcaico y bestial sobre el que se edificó la religión cristiana.

Por tal motivo, se hace indispensable la reeducación del europeo moderno. Y es que la imitación de Cristo que se realiza de un modo superficial, así como las procesiones de Semana Santa y otros actos rituales, no mueven un ápice el pagano estado de miles de españoles cristianos. Los mensajes de la religión cristiana ya nada le dicen al hombre moderno. Y, mientras la función religiosa no se convierta en experiencia personal el estado anímico permanecerá intacto.

 El Gran Misterio cristiano no es sólo un ministerio exterior al hombre, sino que acontece, ante todo, en el interior del ser humano. Si no se ha tenido esta experiencia se podrá ser un docto en teología, pero no se tendrá ni idea de lo que se está hablando. En ese sentido, entiendo que el interés que suscitan los orígenes del cristianismo, así como la ingente proliferación de estudios acerca del gnosticismo, la Alquimia, la Astrología y otras “ciencias esotéricas”, parecen indicar la necesidad del alma del contemporáneo de retrotraerse a sus orígenes, de modo que pueda edificar un férreo edifício sobre los sólidos cimientos anímicos.

 Esas corrientes, repitámoslo, han permanecido, recorriendo los pasadizos de lo inconsciente colectivo, reprimidas en gran medida por el cristianismo ortodoxo. De modo que la emergencia actual de ese interés por lo esotérico viene a significar una necesidad de profundización y de introversión, de manera que aquello que durante siglos permaneció en la oscuridad, pueda finalmente ocupar el puesto que le corresponde. Sin embargo, como también sucede a un nivel individual, se corre el riesgo de que los contenidos de lo inconsciente aneguen el ámbito de la consciencia y suplanten la hegemonía del yo. Es en este sentido que podemos entender las críticas y ataques directos contra el cristianismo y sus representantes, por parte de algunos sectores, así como el rechazo y el repudio que han generado en determinados grupos el haber conocido las manipulaciones y las artimañas ejercidas por los representantes de la Iglesia de Roma para ostentar el poder frente a lo que se consideraban herejías.

 Realizadas estas consideraciones preliminares nos centraremos ahora en lo que la Alquimia y la Astrología nos pueden enseñar acerca de los procesos que acontecen en la psique. Para comprender ese paralelo, entre psicología analítica y Alquimia o Astrología, debemos recordar que los alquimistas proyectaban en el ámbito de la materia sus procesos inconscientes.

Así, cuando un alquimista quería transformar el plomo en oro, lo que realizaba era un trabajo consigo mismo. El plomo simbolizaba, es decir, se refería tanto al metal con el que trabajaba, cuanto a su estado natural e instintivo, es decir, ese estado de ignorancia, inconsciencia e irreflexión desde el cual partía la denominada materia prima. Lo que la matéria prima era concretamente no se puede saber con certeza. Podía ser el plomo, la sal, el oro, el vinagre, el azufre, etc. Y esto no nos debe extrañar pues de lo que se trata es justo de la materia desconocida sobre la que se proyectaban los contenidos de lo inconsciente. Siendo esta la base de la obra alquimista, y teniendo en cuenta que se trata de las partes de la personalidad más conflictivas con las que había de trabajar para llegar a armonizarlas, para cada alquimista, como para cada analizando, esta materia es diferente. Así, la obra alquímica de la transformación de la piedra filosofal en el oro non vulgi se refiere, en el ámbito psíquico, al trabajo de toma de consciencia de los contenidos más conflictivos, oscuros y execrables de la naturaleza del alquimista que, mediante las operaciones pertinentes, le conducirían a convertirlos en cualidades que lo llevarían al despliegue de sí mismo. Ese trabajo, como lo expresan los alquimistas, es muy laborioso, difícil y peligroso pues en ello les va en juego su vida. Para efectuar ese trabajo el alambique o matriz en la que tenían lugar las operaciones debía ser fuerte y muy resistente, a fin de que no se rompiera. Además, debía permanecer sellado para impedir que los gases, así como la temperatura, no se escaparan al exterior. En un sentido psicológico, esto quiere significar que la consciencia debe estar férreamente posicionada, así como continuar las operaciones con devoción, pese a lo difíciles y penosas que pudieran éstas resultar.

Por dicho motivo, se comprenderá la importancia y necesidad de un compromiso moral para con uno mismo que entraña semejante obra. Al igual que sucedió con la Alquimia, que inicialmente fusionaba los procesos que tenían lugar en el terreno de la materia y los que acontecían en el interior del individuo, la Astrología fue desligándose cada vez más del ámbito material, hasta escindirse en dos disciplinas diferentes: Astrología y Astronomía (Psíquica la una y Física la otra). Esta escisión há alcanzado tal dimensión que incluso astrónomos profesionales y competentes rechazan a la Astrología considerándola una pseudo-ciencia2.

