Artículos Astrológicos I

El Hecho Astrológico. De la Física Cuántica a la Espiritualidad

Alejandro Christian Luna

Este trabajo es un extracto del trabajo presentado en el 11 Encuentro entre Astrologos GeA 2007

Para estudiar las diferentes hipótesis que pueden explicar el funcionamiento de la Astrología, tenemos que partir de la base de que la Astrología efectivamente funciona. Pero… ¿es realmente así?

Para quien se dedica a la Astrología de forma más o menos profunda, ésta pregunta puede ser irrelevante pues es algo que uno admite desde el vamos, casi como un axioma o un acto de fe. Tal certeza proviene usualmente de ámbitos puramente subjetivos y difícilmente transferibles a los demás. A lo sumo uno podría decir “la astrología funciona para mi”. El caso es que muchos estarán de acuerdo en la realidad fenomenológica de la Astrología y tantos otros no.

De acuerdo al astrólogo Patrice Guinard existen tres hipótesis predominantes:

• Nada funciona. Los supuestos efectos de los planetas se deben únicamente a que el ser humano se los atribuye. La astrología no es más que autosugestión.

• Todo funciona, independientemente de la técnica elegida, incluso la carta errónea.

• Hay algunas correlaciones físicas reales entre las estrellas y la materia viva, correlaciones que producen cambios en los estados psíquicos de los seres humanos; de aquí que puedan llevarse a cabo verdaderos estudios que nos permitan investigar y definir dichas correlaciones.

En “Astrología ¿mito o realidad?”, los astrónomos Roger Cullver y Phillip Ianna muestran claramente que la Astrología no puede demostrarse según el método científico (al menos en estos momentos), y se preguntan “si la Astrología no sirve, no tiene validez, ¿por qué la gente continúa creyendo en ella?”. Geoffrey Dean responde: “en realidad sí sirve, pero sólo en la mente del que en ella cree”.

En general las críticas más irrefutables acerca de su funcionamiento giran en torno a la gran cantidad de predicciones fallidas (por ahora no entraremos en la discusión de las predicciones fallidas dadas por la ciencia), así como por diversos experimentos basados en cartas natales que no ratifican las interpretaciones tradicionales.

Para proseguir con este trabajo deberemos dar por sentado que la Astrología sí que funciona, quizás no como el método científico lo exige, pero seremos parciales (e inexactos) si creemos que la realidad sólo puede ser validada a partir de lo que dice la ciencia, sobre todo las llamadas ciencias duras.

Explicaciones Causales

La mecánica newtoniana

Los escépticos se han hecho a través del tiempo siempre la misma pregunta: ¿qué tipo de influencia, de fuerza, es la que ejercen los planetas sobre nosotros? Para ellos la única fuerza conocida que podría influir de alguna manera es la gravitatoria. Así, deducen que la atracción que ejerce la enfermera o el médico sobre el recién nacido es mucho mayor que la que puedan ejercer los planetas. Por ejemplo, la fuerza gravitatoria del médico es 400.000 veces mayor que la de la Luna. Incluso las fuerzas de marea a las que siempre “aludimos” son también despreciables. La fuerza de marea ejercida por la madre es 12 millones de veces mayor que la ejercida por la Luna.

Esta crítica lo único que deja bien en claro es que la Astrología no funciona en base a fuerzas gravitatorias.

Si analizamos a la Astrología desde el punto de vista causalista tenemos más que perder que de ganar, pues si la llevamos al plano de lo físico-materialista deberemos analizarla con las herramientas adecuadas del ámbito físico-materialista, es decir, las del método científico. Y los casos exitosos en que se ha demostrado una relación directa entre las influencias del cosmos y los organismos terrestres son insuficientes para dar cuenta de la enorme complejidad de la Astrología.

Quiero dejar bien en claro que no digo que no valga la pena investigar con metodología científica. Pero estoy seguro que es una forma de recortar nuestro objeto de estudio, y por ende, de mutilarlo y pervertirlo.

Gracias al estudio estadístico de Gauquelin hemos dado con sectores sensibles de la carta astral (los finales de las Casas sucedentes) que antes no se tenían demasiado en cuenta.

Pero como dice el astrólogo brasileño Alexey Dodsworth, las posteriores repeticiones de las pruebas llegaron a resultados diferentes de los alcanzados por Gauquelin; todas las estadísticas en Astrología remiten a resultados que están muy por encima del promedio de “pura coincidencia”. El problema es que las pruebas no se “confirman”, demostrando apenas resultados elevados que varían mucho de investigador en investigador. Él mismo dio cuenta de ello al repetir una investigación sobre homosexualidad masculina, realizada inicialmente por el norteamericano Karl Roberts y posteriormente repetida por Dodsworth en Brasil.

Roberts levantó una estadística cubriendo dos mil mapas de hombres que se definían como “homosexuales”, y a partir de esa estadística percibió una incidencia de más de 75% de mapas con aspectos mayores entre los planetas Venus y Urano.
Sin embargo, al repetir Dodsworth la experiencia en Brasil, los aspectos mayores entre Venus y Urano se limitaron al 25%, cuestión de “mero azar”. Lo sorprendente es que se encontró con un porcentaje notablemente grande (iguales 75%) de aspectos mayores entre Venus y Saturno del mismo orden: cuadraturas, oposiciones o conjunciones.

Explicaciones Acausales


La física cuántica

Si bien la formulación matemática tiene una gran complejidad, las interpretaciones que sugiere son (peligrosamente) simples y significativas.

Todos coinciden que en la esfera cuántica todo está interconectado, cada partícula parece estar hecha con las demás partículas. En el interior del átomo casi todo es vacío y todo esta vibrando. Si pudiéramos percibir la realidad con ojos cuánticos veríamos que formamos parte de un gran caldo de energía y que todos los objetos del mundo físico son un conglomerado de energía que flota en un universo de energía. En cierta manera no hay separación alguna entre nosotros y el resto del universo. Puede discutirse si la mente del observador influye en lo observado, pero lo que es seguro es que ambos forman parte de un sistema unitario. Tanto desde las abstracciones teorícas como desde la práctica (ver el experimento de Alain Aspect del teorema de Bell) está demostrado que nuestro mundo físico está sostenido por una realidad invisible que se comunica a una velocidad mayor a la de la luz, dando por los aires con Einstein y con la relatividad.

Que un cuerpo influya sobre una partícula aunque se encuentre a distancias remotísimas puede ser una excelente noticia para los astrólogos ávidos de explicaciones causales, el hecho es que la mecánica cuántica describe tan sólo el movimiento de los sistemas en los cuales los efectos cuánticos son relevantes. Se ha documentado que tales efectos son importantes en materiales que cuentan con no más de unos 1.000 átomos.

S llevamos la causalidad al límite veremos que todo causa todo lo demás, pues el movimiento de una bola de billar estará influido por la fuerza y dirección del golpe, por la superficie por donde rueda, la altura, la presión, la temperatura, mínimamente lo hará por el efecto Coriolis propio del la rotación de la Tierra sobre su eje, de la fuerza de gravedad que ejerce la Luna, los planetas interiores, los exteriores, el centro de la galaxia… ad infinitum.

Tanto desde la física clásica como desde la cuántica, todo causa todo lo demás y todo está interconectado.

Esta idea nos recuerda a la máxima hermética tan cara a la Astrología: “como es arriba, es abajo”. Sin embargo, la frase del Trismegistos engloba diferentes dimensiones de la realidad o planos de existencia, cosa que no se da en la teoría cuántica ya que se refiere solamente a la interconexión del plano material, el de la fisiosfera.

La hipótesis que sostengo es que la Astrología no se puede explicar por estos medios pues ellos tan solo remiten al nivel material de la realidad. Pero la Astrología fundamentalmente comprende niveles superiores de realidad que tienen que ver con lo simbólico, con el lenguaje, con las emociones, lo psicológico, el alma y acaso con el espíritu.

El paradigma holográfico

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El concepto de holograma puede aplicarse a todo aquello que represente la imagen completa de algo, por eso es que la Astrología “es” holográfica.

Tal como la utilizamos corrientemente, la holografía es una técnica que sin usar ningún tipo de lentes crea imágenes tridimensionales. Un rayo láser graba microscópicamente una película fotosensible y ésta, al recibir la luz desde la perspectiva adecuada, proyecta una imagen en tres dimensiones.

Pero si lo vemos con cuidado, no es verdad que el holograma contenga la información de toda la escena. En realidad, cada fragmento del holograma contiene la información de toda la escena vista desde el lugar donde el observador estaba.

De esta manera apreciamos la importancia que tiene la posición en el espacio del ser al que se le levanta una carta natal, pues la domificación establece el ángulo de incidencia de las diversas “frecuencias energéticas”.

La mayoría de los astrólogos en algún momento de su quehacer se da cuenta que diferentes rasgos de la carta natal se repiten en varios niveles, como distintas cosas que hablan de lo mismo, remitiendo a una imagen holográfica. Diferentes técnicas traen diferente información, pero esa información tiene similaridades que apuntan a la carta natal como un todo.

Ahora bien, debemos darnos cuenta que no se puede ir mucho más allá de estas interpretaciones. Sin embargo si vamos más allá del nivel físico de frecuencias, vemos que el holograma funciona excelentemente como metáfora para describir niveles diferentes y superiores de realidad.

Los antiguos alquimistas, astrólogos y filósofos herméticos usaban como metáfora el Unus Mundi y las correspondencias entre Macrocosmos y Microcosmos.

Así era como la mentalidad medieval buscaba una inserción en el cosmos que diera sentido a su existencia. Hoy nuestra metáfora es la del orden implicado y el holograma.

Si bien el holograma remite a una realidad “inmaterial” el caso es que al hablar de frecuencias o pautas de interferencia electromagnética seguimos en el nivel de la fisiosfera, o sea, el nivel de la física, la óptica y el electromagnetismo.

Y como decía antes, la Astrología no se puede explicar solamente por estos medios pues ellos únicamente remiten al nivel material (el más básico) de la realidad; pero como metáfora… es una metáfora excelente.

Astrología y Sincronicidad

En su libro “La interpretación de la naturaleza y la psique”, Carl Jung analiza el fenómeno de la sincronicidad, con la que pretende dilucidar ciertos casos extraordinarios, “coincidencias significativas”, imposibles de explicar causalmente.

La sincronicidad puede definirse entonces como una coincidencia significativa de dos o más sucesos en la que está implicado algo más que el puro azar. Dicho de otra manera, sería una coincidencia en el tiempo de dos o más acontecimientos no relacionados causalmente que tienen el mismo o similar significado.

Una sincronicidad es un puente entre un hecho físico externo y un hecho psicológico interno. Esta idea ha tenido una excelente recepción por parte de muchos astrólogos como explicación del funcionamiento de la Astrología.

De esta manera se explica por qué un hecho externo físico como el movimiento de los planetas corresponde con el contenido psicológico de las personas y con los hechos de su destino.

Sin embargo, el astrólogo costarricense Juan Antonio Revilla hace unas objeciones muy válidas con respecto a esto, haciendo notar que las técnicas de interpretación que usan los astrólogos no se basan en la sincronicidad, pues no existe sincronía temporal entre un diagrama del cielo actual (tránsitos) y el diagrama del cielo radical (la carta natal) ocurrida tiempo atrás. Él no dice que no haya correspondencia entre ambas cosas, sino que esta correspondencia no tiene que ver con la sincronicidad.