 2 En Simbología Inconsciente y Astrología Científica y, posteriormente, en mi libro El Retorno al Paraíso Perdido, expuse cómo los descubrimientos científicos más vanguardistas servían de fundamento para una explicación causal de la Astrología. Sin embargo, en tales trabajos parece existir un punto de bifurcación, pues la sincronicidad y la causalidad son dos principios de explicación opuestos. De modo que si se aplica el segundo, el primero de ellos se excluye de inmediato. Ahora bien, lo que desde un punto de vista superficial o en el ámbito de las dimensiones medias, para expresarlo con Capra, puede explicarse como influencias de campos magnéticos y, por ende, de carácter informativo, si profundizamos un poco más, se trataría, más bien, de sincronicidades, o bien, desde la óptica de Bohm, de movimientos de plegamiento y despliegue del continuo espacio-tiempo. Con otras palabras, de manifestaciones en el ámbito material de arquetipos de lo inconsciente colectivo psicóideo.

 Se esfuerzan por separar nítidamente una disciplina de la otra. Sin embargo, si se dejase de considerarla como una especulación acerca del movimiento de los cuerpos celestes, y se la entendiera como un campo colmado de conocimiento psíquico proyectado, entonces se verificaría la tremenda ayuda que le supone al psicólogo para elucidar los contenidos de lo inconsciente colectivo y los procesos que allí tienen lugar. Ambas disciplinas, la Alquimia y la Astrología, nos presentan unos magníficos mapas del desarrollo individual del ser humano, es decir, del proceso de individuación. Los mandalas o dibujos simbólicos circulares representan al arquetipo del Sí Mismo o personalidad total.

Este es el enfoque que debemos adoptar si queremos comprender el extraño lenguaje de los alquimistas y de los astrólogos. En el capítulo El hombre como microcosmos Ángel Almazán presenta un texto extraído del Zohar en el que se expresa esta misma idea:“Exactamente lo mismo que el hombre terrestre así es, por dentro, el hombre celestial. Pues todo lo que tiene lugar acá abajo es tan sólo la imagen de todo lo que tiene lugar arriba. Es en este sentido que nosotros comprendemos que Dios creó al hombre a su propia imagen. Pero así como en el firmamento nosotros vemos diferentes figuras formadas por las estrellas y los planetas, contándonos de cosas ocultas y de profundos misterios, así también sobre la piel que envuelve nuestros cuerpos hay líneas y formas que pueden mirarse como las estrellas y planetas del cuerpo. Y todas ellas tienen un significado oculto”.

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El Ascendente Astrológico como Símbolo de la Persona

No podríamos haber elegido mejor texto para finalizar el apartado anterior que el del Zohar, pues además nos introduce de lleno en lo que en este capítulo desarrollaremos. En efecto, el tema que trataremos tiene que ver con “la piel que envuelve nuestros cuerpos” aunque, más bien, aquí nos limitamos a nuestro rostro. Entendida como un “recorte de la psique colectiva” la persona es, en verdad, un término muy adecuado para designar aquella parte del alma en su conjunto con la que, en la mayor parte de las ocasiones, el individuo se identifica. Y es que persona significa originalmente “mascara”, la que llevaban los actores en el teatro griego cuando desempeñaban un determinado papel. Así es, uno tiene un nombre, ha obtenido un título académico o es miembro importante de un colectivo, habiendo adquirido un estatus social que lo hace representar un rol determinado, así como en su trabajo desempeña ciertas funciones que revierten en beneficio de la colectividad. Y todo esto es importante y muy real.

Sin embargo, como su propio nombre indica, la máscara es, en principio, sólo un recorte de la psique colectiva y, por lo tanto, la persona es una máscara que actúa como si fuera una individualidad (o una totalidad integrada), haciendo creer a los demás y a uno mismo que se es individual, cuando en realidad no se es más que um mero papel representado, una función, donde lo colectivo tiene la palabra. No obstante, describir la persona de esta manera sería incompleto e inexacto. Pues pese a la exclusiva identificación del yo consciente con la persona, la totalidad inconsciente, la auténtica individualidad se hace indirectamente perceptible. Aún considerando la identidad de la consciencia del yo con la persona, esa figura de compromiso con la que uno desempeña un papel social, el resto de la personalidad, inconsciente, no puede ser reprimida hasta tal extremo que se la haga desaparecer. Se hará perceptible en todo tipo de manifestaciones compensatorias de lo inconsciente. En fantasías y sueños aparece un alter ego que también uno es.

 Ahora bien, con esta exposición de lo que la persona en cuanto máscara es se deja mucho material empírico fuera del entorno que conforma la idea de persona. Tal vez el concepto al que los astrólogos se refieren como el Ascendente contenga todo un conjunto de ideas que nos permitan dilucidar y ampliar lo que hemos descrito al hablar de persona. El Ascendente es un punto en el horóscopo o carta natal. Muestra el inicio de las casas astrológicas, siendo la cúspide de la casa uno. Se trata del grado exacto del signo zodiacal que se eleva por encima del horizonte oriental em el momento del nacimiento. Dado que coincide con nuestra salida en escena, en la que se realiza la primera respiración independiente, fuera ya del útero materno, representa el comienzo de un ciclo, el paso o etapa inicial en el proceso del llegar a Ser un individuo autónomo e independiente de la madre. De acuerdo con la sabiduría astrológica todo aquello que nace en un momento dado refleja las cualidades de ese momento. Así pues, el Ascendente representa el modo en que hemos sido dados a luz, así como la manera en que vivenciamos ese parto. En otras palabras, el Ascendente simboliza la imago del nacimiento, el arquetipo de la Iniciación.

Atribuimos a la vida las cualidades del signo que se encuentra en el Ascendente, lo que es tanto como decir que, pese a que el arquetipo del doble nacimiento o de la iniciación sea universal, cada individuo lo vivencia de modo diferente. La lente a través de la cual el individuo filtra la experiencia es distinta. Por tal motivo, cada uno se conduce, actúa y responde a la vida y al mundo de acuerdo con su lente particular. Y, debido al hecho de que se actúa de conformidad al modo en que se concibe o interpreta la experiencia, la vida responde a nuestras expectativas, como si de una imagen especular se tratara. Dado que el Ascendente representa el modo en que percibimos el mundo y, recíprocamente, lo que el mundo nos parece mostrar como reflejo de ello, se colige que, del total de las diferentes interpretaciones posibles de las situaciones, experiencias, comportamientos y actitudes, sólo elegimos aquellas que se adecuan a nuestra perspectiva, al cristal de nuestra lente o foco de consciencia. Y de acuerdo con lo filtrado, con lo que se ha seleccionado del total, se organiza la experiencia vital. Ángel Almazán lo expresa del siguiente modo en su prólogo al libro Esoterismo Templario: “Hay muchas formas de ver las cosas. Cada uno, en función de sus conocimientos, meditaciones, lecturas, conversaciones con los demás y consigo mismo, se decanta por una manera determinada de entender la vida o encontrarle un sentido a su existencia. Y en función de tales parámetros, de todo lo que le llega sensorial y mentalmente, realiza una criba y selecciona aquellas informaciones que más de acuerdo están con su cosmovisión y pensamiento interno, rechazando las demás.” Evidentemente, esto es así. Sin embargo, al comentario de Almazán habría que añadir, para que fuese completo, que dicha forma de ver las cosas tiene un patrón arquetípico que lo sustenta y conforma. Y dicho arquetipo es simbolizado em Astrología por el Ascendente.

 Por ejemplo, si observamos a dos individuos frente a una situación nueva, cual es una entrevista de trabajo, dicha situación generará respuestas diferentes en individuos con un Ascendente distinto. Así, unos puede que duden y vacilen ante la situación, que les suden las manos o que tiemblen por obra del temor a enfrentarse a la misma. Otros, en cambio, una vez superados los nervios iniciales, puede que estén deseosos de que dé comienzo la entrevista. Los unos la tomarán como un mal trago, mientras que a los otros les entusiasma la misma idea de entrevistarse, por la oportunidad de obtener un puesto de trabajo, o simplemente por ser un reto en el que puedan desplegar su potencial cautivador. En los primeros únicamente se actualiza la visión negativa de la entrevista, quedando fuera del foco de consciencia todo lo demás, mientras que en los segundos son las posibilidades de adquirir una experiencia lo que se constela, mientras que el miedo es prácticamente imperceptible.

Como representante del arquetipo de Iniciación, el Ascendente simboliza el modo en que experimentamos todo nuevo comienzo. Así, representa la actitud que adoptamos cuando nos enfrentamos a las diferentes etapas o fases de la vida. Especialmente importante es su relación con el arquetipo del segundo nacimiento. Pues, al igual que sucede con el nacimiento biológico, tal y como se desprende de los trabajos del psiquiatra Stanislav Grof, el renacimiento es vivenciado de modos diferentes y el signo y los planetas que se encuentran en el Ascendente nos dan información de la cualidad de la experiencia. De igual modo, la forma en que encaramos la vida, la máscara que adoptamos para adaptarnos al entorno social viene simbolizado por el Ascendente. Desde luego las funciones que debemos desempeñar para adaptarnos al ambiente externo son muy importantes, en la medida en que también nos sirven para desarrollar nuestra propia y peculiar identidad. Sin embargo, la identificación que el ego consciente hace con las cualidades del Ascendente o persona, provoca que la parte suplante al todo con las dramáticas consecuencias de semejante acto.

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Debemos resaltar dos aspectos muy importantes cuando nos referimos a la persona. Esta no sólo es la forma en que nos ven los demás y nosotros mismos; es, también, el modo en que percibimos la experiencia. Y, ambos aspectos son fundamentales si queremos llegar a comprender la importancia de esta parte del Sí Mismo. Jung advirtió que constituía una experiencia fundamental lo que él denominó la disolución de la persona, si se pretendía llegar a ser uno mismo. El proceso de individuación, de hecho, daba comienzo con la disolución de la máscara y el enfrentamiento con la sombra, es decir, con todos aquellos contenidos que habían sido rechazados por el yo consciente por no adecuarse a la imagen que se tiene de sí mismo, es decir, precisamente la persona o máscara. Asimismo, observó que tras la maraña de contenidos de carácter personal o biográfico, en el proceso analítico, así como en la individuación, parecían emerger ciertos elementos, en sueños y fantasías, provenientes de lo que él denominó inconsciente colectivo.