¿Dónde debemos poner la atención, en la simultaneidad o en el significado? Se dice que los eventos sincronísticos ocurren a cada momento, sin embargo se transforman en sincronicidades recién cuando se hacen concientes.

Aquí ya nos movemos en otro nivel, el mental y psicológico, ya que a un significado no se lo puede medir ni pesar, a lo sumo se lo podrá sentir, pensar, vivenciar y compartir.

Pero el significado no proviene de la coincidencia en sí sino de la conciencia de la persona que la experimenta. Y esto es particularmente importante, ya que un mismo hecho externo (objetivo) puede tener diversos significados según la conciencia del sujeto.

Los Arquetipos Astrológicos

Los arquetipos son ideas primordiales comunes a toda la humanidad, que se expresan a través de imágenes arquetípicas. Son las formas sustanciales (ejemplares eternos y perfectos) de las cosas que existen de toda eternidad en el pensamiento colectivo.

El concepto de arquetipo fue introducido por el psicólogo suizo Carl Gustav Jung como término dentro del campo de lo psíquico. La existencia del arquetipo solo puede ser inferida, ya que es por definición inconsciente; pero las imágenes arquetípicas acceden a la consciencia y constituyen nuestro modo de percibir el arquetipo. Ellos entonces aparecen en forma de imágenes, no percibimos a los arquetipos en sí mismos, sino a sus manifestaciones simbólicas. Los arquetipos se manifiestan a través de nuestras proyecciones, lo que nos permite inferir su presencia. Las estructuras arquetípicas aparecen en el hombre a través de formas determinadas: en las mitologías, en las leyendas, en los sueños, en ciertos deseos colectivos. Los hombres compartimos una serie de experiencias que han quedado, por su naturaleza colectiva, incorporadas en la memoria de la humanidad como patrones de comprensión de la realidad. Estos patrones son energía inconsciente que aparece por ejemplo a través de los símbolos astrológicos. Los signos del Zodíaco serían doce imágenes arquetípicas, manifestaciones del inconsciente colectivo, que dan cuenta de la totalidad de la experiencia humana. Para entender como trabajan los símbolos arquetípicos es necesaria una clase especial de pensamiento: la actitud simbólica. Que una cosa sea o no un símbolo depende de la actitud de la conciencia que la examine.

Ken Wilber entiende a los arquetipos como emanaciones de un reino espiritual superior, existentes en el nivel de la intuición y la inspiración religiosa. Este reino espiritual se caracteriza por las visiones de seres arquetípicos celestiales que encarnan cualidades que forman parte de nuestro ser más profundo. Meditando en estos seres evocamos esas mismas cualidades en nuestra propia conciencia.

Hay diferencias importantes en la manera en que Wilber y Jung conceptualizan el arquetipo. Jung los consideraba habitualmente como imágenes mitológicas arcaicas, formas colectivas transmitidas de generación en generación a través de los milenios que perviven en el inconciente colectivo de la humanidad. Los símbolos, los mitos, son expresiones del arquetipo.

Para Wilber (así como para Platón, los budistas y los hinduistas) los arquetipos son las primeras formas manifiestas que emergen del Espíritu Vacío en el curso de la creación del Universo. La realidad psicosomática del universo, en sus formas materiales e inconcientes son reflejos o imágenes de los arquetipos espirituales a través de su reflejo anterior en el alma universal. De este modo los principios formadores del Alma o reflejos de ella del Espíritu, son entidades sabias, seres en potencia, inespaciales y fecundos, que en el momento preciso se encarnan o materializan como imágenes cósmicas.

Los planetas y signos astrológicos serían patrones arquetípicos provenientes de una esfera superior, intuidos por el alma primero y reflexionados por la razón después.

La Astrología como Lenguaje Poético y Sagrado

Otra forma válida de entender la Astrología consiste en definirla como un lenguaje, acaso como un lenguaje sagrado.

En la evolución de la conciencia llega un momento en que la influencia de la cultura y el lenguaje adquiere un papel fundamental. Los semiólogos nos han hecho notar que la percepción de la realidad está condicionada por la estructura del lenguaje. Éste determina, sin que nos demos cuenta de ello, nuestra visión del mundo. Su propia estructura (en términos de sujeto/predicado) moldea el pensamiento forzándonos a pensar en términos de causa y efecto.

Los seres humanos vemos todo a través de una grilla simbólica o semántica que impone su propia estructura a aquello que describe.

Los biólogos chilenos Maturana y Varela dicen que el mundo que todos vemos no es “el” mundo sino “un” mundo alumbrado por todos nosotros. Nosotros lo creamos a través de nuestra cognición.

Sin embargo, la Astrología es un tipo particular de lenguaje, su estructura no es lineal sino mandálica. Es un lenguaje cuyo estudio nos permite acceder a un conocimiento al que difícilmente podríamos acceder por otros medios. Al ser mandálico, puede proyectarnos a niveles transverbales, siempre y cuando podamos trascender las paradojas que necesariamente se presentan al encarar lo mandálico desde lo lineal, o lo transverbal desde lo verbal.

Como lenguaje sagrado nos conecta con realidades superiores, ya que su simbolismo tiene la capacidad (como Hermes) de relacionar diferentes niveles de existencia, trayendo y llevando información en ambos sentidos.