 Pues bien, una vez ingresado o iniciado el individuo ha de diferenciar sus componentes colectivos, que de ese modo lo convertirán en un individuo único. Uno de esos componentes a diferenciar es, justamente, el arquetipo del Ascendente o persona. Sin embargo, en lugar de que este se convierta en idéntico a la consciencia del ego, ahora se entiende como un elemento más de la personalidad total. Una parte muy importante, pues representa nada menos que la lente a través de la cual el individuo experimenta las experiencias vitales. Esta nueva comprensión de la persona conduce a la toma de consciencia del modo en que el individuo organiza la experiencia, de la existencia de múltiples formas distintas de encarar la vida, así como de la manera en que los otros perciben esas múltiples formas. En otras palabras, que la perspectiva individual no sólo puede ser distinta, sino incluso opuesta a la de los demás. De ese modo, entra en juego la tolerância frente a puntos de vista diferentes y se es consciente de que el punto de vista y, por tanto, la perspectiva de uno mismo puede diferir con respecto a la de los demás, pues uno mismo es diferente. La identificación con la persona como máscara o pose colectiva, conduce justo a lo opuesto. A la imposición del punto de vista propio y a la indignación cuando se es consciente de que el otro es precisamente otro.

 Esa identidad inconsciente según la cual el punto de vista de uno ha de ser compartido por los demás y, por consiguiente, lo que uno “vea, opine, crea o entienda” necesariamente ha de ser visto, opinado, creído o entendido por todos se disuelve también al tomar consciencia plena del significado profundo del Ascendente. Lo que pensamos nos resulta muy claro a nosotros mismos y creemos que es lo único real y válido y lo que los demás deben pensar también. Sin embargo, cuando alguien no opina como nosotros nos impacientamos y hasta nos violentamos pues ¡Cómo es posible que lo que nosotros opinamos, pensamos o vemos no sea compartido por el otro! Y lo que los otros ven, piensan u opinan no es válido o cierto si nosotros mismos no lo vemos, pensamos u opinamos. O, al menos, tiene menos validez que lo que nosotros vemos o pensamos. Cuando no hay un vínculo subjetivo con esas ideas u opiniones las tenemos por inexistentes o altamente inverosímiles, sin reflexionar que lo que no vemos, pensamos u opinamos puede tener el mismo valor. Simplemente no atinamos a verlo.

 Esta es la actitud del “sólo lo que yo opine está bien y es válido, es decir, existe y lo que se salga de ese campo de visión individual carece de sentido o es estúpido o no existe”. Así, al darnos cuenta de nuestro Ascendente, como lente a través de la cual filtramos la experiencia, se modifica nuestra actitud, dando de ese modo un valor por lo menos igual a los puntos de vista que difieran del propio. Esa apertura enriquece la experiencia y amplía los horizontes, de manera que se hace posible comprender la relatividad de la perspectiva propia. Con ello, modificamos el modo de reorganizar la experiencia, al tiempo que ampliamos el campo de experiencias que podemos enfocar. De lo dicho hasta el momento se desprende inmediatamente la siguiente conclusión: que persona y personalidad, pese a derivar de una misma raíz, no son términos que se identifiquen. No resulta extraño que muchos individuos traten de identificarlos en sus propias vidas. Muchos son los que creen que la persona en la que se han convertido representa el conjunto de la personalidad. Mas esto, tarde o temprano, conduce a un conflicto de identidad, y la máscara comienza a resquebrajarse dejando traslucir al indefenso y vulnerable sujeto que se halla tras ella. La persona es, como se ha señalado, un recorte de la psique colectiva. Por ese motivo, el individuo adopta cierta actitud frente al mundo que lo rodea. Pero esa actitud es, en verdad, una pose, un rol que desempeña de cara a la sociedad. Que de esa persona se deje traslucir la personalidad, lo manifiesta el mismo hecho de que dicha máscara no es igual en todos los individuos. Y de esto nos dice mucho la Idea de Ascendente, tal como se ha indicado en líneas precedentes.

 En efecto, el Ascendente simboliza el modo en que nos mostramos ante la sociedad, así como la manera en la cual ésta nos ve a nosotros. Así, la máscara o antifaz que mostrará un Géminis en el Ascendente lo presentará ante la sociedad y ante sí mismo como un pensador muy comunicativo, analítico y de juicio sereno, objetivo y frío, verbigracia. Asimismo, ese mismo Ascendente Géminis será visto por la sociedad de un modo semejante y serán esas las virtudes o facultades que la sociedad le demande, al tiempo que él las ofrecerá a cambio de un cierto prestigio o status social. El peligro aquí reside en la identificación del todo con la parte. Si la consciencia del yo se identifica con la persona, el individuo inmola su individualidad verdadera. Al tiempo es probable que sufra de hybris o inflación, pues asume que la función que desempeña le pertenece, de modo que se identifica con un oficio o un puesto de trabajo, algo que pertenece a lo colectivo y que es mucho más antiguo y amplio que su yo consciente. No sólo él puede desempeñar esa función o puesto de trabajo, sino que lo han desempeñado y lo desempeñarán muchos otros además de él. Ejemplos de inflaciones por esta trasgresión los encontramos por doquier en la sociedad.

 Me viene a la memoria el caso de un empresario que había ascendido por encima de sus orígenes humildes hasta llegar a ser subdirector de una importante empresa cárnica. Este hombre era bien conocido por su despótico proceder para con sus empleados. En una ocasión se dirigió a mí con aires de grandeza, em un tono de prepotencia y de superioridad tales que le hacían parecer el dueño del complejo cárnico. Su actitud de megalomanía era típica del individuo identificado con su cargo; un espíritu débil, orgulloso, vanidoso e ingenuo en grado sumo. Por ese motivo ostentaba una actitud de arrogancia, hinchado hasta reventar por toda una serie de asunciones que daba por hecho que le pertenecían. Era como si proclamara a voz en cuello: “Yo, representante de la grandeza de esta, mi empresa, que soy el subdirector y hago y deshago a mi antojo, que estoy por encima de ti en la estructura jerárquica y puedo pisarte, ordenarte y degradarte a mi antojo, en calidad de “Dios omnipotente” al que tú debes doblegarte y rendir pleitesía, haciendo cuanto te ordene, sin osar contrariarme ni contestarme: saca tu vehículo del recinto”. Debo decir que semejante actitud inflada produjo en mí una malísima impresión, de modo que le respondí para hacerle ver que aquella actitud de “gigante que pisa a una hormiga” estaba completamente fuera de contexto. Por otro lado, cuando se es capaz de diferenciar entre persona y personalidad, comprendiendo que la primera es una parte de la segunda, entonces se toma plena consciencia de que el Ascendente es el camino a recorrer para llegar a desplegar la personalidad. Pues la persona, como lente a través de la cual el individuo percibe el mundo, es aquella parte de la personalidad que le conducirá al conocimiento de sí mismo y al despliegue de su propia identidad.

 Ya hemos mencionado que la persona, en tanto que sinónima de Ascendente, es una lente que percibe selectivamente la experiencia. De ese modo, existe un a priori en la percepción de toda vivencia en el individuo. Ese a priori lo constituyen aquellos modelos o patrones de ordenación del material inconsciente que se denominan arquetipos. Así, hay un arquetipo que constituye la base de la experiencia de toda iniciación, así como del modo y manera en que nos presentamos al mundo y de cómo este nos percibe. Cuando un niño vivencia a la madre como una persona fría, astuta, indigna de confianza, cruel, rígida y despiadada sería aconsejable prestar atención al modo en que el resto de hermanos experimentan a la madre. Probablemente ésta no sea más fría o rígida que cualquier otra madre, pero el niño la experimenta bajo la experiencia de un factor arquetípico que opera en su interior. Del mismo modo, si esta experiência se confirma cuando un joven intenta establecer un primer contacto con una mujer, de modo que al verla peligrosa y astuta, desconfía de ella y vacila hasta el extremo de retraerse en su presencia, entonces ese mismo factor operará en el Ascendente del joven. Y dado que es así como se comporta en presencia de las mujeres con las que entabla la primera cita o contacto, este miedo interior provocará una reacción en la joven con quien se relacione y activará en ella los elementos de su personalidad que más se adecuen a la proyección. De ese modo, se produce una confabulación entre la imagen que el joven proyecta y la actitud que moviliza en la mujer. Y así podrá decirse a sí mismo: “Todas las mujeres son igual de frías y desconsideradas, indignas de toda confianza”; o bien, “las mujeres no sirven sino para acostarse con ellas”; o también, “es imposible confiar en ellas, son frías e interesadas por lo que puedan sacarle a uno”. Pero lo cierto es que cabría preguntarse si esto es realmente así. La experiencia confirma que la realidad es bien distinta.

 Si bien, para el individuo que así lo vive, desde luego que siempre se confirma lo mismo. Él no es consciente de que, en realidad, un factor inconsciente opera en su interior y es el responsable de todas esas experiencias, atrayendo de continuo idénticas situaciones. En otro lugar3 expresé mi convicción, tras una experiencia acumulada de varios años, de que Saturno en tránsito por el Saturno natal, cosa que sucede cada 28 años, más o menos, formando una conjunción, simbolizaba o se correspondía con una experiencia de iniciación. Pero esto es especialmente válido si el Saturno natal está posicionado en el Ascendente en la carta del individuo en cuestión. En este caso, el arquetipo de iniciación se constela, lo que genera una auténtica noche saturnal. Toda vez que Saturno cruza el Ascendente es de esperar una experiencia iniciática. Sin embargo, esta experiencia será mucho más intensa y dolorosa, aunque también potencialmente más fructífera, en los casos en los que Saturno natal esté en conjunción con el Ascendente.

 3 En la primera parte de mi libro el Retorno al Paraíso Perdido expongo la relación que existe entre el Saturno astrológico y la iniciación. Remito al lector al capítulo correspondiente.