Astrología Matricial

Matriz Humana Astrológica_

El astrólogo y filósofo francés Patrice Guinard presentó su tesis doctoral con la obra “Astrología, el Manifiesto”. En ella sostiene que hay una estructura (la matriz astrológica) que preexiste a los sistemas de interpretación y a sus contenidos específicos. La matriz astral no proviene del razonamiento ni de la experimentación sino que surge de un trasfondo psíquico, como algo que se va desvelando en función del estado de comprensión de la conciencia que la aprehende. Su estructura no proviene de la reflexión ni de la experiencia sino del espíritu. Esta matriz aparece en la conciencia porque la propia psiquis está impresionada astralmente con esa estructura, en un proceso en que se puede llegar a conocer lo inaccesible por lo accesible, pues en su raíz se encuentran los mismos arquetipos.

Una Hipótesis para cada Nivel

Según la sabiduría perenne (el núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría de todos los lugares y todas las épocas), la realidad está compuesta de varias dimensiones o reinos (como la materia, la vida, la mente, el alma y el espíritu).

Como hemos visto, el hecho astrológico puede comprenderse desde el punto de vista de los diferentes niveles de realidad. ¿Y hasta donde llega? Podemos decir que araña lo divino, en el sentido que es una vía regia para conectarnos con niveles más y más profundos de realidad.

Ahora bien, cada nivel superior no puede explicarse en términos del nivel inferior. No podemos explicar las interacciones culturales que genera el lenguaje apelando a la biología, ni los instintos biológicos de las criaturas apelando a la ley de gravedad de Newton.

Y viceversa, los símbolos (el lenguaje) no crean las esferas materiales pero sí las esferas mentales. De hecho, los niveles mentales superiores “son” símbolos.

Asimismo, difícil es explicar las sincronicidades astrológicas en términos de interacción cuántica de partículas o sopesar las identificaciones arquetípicas (vía carta natal) de una persona en base al gradiente lumínico de los planetas.

A partir de La Gran Cadena del Ser (la estructura de niveles de realidad definida por la filosofía perenne), podemos desarrollar una estructura con diferentes niveles de fundamentos astrológicos, teniendo en cuenta los niveles de realidad a los que nos referimos.

Como hemos venido analizando a través de las diferentes hipótesis, el hecho astrológico puede fundamentarse de maneras muy diferentes. La Gran Cadena puede ayudarnos a ordenar de forma sintética estas diferentes hipótesis.

El nivel físico

Marte

El nivel más básico de la realidad es el que comprende a la materia, los objetos que pueden tocarse y medirse cuantitativamente.

La física causal de Newton y la física cuántica acausal son las más adecuadas para brindar explicaciones a este nivel. La holografía también trata con frecuencias del reino de la física, así que estaríamos percibiendo la Astrología con el “ojo de la carne”.

Interpretar a la Astrología desde sus fundamentos más básicos es la manera más segura de recortar su potencial y de simplificarla salvajemente, cayendo en el reduccionismo típico de las ciencias duras al desentenderse de otras formas más englobantes de comprensión. Si bien toda investigación al respecto es bienvenida, me parece que la virtud principal de la holografía y la mecánica cuántica radica en su capacidad heurística y en su potencial metafórico.

En este ámbito lo más prometedor que intuyo son las investigaciones con respecto a la influencia de la conciencia en los resultados de los experimentos físicos, pero ese tema lo tocaremos dentro de unos momentos.

El nivel biológico

Lua

A nivel vida y cuerpo (el segundo eslabón de la Gran Cadena) la Astrología puede llegar a fundamentarse gracias Rupert Sheldrake y su teoría de los campos morfogenéticos y la resonancia mórfica, por la cual habría ciertos patrones invisibles que dirigen todas las formas vivas. El astrónomo Percy Seymour teoriza sobre un proceso de sensibilización del sistema nervioso fetal por la resonancia de un campo geomagnético, mientras que el astrólogo Demetrio Santos apela al efecto del gradiente de luz planetario sobre los seres vivos.

Bruce Scofield sugiere un modelo astro-biológico de desarrollo humano, basado fundamentalmente en el concepto de impronta del etólogo Konrad Lorenz. Scofield cree que los factores ambientales (sobre todo los ciclos circadianos y circanuales) generan una impronta (un patrón de conducta innato) que se fija a lo largo de diferentes períodos de tiempo. Las cambiantes propiedades del campo electromagnético serían coincidentes con cierta periodicidad biológica de cada ser.

Si bien ahora “subimos un nivel”, evidentemente estas teorías dejan muchos agujeros pues sólo podrían explicar a la astrología genetlíaca, siendo incapaces de responder a la astrología mundana y horaria, por ejemplo; ellas no pueden aplicarse a entes no biológicos como una empresa, un país o una pregunta.

En todo caso, si existen influencias planetarias a nivel biofísico estas no dependen tanto de la Astrología como de la cosmobiología.

El nivel psíquico

Mercurio

El tercer nivel es el de la mente, comprende una realidad a la que podemos acceder con el “ojo de la razón”, aquella compuesta de conceptos, imágenes, símbolos y fundamentalmente de lenguaje. Como dice Jung, “al igual que una planta produce sus flores, la psique crea sus símbolos”. Advirtamos que no nos referimos a diferentes percepciones de una misma realidad sino a realidades ontológicamente diferentes. Para el ojo de la carne lo real son los objetos físicos cuantificables, mientras que para el ojo de la razón lo real son los conceptos y símbolos cualificables.

Aquí la fundamentación del hecho astrólogico tiene que ver con su capacidad de simbolización y con su intrínseca estructura lingüística. Sólo en este nivel es donde la interpretación astrológica tiene lugar, ámbito de la hermenéutica, la introspección y la posibilidad de vincularidad real entre sujeto y sujeto (antes era entre sujeto y objeto). Creo que es en este nivel mental donde los astrólogos hacemos el mayor uso (y abuso) operativo de la Astrología. Cada libro que se ha escrito al respecto se ha hecho con el ojo de la razón, y su enseñanza y aprendizaje (salvo excepciones) se apoya casi completamente en este nivel mental.

En cuanto a los fundamentos astrológicos, la semiótica, el simbolismo, algunas escuelas de psicología y otras ciencias hermenéuticas serían las más adecuadas para interpretarlos. Tanto la sincronicidad junguiana como la razón matricial de Guinard se situarían en el límite superior de este nivel mental, pues es el momento en que el sentido y el significado comienzan a atraer la conciencia transformándose en un nuevo centro de gravedad. Cuando gracias a su capacidad de razonar el individuo comienza a inquirirse acerca del significado de la existencia, se abre a los niveles transpersonales del alma y del espíritu.

El nivel sutil

Venus

En los dominios del Alma nos manejamos con una Astrología mucho más sutil. En este plano de realidad, el lenguaje, el pensamiento y el ego se ven superados y trascendidos (pero sin ser negados). Es en este nivel donde se abre el ojo de la contemplación y donde se manifiestan fenómenos paranormales, experiencias extracorporales y de iluminación, visiones de seres angelicales y guías arquetípicos que encarnan cualidades que forman parte de nuestro ser más profundo.

Aquí la razón le cede el paso a la intuición, entendida como un insight súbito, independiente de cualquier proceso intelectual racional y a menudo peleado a primera vista con la lógica. La psique humana absorbe mensajes “de arriba” a través de las intuiciones, así como a través de las sensaciones absorbe mensajes del nivel físico; para luego integrarlos en un todo cuerpo-mente-alma. Los símbolos astrológicos transfieren la energía psíquica de una forma inferior a otra superior.

Este contacto con lo sutil se vehiculizaría gracias a los arquetipos transmentales que la Astrología nos acerca, en una forma de cognición superior que puede evocarse meditando en el Vacío central del mandala de una carta natal, percibiendo nuestra Esencia Arquetípica y siendo nuestro ego absorbido en ella.

El hecho astrológico se fundamentaría aquí en la realidad psíquica y “sobrenatural” de la existencia y en su relación con los surcos arquetípicos colectivos, heredados, inconcientes -tanto prepersonales como transpersonales- simbolizados por los mismos operadores astrológicos.

A partir de este momento, el Sí mismo, el arquetipo de la carta natal y la Astrología misma se ven trascendidos, pues llegamos al reino del espíritu.

El nivel último no-dual

Sol

En verdad, no podría haber ningún yo que “llegue” al reino del espíritu, pues aquí no existe diferenciación entre uno y el todo. Nadie está llegando a ningún lado, porque de repente Uno estuvo siempre en todos lados.

Todas las formas y matrices arquetípicas vuelven a la Fuente, ésta es la trascendencia total donde no hay micropartículas, ni hologramas, ni criaturas, ni ego, ni Dios, ni Astrología. No hay nada a excepción de la Conciencia Pura.

El misterio de la conciencia

Jupiter

Como hemos visto en cada una de las etapas de nuestro viaje, siempre la conciencia ocupa un papel esencial.

Los últimos diez años del siglo XX fueron definidos como la década del cerebro por la comunidad científica. Muchos creyeron que estaban muy cerca de la solución de uno de los más grandes misterios con los que se enfrenta la ciencia: ¿qué es la conciencia? Sin embargo, aunque desplegaron ante nuestros ojos espectaculares imágenes en 3d del interior de un cerebro en funcionamiento, no lograron explicar los mecanismos neuronales del pensamiento y de la conciencia.

El matemático y filósofo David Chalmers dice que debemos tratar a la conciencia como un aspecto irreductible del universo, como lo es para los físicos el tiempo, el espacio y la masa. Según él, no es que la conciencia sea consecuencia de la materia ni la materia fruto de la conciencia, sino que ambas son en esencia “información”.

Tenemos que evitar caer en la dicotomía mente/cerebro y por qué no, encarar el tema desde la perspectiva de la filosofía perenne. Después de todo, lo que da cuenta de la evolución de la materia al espíritu no es otra cosa que la conciencia, el hilo de oro que une las perlas de cada nivel de realidad.

A nivel físico estamos hechos de estrellas, a nivel psíquico nos reflejamos simbólicamente en ellas. La ciencia refleja objetivamente lo que ve, mientras que la Astrología lo hace simbólicamente. Ciencia y Astrología son dos formas complementarias de reflejar la realidad.

Todo aquello de lo que somos concientes es asociado al “yo” por intermedio de la conciencia. El sí mismo, centro de la conciencia, es un yo que puede ir abriéndose al espíritu a partir de identificaciones y desidentificaciones sucesivas.

La conciencia es la que otorga significado al universo, pero se encuentra limitada a decodificar tan solo una parte del espectro total de la realidad pues no solamente depende de la información que aportan los sentidos sino del grado de ampliación e integración que haya alcanzado.

En el último eslabón de la Gran Cadena del Ser, se advierte que sujeto y objeto son lo mismo. Asi, somos estrellas que han tomado conciencia de sí mismas.

Alejandro Christian Luna

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Cosmos y Psique: Una Crítica

Enrique Eskenazi

Acabo de leer los dos libros de Richard Tarnas recientemente traducidos y publicados en ed. Atalanta, “La pasión de la mente occidental” y su secuela, por así decir, “Cosmos y Psique”. Escritos desde una perspectiva afín a la psicología arquetipal y el pensamiento junguiano, son vulnerable a las agudas críticas que contra ambos movimientos -y desde dentro de ellos- ha formulado Wolfgang Giegerich.

“Cosmos y Psique” es una extraña (pero no sorprendente) mezcla de libro de crítica cultural, de filosofía, de psicología y, mayormente, de astrología. Al menos de “astrología psicológica” tal como se estila a partir del trabajo pionero de Dane Rudhyar y, posteriormente, de Liz Greene, Stephen Arroyo, Alexander Ruperti, Howard Sasportas, entre otros.