Cuando eso acontece, es importante prestar mucha atención al signo que está en el Ascendente, así como a todos los aspectos que forman los diferentes planetas en el horóscopo natal. El inicio del proceso de individuación suele estar asociado a este tránsito, así como a importantes aspectos entre Urano y, en general, los planetas transpersonales y el Ascendente. En el mismo orden de ideas, durante el tránsito de Saturno por el horóscopo éste contacta con el Saturno natal formando cuatro aspectos (conjunción, trígono, cuadratura y oposición) que resultan muy importantes, dado que simbolizan cuatro momentos en los que al individuo se le hacen accesibles partes distintas de su personalidad que están inacabadas, son inconscientes y, por tal motivo, lo enfrentan con sentimientos dolorosos de inadaptación, pudiendo liberarse de ellos si toma plena consciencia de los factores actuantes.

 También es factible que el enfrentamiento tenga lugar en ciertos ámbitos o esferas vitales en las que se ha producido una sobre-compensación por miedos que provienen de lo inconsciente o por sentirse vulnerable o incapaz, al tiempo que es posible que el individuo sea consciente de ciertos vínculos parentales, valores adquiridos durante su biografía o pautas de conducta familiares. Estas últimas habitualmente actúan de un modo automático y de ellas la consciencia no tiene la menor sospecha. Por tal motivo, necesariamente las experiencias de esos contactos han de ser dolorosas para el individuo, si bien extremadamente constructivas.

Como se ha dicho antes, el Ascendente representa el a priori de la experiencia de todo nacimiento o iniciación. Algunos astrólogos han correlacionado el nacimiento biológico con los emplazamientos del Ascendente y la Casa I. Y sus conclusiones parecen verificar que existe una misteriosa correspondencia simbólica que los vincula. Estos hechos han sido demostrados ampliamente por las investigaciones del psiquiatra Stanislav Grof, quien denomina a las etapas del nacimiento como matrices perinatales básicas (MPB), en las que se concentran las experiencias biológicas y arquetípicas propias del proceso del nacimiento biológico. Según el autor, en lo inconsciente se registran de algún modo las experiencias de las etapas del nacimiento. De ese modo, cuando se presentan situaciones que confrontan a la consciencia con experiencias críticas, de vida o muerte, es decir, iniciáticas, se constela material perinatal. Y esto parece ser así por cuanto este arquetipo está representado simbólicamente por una muerte seguida de un renacimiento.

 En mi libro El Retorno al Paraíso Perdido he tratado este arquetipo detalladamente, por lo que aquí no me voy a extender más de lo necesario. Sin embargo, sí me gustaría recordar que dicha iniciación era representada por los alquimistas mediante una calavera o Caput Mortem, en la referida fase de la nigredo o noche saturnal. Por dicho motivo, no debería resultar sorprendente que en la confrontación con las experiencias de muerte del ego se constele material proveniente del área o nivel del inconsciente al que Grof denomina perinatal. Resulta evidente que tanto la iniciación o el inicio el proceso de individuación como el nacimiento biológico, así como toda experiencia crítica que confronte al individuo con la muerte, comparten un mismo tema y, por ende, activan en el individuo material afín. No obstante, el arquetipo es lo que subyace a todo el material constelado, dado que se trata del núcleo sobre el que gravitan los contenidos activados. Así, por ejemplo, cuando el arquetipo representado por el planeta Saturno se encuentra en conjunción con el Ascendente ello simboliza que, no sólo toda experiencia nueva va a resultar dolorosa y va a movilizar una cierta dosis de temor, recelo y exceso de prudencia, lo que se traducirá en lentitud y cautela a la hora de comenzar todo nuevo proyecto o encarar toda situación nueva, sino que, además, se corresponde en sincronicidad con un nacimiento difícil, tal vez incluso retrasado en el tiempo con respecto a la fecha prevista inicialmente.

Del espectro de las vivencias posibles de un nacimiento, el individuo con Saturno en el Ascendente se limita a vivificar y/o rememorar el terror y la aprensión que todo nacimiento supone. Y no es que no haya motivos para ello, pues un nacimiento confronta al nonato con la muerte. Pero existe también la experiencia del nacimiento (o renacimiento), con la inmensa gama de posibilidades que se ofrecen y que invitan al explorar el mundo y a expandir los horizontes, en un principio angostos. Utilizando la terminología de Grof, el individuo con Saturno en conjunción con el Ascendente experimentará el nacimiento como una lucha por la supervivencia, en la que la vida corre serio peligro. Se constelan en él las experiencias que Grof condensa en la MPB 3. Y dado que es ese mismo material el que se activa cada vez que el individuo se enfrenta a una situación nueva, este siente miedo y procede con suma cautela, angustiado ante lo que pueda suceder, acomplejado por si será capaz de manejar dicha situación o si estará a la altura de las circunstancias. La consciencia desconoce el origen del miedo que aflora desde las profundidades de lo inconsciente, llegando a paralizar todo acto consciente que el individuo se haya propuesto. Por tal motivo, sólo la confrontación directa con la muerte permitirá a un individuo así tomar plena consciencia de sus temores y, con ello, superarlos. De ese modo, se le presenta la oportunidad de modificar su actitud y el modo en que organiza su experiencia, toda vez que se enfrenta a situaciones o circunstancias nuevas e imprevistas. Repitámoslo de nuevo, en todo ser humano existe un miedo a lo nuevo.

 Lo que diferencia a un individuo con Saturno en el Ascendente del resto es que ese miedo se encuentra amplificado y se enfrenta a él siempre que inicia una actividad, sea ésta la que fuere. Cuando se ha llegado a adquirir un nivel de consciencia más amplio y profundo, la consciencia misma se expande y se hace posible contemplar la experiencia de diversas maneras diferentes. Así, lo que en un nivel de consciencia estrecho se vivencia como miedo ante una nueva situación, proyecto, faceta, etapa o actividad, cuando se ha elevado de nivel (es decir, cuando se ha iniciado o se halla en la senda de la individuación) puede significar prudencia, cautela y esmerada planificación. Hasta ahora hemos hablado del Ascendente en cuanto persona como el modo en que el individuo experimenta el mundo, así como la experiencia arquetípica del nacimiento y de la Iniciación. Pero también se relaciona con la atmósfera reinante en el entorno en el que el individuo ha sido dado a luz. Especialmente simboliza cómo se han experimentado los primeros años de vida, los que más impacto generan en la joven psique.

 Siguiendo con el arquetipo de Saturno (o el signo de capricornio) en conjunción con el Ascendente, el niño tiende a experimentar y a vivir en un ambiente de penurias y restricciones. Tal vez el ambiente ha sido restringido material y/o espiritualmente, frío y seco, es decir, sin amor, ternura o alimento anímico alguno. Pero un niño con Saturno o Capricornio en el Ascendente será especialmente sensible a las condiciones de un entorno así, que quedarán marcadas a fuego en su tierna psique. Y es que existe un arreglo sincronístico entre el ambiente infantil y su tendencia interna, es decir, su imagen arquetípica. Quedaría incompleta una descripción de la persona que no tratara el modo en que los demás experimentan la máscara en la que uno se encarna. Dado que ésta es una careta que mostramos a los demás y a través de la cual percibimos el mundo, dicha careta ejercerá un efecto o impacto cuando “salimos a escena”. Así, con una máscara uránica, es decir, si Urano o Acuario están en el Ascendente, es probable que los demás perciban al individuo como a un impertinente, un excéntrico y un revolucionario. Cada vez que aparezca en escena es como si atrajera el desorden y el caos a su alrededor. Por lo que no será de extrañar que los demás le observen con recelo y desconfianza. Al fin y al cabo todo lo nuevo provoca miedo, al amenazar con desmoronar las estructuras consolidadas que generan un sentimiento de seguridad y confianza. Por el contrario, si la máscara es saturnina entonces el individuo puede parecer frío y hostil, un auténtico hueso duro de roer, convencional y defensor del status quo, lo que encubre, en realidad, un miedo y una falta de confianza en sí mismo, de modo que la reticencia a relacionarse, la resistencia a todo cambio y el retraimiento suelen hacer acto de presencia. Dado que con Saturno en el Ascendente la autocrítica es una constante, el individuo tiende a proyectar esta actitud al exterior, de modo que verá a los otros como si siempre le estuvieran criticando y evaluando. Por tal motivo, el individuo siente que no está nunca a la altura de sus/las expectativas y se esfuerza una y mil veces en alcanzar la excelencia que, para él, será siempre un objetivo inalcanzable.

Por norma general, todo arquetipo que esté en conjunción con el Ascendente irradia hacia el exterior, de modo que los atributos del signo o planeta astrológico que se hallen en él se amplifican, teniendo una importancia crucial en el desarrollo de la personalidad total o Sí Mismo. Cuando esta norma no se cumple, lo más probable es que exista en el individuo un conflicto de energías contrapuestas que impiden la expresión de los potenciales existentes en su Ascendente. La amplificación que la idea astrológica del Ascendente nos ha permitido hacer con el término persona en psicología analítica ha puesto de manifiesto que la máscara no es sólo aquella mera pose que el individuo presenta ante mundo, la sociedad y ante sí mismo, una suerte de falsificación de su verdadera personalidad. Desde luego que suele ser sólo esto en la inmensa mayoría de los individuos. Sin embargo, cuando se ha producido una evolución de la consciencia y el individuo sigue la senda de la individuación, la persona se convierte y, al tiempo, se transforma en lo que en esencia es, o, quizás tendríamos que decir, debería ser: el camino a recorrer en el despliegue auténtico de la personalidad. Representa, también, las aptitudes y/o funciones que debemos diferenciar si pretendemos llegar a uma autorrealización plena. Pues a través de las funciones simbolizadas por el Ascendente llegamos a manifestar quienes somos como entidades completas.