No voy a argumentar aquí acerca de la “correspondencia” -a muchos les gusta hablar de sincronicidad, sin siquiera sospechar lo que el uso de esta palabra aparentemente inocua implica (1) – entre las configuraciones planetarias y los acontecimientos históricos. Siempre es posible encontrar a posteriori correspondencias “significativas” entre datos ya conocidos. No más que las “correspondencias” entre el número de asientos del avión que primeramente se estrelló contra las Torres Gemelas, el número de teléfono de alguna de sus víctimas, la fecha de nacimiento de algún político destacado y finalmente la fecha del temible atentado. En cambio tales “correspondencias” son imposibles de hallar antes de los hechos mismos, por la sencilla razón de que son buscadas intencionadamente cuando ya se tiene noticia de ellos. Y por supuesto, siempre puede uno ingeniarse para hallar coincidencias entre dos hechos cualesquiera, una vez producidos, a partir de recursos tan arbitrarios como reducir letras a números, jugar con las fechas, las cifras, los nombres, y demás. Las correspondencias que Tarnas destaca entre acontecimientos históricos y configuraciones planetarias no son tan banales, pero pecan de la misma arbitrariedad: la selección de aquellos fenómenos que puedan sostener una hipótesis, de tal manera que la “prueba” resulta viciada por la parcialidad del enfoque histórico. Más que pruebas son trucos. (2)

Pero no voy a centrar mis críticas en operaciones tan artificiosas y tan poco dignas de crédito. Es mucho más interesante apuntar a aquello que tal mentalidad refleja y cuenta inadvertidamente de sí misma y de la “cosmovisión” en la que ya se está instalado y desde la cual surgen todas sus bienintencionadas propuestas.

El problema con estas obras, y con el libro de Tarnas, es que parten de una posición metafísica e incluso religiosa que nunca se somete a crítica, ya sea la propuesta metafísica de los “arquetipos” junguianos  – y que Jung pretendió hacer pasar por “datos empíricos” en el sentido de datos de una experiencia “interior” (3) – o de un “significado último” de todo acontecer, o de las “estructuras a priori de la imaginación”, siendo éste último enfoque más afín a la visión de James Hillman y más interesante como tema de discusión (pero muy frágil como “fundamento” de una “cosmovisión”). En verdad, la misma expresión “cosmovisión” o “visión del mundo” o, incluso, “concepción del universo” delata ya que se está –inevitablemente – instalado en una colocación moderna o, mejor aún, postmoderna.

Ya Heidegger escribió agudamente (en La Época de la Imagen del Mundo):

El arraigo cada vez más exclusivo de la interpretación del mundo en la antropología, que se inicia a finales del siglo XVIII, encuentra su expresión en el hecho de que la posición fundamental del hombre frente a lo ente en su totalidad se determina como visión del mundo. Fue a partir de esta época cuando dicha palabra se introdujo en el uso lingüístico. En cuanto el mundo se convierte en imagen, la posición del hombre se comprende como visión del mundo. Cierto que el término ‘visión del mundo’ se presta fácilmente al malentendido de que se refiere a una mera contemplación pasiva del mundo. Por eso, ya desde el siglo XIX se ha insistido en que la visión del mundo significa también e incluso principalmente una visión de la vida. El hecho de que, de todas maneras, el término ‘visión del mundo’ se haya mantenido como nombre para la posición del hombre en medio de lo ente, es la prueba de lo decididamente que el mundo se ha convertido en imagen en cuanto el hombre ha llevado su vida como subjectum a la posición principal en el centro de toda relación. Esto significa que lo ente sólo vale como algo que es, en la medida en que se encuentra integrado en esta vida y puesto en relación con ella, es decir, desde el momento en que es vivido y se torna vivencia. Al igual que cualquier tipo de humanismo resultaba inadecuado para los griegos y que en la Edad Media era imposible una visión del mundo, del mismo modo también resulta absurda una visión católica del mundo. En la misma medida en que lo necesario y normal es que todo tenga que convertirse en vivencia para el hombre moderno, cuanto más ilimitadamente se apropia de la configuración de su esencia, del mismo modo, es absolutamente cierto que los griegos no sufrían vivencias cuando celebraban sus fiestas olímpicas. (4)

¿Qué es eso de una imagen del mundo? Parece evidente que se trata de eso: de una imagen del mundo. Pero ¿qué significa mundo en este contexto? ¿Qué significa imagen? El mundo es aquí el nombre que se le da a lo ente en su totalidad. No se reduce al cosmos, a la naturaleza. También la historia forma parte del mundo. Pero hasta la naturaleza y la historia y su mutua y recíproca penetración y superación no consiguen agotar el mundo. En esta designación está también supuesto el fundamento del mundo, sea cual sea el tipo de relación que imaginemos del fundamento con el mundo… allí donde el mundo se convierte en imagen, lo ente en su totalidad está dispuesto como aquello gracias a lo que el hombre puede tomar sus disposiciones, como aquello que, por lo tanto, quiere traer y tener ante él, esto es, en un sentido decisivo, quiere situar ante sí. Imagen del mundo, comprendido esencialmente, no significa por lo tanto una imagen del mundo, sino concebir el mundo como imagen. Lo ente en su totalidad se entiende de tal manera que sólo es y puede ser desde el momento en que es puesto por el hombre que representa y produce. En donde llega a formarse una imagen del mundo, tiene lugar una decisión esencial sobre lo ente en su totalidad. Se busca y encuentra el ser de lo ente en la representabilidad de lo ente”.