 Parece ser una constante en psicología que este modo de contemplar la persona no tiene lugar, paradójicamente, sino después de la disolución de la identificación del yo consciente con la misma persona, en tanto que rol social, máscara o careta, en definitiva, un recorte individual de la psique colectiva. Esa disolución pone al individuo en contacto con su alter ego, con su sombra, con aquella parcela de su personalidad que también es él, pero que ha permanecido oculta por diversos motivos. Esa experiencia difícil, bien dirigida y asimilada, le permite al individuo conectar con su inconsciente e iniciarse en la senda que le llevará a su autorrealización. Esto nos permite comprender por qué el Ascendente simboliza el arquetipo de la iniciación. Dado que en dicho proceso tiene lugar un desplazamiento del centro regulador, trasladándose éste del pretérito ego a la más amplia y completa personalidad total, que lo engloba y sostiene. Ya no es la egoísta voluntad del yo consciente la que rige el destino del individuo sino la propia personalidad. Y es precisamente cuando esta transformación tiene lugar que la persona, en tanto que sinónima de Ascendente, asume importancia y un valor sobresaliente en el arduo proceso de individuación.

 Por último, no podemos dejar de mencionar que el Medio Cielo y, por lo tanto, la Casa X suele ser adscrita también a la idea de persona. Liz Greene hace mención expresa a esta misma relación en su libro Relaciones Humanas. Dado que la décima casa simboliza el ámbito de la carrera, los logros personales y el status social, y no en balde se la denomina también el sector profesional, ciertamente está asociada con la idea originaria de persona. Esto es, se relaciona con la idea que Jung expresa en su libro Las relaciones entre el yo y el inconsciente y que, sin embargo, en mi opinión, como ya he mencionado a lo largo de éste capítulo, es demasiado estrecha y limitada, dejando al margen material empírico que puede ser adscrito a la idea de persona. Greene afirma lo siguiente: “La Astrología tradicional considera a la décima casa como significante de la carrera, del logro y del status en la sociedad. Está además conectada con la persona, la máscara de adaptación social que cada individuo desarrolla para poder mezclarse sin tropiezos con el medio del cual es parte. Con frecuencia, apunta al tipo de actividad o de empresa en que el individuo se siente más feliz, o a un conjunto de actitudes a las que él se adhiere en su vida laboral. Generalmente, ello se debe a que es la Casa que define sus valores, es decir los valores a los cuales él intentará dar forma por mediación de su trabajo”.

 En este sentido, podemos adscribir la idea de máscara a la casa diez, siempre que nos limitemos al sector profesional. Es decir, atendiendo a la premisa de que éste sector está relacionado con la esfera de la profesión y que, en ella, se definen ciertos valores que el individuo manifestará en su trabajo. Sin embargo, aunque un individuo con el sector profesional en el signo de Acuario, verbigracia, tratará de realizar una carrera novedosa u original que le permita desplegar en esa área vital las virtudes propias de Acuario, el aspecto que él muestra a los demás siempre estará teñido por el Ascendente. El Ascendente es la máscara verdadera de la que uno no puede desprenderse, por mucho que lo desee. Y es esa careta la que deja su impronta en el ambiente que nos rodea, no sólo en la relación con los hermanos y amigos, sino también en el sector profesional, como en cualquier otra esfera de la vida.

 De hecho, algunos autores dicen ser capaces de conocer el Ascendente de un individuo sólo con verles el rostro, el porte y la apariencia física general. Hay incluso astrólogos que afirman ser capaces de corregir una hora de nacimiento incierta, evaluando la configuración física y el aspecto de una persona y correlacionándola con el signo Ascendente. No obstante, desde mi punto de vista, adscribir el aspecto físico únicamente al signo Ascendente es un tanto simplista. Por no mencionar lo difícil que resultaría si el individuo en cuestión tuviera un Ascendente aspectado por múltiples planetas. En general, la carta natal es una totalidad con factores interconectados e interrelacionados y todos ellos influyen en la constitución física y en la fisonomía. La idea que sí hay que tener en mente siempre que tratemos del Ascendente, y lo que lo correlaciona con la persona, es el hecho de que este simboliza una encarnación física del individuo o una manifestación concreta en una configuración o cuerpo físico de las múltiples posibles. Es la máscara verdadera del individuo, la pose que mostrará siempre que aparezca, produciendo un efecto o influencia sobre el ambiente toda vez que “salga a escena”.

 Para finalizar este apartado, ilustraré con vários ejemplos lo dicho hasta el momento. Un individuo con Ascendente en Géminis y su Sol en Piscis, verbigracia, curará y servirá a los demás (expresión de los atributos de Piscis) mediante la comunicación a través de la palabra, oral o escrita, transmitiendo y distribuyendo información de diversas áreas del conocimiento, que el Ascendente en Géminis será capaz de interrelacionar y coordinar. Con un Ascendente en Escorpio y el Sol en Acuario el individuo atravesará múltiples y dolorosas iniciaciones de las que extraerá un profundo conocimiento de la vida (expresión de los atributos de Escorpio), que después derramará al resto de sus coetáneos (irradiación del Sol en Acuario). Un Ascendente Piscis y un Sol en Aries representan a un individuo que despliega su potencial iniciador e inspirador y su capacidad de conducir las vidas de los demás (irradiación del Sol en Aries) educando y curando a través de la devoción, la compasión y el amor por el prójimo (facultades propias de Piscis).

Psicología y Astrología – Parte II

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