Y más adelante añadió:

Lo gigantesco es más bien aquello por medio de lo cual lo cuantitativo se convierte en una cualidad propia y, por lo tanto, en una manera especialmente señalada de lo grande. Cada época histórica no sólo es diferentemente grande respecto a las otras, sino que además tiene su propio concepto de grandeza. Pero en cuanto lo gigantesco de la planificación, el cálculo, la disposición y el aseguramiento, dan un salto desde lo cuantitativo a una cualidad propia, lo gigantesco y aquello que aparentemente siempre se puede calcular por completo, se convierten precisamente por eso en lo incalculable. Lo incalculable pasa a ser la sombra invisible proyectada siempre alrededor de todas las cosas cuando el hombre se ha convertido en subjectum y el mundo en imagen Por medio de esta sombra, el mundo moderno se sitúa a sí mismo en un espacio que escapa a la representación y, de este modo, le presta a lo incalculable su propia determinabilidad y su carácter históricamente único. Pero esta sombra indica otra cosa cuyo conocimiento nos está vedado en la actualidad. El hombre no podrá llegar a saber qué es eso que está vedado ni podrá meditar sobre ello mientras se empeñe en seguir moviéndose dentro de la mera negación de su época. Esa huida a la tradición, entremezclada de humildad y prepotencia, no es capaz de nada por sí misma y se limita a ser una manera de cerrar los ojos y cegarse frente al momento histórico. El hombre sólo llegará a saber lo incalculable o, lo que es lo mismo, sólo llegará a preservarlo en su verdad, a través de un cuestionamiento y configuración creadores basados en la meditación.

Y, adecuadamente, en el libro de Tarnas se trata de una “huida a la tradición, entremezclada de humildad y prepotencia”.

Las cien primeras páginas de Cosmos y Psique muestran su programa, o sea su proyecto:

“destruir la mentalidad moderna y marchar hacia una nueva visión, ya sea en ciencia, filosofía o religión” (pág 61) “reconstruir o atemperar las diversas consecuencias alienantes poscopernicanas, desde el dualismo sujeto-objeto de Descartes a la evolución ciega de Darwin” (ibid), “aspirar a un mundo humanamente significativo y con resonancias espirituales”, puesto que “el desencantamiento del universo moderno es consecuencia directa de una epistemología simplista y de una postura moral extraordinariamente inadecuada a las profundidades, complejidades y grandeza del cosmos”. (pág. 75) Y a continuación Tarnas escribe (pág. 76): “¿Cuál es el remedio para la visión fundada en la hybris? (es decir, la Era Moderna) Talvez el remedio esté en escuchar, en escuchar más sutil, receptiva y profundamente. Puede que nuestro futuro dependa de la precisa medida en que estemos dispuestos a ensanchar nuestra vías de conocimiento. Necesitamos un empirismo y un racionalismo más amplios, más auténticos.” (pág. 76)

Creo que bastan estos pasajes para advertir “desde dónde” habla Tarnas: desde un profundo disgusto con “el universo desencantado” -es decir, desprovisto de magia y de “alma”- de la modernidad y de la postmodernidad. Para él se trata de “descubrir las profundidades y la rica complejidad del cosmos” , para lo cual “se necesitan vías de conocimiento que integren plenamente la imaginación, la sensibilidad estética, la intuición moral y espiritual, la experiencia de revelación, la percepción simbólica, las modalidades somática y sensorial del entendimiento y el conocimiento empático. Pero por encima de todo debemos reaccionar a -y superar- la gran proyección antropomórfica oculta que ha sido prácticamente la definición de la mente moderna, a saber, la proyección de ausencia de alma en el cosmos, debida a la voluntad de poder del yo moderno” (pág. 77)

Un programa realmente ambicioso: superar la modernidad y “devolver el alma al cosmos”. Un proyecto, a mi ver, aquejado de la misma hybris de la que acusa a la modernidad. Acaso peor, porque más flagrante: al fin y al cabo, la modernidad no fue el resultado de una serie de decisiones individuales, ni de un programa para promover una ideología, ni mucho menos de lo que Tarnas supone: consecuencia directa de una epistemología simplista y de una postura moral extraordinariamente inadecuada a las profundidades, complejidades y grandeza del cosmos sino más bien el resultado de la emergencia de una nueva verdad, de modo que los individuos se encontraron instalados en un plano de entendimiento que ya había superado (en el sentido hegeliano de la expresión: negado e incorporado y trascendido) el estatus del conocimiento previo. La modernidad no es fabricación de pensadores tales como Descartes, Locke y demás, sino que éstos fueron sus voceros. Como bien hace notar Giegerich en su “¿Es ‘profunda’ el alma?”:

En muchos ámbitos, y también en la psicología arquetipal, Descartes es tratado con desdén. Es tratado como un criminal (psicológico o intelectual) responsable de la escisión fundamental expresada por la oposición de los términos mencionados arriba (res cogitans y res extensa). Esto no es sólo injusto, sino también no-psicológico. Descartes no hizo nada; no es responsable ni culpable de una escisión. Meramente expresó la escisión que era constitutiva para la condición del alma moderna y por tanto una verdad moderna. Si alguien es “culpable” aquí, es el alma. Descartes tan sólo hizo su legitimación, nada más… Culpar a Descartes es una defensa (en el sentido psicoanalítico de la palabra) contra tener que reconocer la revolución psicológica fundamental que ya ha tomado lugar hace tiempo y que ha provocado una ruptura irrevocable, experimentada como la pérdida del mito y el extrañamiento de “la naturaleza”. Expresada en términos positivos, fue la adquisición de una conciencia rota, reflejada y reflexiva. No tenemos que combatir o negar a Descartes. Tenemos que llevarlo más allá, “pensarlo aún más”

Es así que “el programa” de Tarnas está diseñado para paliar el “des-encantamiento” del mundo, para “re-encantarlo”. Se trataría, nada más ni nada menos, de postular una nueva “cosmología”. Pero ¿puede una “nueva” cosmología brotar de la decisión y una voluntad, de un deseo y una nostalgia, más que de la búsqueda desinteresada de la verdad? ¿No existe ya acaso en la ciencia natural actual una “cosmología” que ha resultado, no tanto del “querer” consciente de los hombres, sino de los resultados y la dinámica mismos de la investigación? (5)

Tarnas no tiene el menor empaque en proponer la astrología como base de una “nueva” cosmología que en verdad es antigua, incluso obsoleta, por lo cual su móvil es además lógicamente reaccionario y muy semejante a proponer la física aristotélica como base de una “nueva ciencia de la naturaleza” o la astronomía geocéntrica ptolemaica como base de una “nueva” concepción astronómica. Esto no sólo es “imposible” (lógicamente), sino que sería incluso risible, sino fuera alarmante. (6)

Esta afirmación de Heidegger sí da qué pensar y abre un horizonte de discusión que está “más allá del bien y del mal”. Conviene, por otra parte, advertir que la concepción de la evolución del entendimiento y de la Edad Moderna como “consecuencia… de una postura moral” -tal como afirma Tarnas- es un modo de fundamentalismo, que podría acaso incluso apoyar el juicio de la Inquisición contra Galileo. Pero lo grave es que decididamente pasa de largo no sólo ante lo que Heidegger llama “Algo Distinto”, sino también ante la lógica misma del conocimento. Y parte de la escisión entre “bien” y “verdad” promoviendo la alternativa de o bien tener que subordinar “lo verdadero” a “lo bueno”, o viceversa (por ello se mueve aún en horizonte “dentro del bien y del mal”). Tal alternativa debiera ser traída a la luz y sometida a una profunda explicitación, en lugar de dejarse atrapar tan fácilmente por ella. En todo caso, la apelación a la ética no deja de ser una maniobra ideológica (como lo sería la apelación a la política, a un credo religioso, a un dogma o a cualquier supuesto ideal, lo cual implicaría un subordinación del ser al deber ser), y manifiesta por parte del autor la desmesurada convicción de que sabe ya lo que debiera ser, de que así ya está en posesión de una verdad superior. Hablando justamente de hybris.

¿Por qué alarmante? Porque lo que inadvertidamente ha desaparecido en propuestas como la de Tarnas es toda aspiración a la verdad. Pareciera ser que lo que importa es “reanimar -reencantar- al cosmos” en lugar de querer averiguar modestamente lo que “el cosmos” sea, más allá de nuestros intereses (¡incluida la superviviencia!) y buenos (o malos) propósitos. Esta íntima convicción de que lo que hay (lo que existe, lo que es) depende de la voluntad y el decreto humano, es una manifestación boyante del antropocentrismo, por no decir del nihilismo más supino. Y con esto no pretendo criticar al nihilismo, sino poner de manifiesto que las propuestas para evitarlo ya apestan a nihilismo inadvertidamente y son, por tanto, expresión sintomática de la misma supuesta enfermedad que pretenden remediar. Lamentable. (7)

Lo que más sorprende es la suposición implícita de que uno puede pasearse por la historia, como si se estuviera fuera de ella, y revisar “inocentemente” las ideas, con supuesta neutralidad y que, aparentemente más allá de toda limitación, se pueden observar las épocas y las ideas (las “cosmovisiones”) para valorarlas y estimarlas, más o menos como un entomólogo colecciona especímenes. Pero las “cosmosvisiones” no son artículos de consumo o piezas de colección que uno pueda “usar” a gusto para mirar a través de ellas. Cuando se han vuelto eso, es porque uno está ya instalado en la óptica de un consumidor -que es la característica de nuestro tiempo. Esto me recuerda a cuando Hillman en Módena declaró que consideraba que la historia era un depósito de metáforas para la imaginación. Es entonces cuando la historia ha perdido toda su abrumadora “realidad” y se ha vuelto un producto más de consumo , o un recorrido “turístico”. Cuando “se mira imaginalmente a través de” una cosmovisión, se está mirando con las limitaciones de los propios pre-supuestos culturales. Y se está, sin darse cuenta, “consumiendo” esas cosmovisiones, transformando los mitos en literatura, la historia en un largometraje y la realidad en espectáculo: se está, como quien dice, mirando la televisión. Creerse que al ver “Ben Hur” con Charlton Heston en la televisión (o en el cine) uno está haciendo “historia de la Roma antigua” es un gran error. Lo que uno está haciendo entonces es practicar y comulgar inadvertidamente con la “cosmovisión” -palabra horrible- del tiempo en el que inevitablemente se vive: tele-adicción, el espectador que pasa por la vida tomando de aquí y de allí, del descomunal “supermercado” o de los “grandes almacenes” que se ha vuelto la existencia.

Y entonces me pregunto: ¿lo que desde esa actitud de consumidor complaciente pueda proponerse como un re-encantamiento del mundo, ¿será acaso muy distinto de construir un parque temático a piacere, una nueva disneylandia, y un sofisticado entretenimiento, para seguir dando de lado a una verdad que se nos impone más allá de nuestras distracciones? No es ninguna sorpresa que Tarnas proponga “vías de conocimiento que integren plenamente la imaginación, la sensibilidad estética, la intuición moral y espiritual, la experiencia de revelación, la percepción simbólica, las modalidades somática y sensorial del entendimiento y el conocimiento empático.”

Con semejante receta, la diversión está garantizada.

(1) La idea de “sincronicidad”, propuesta por C. G. Jung, se mueve ya en la aceptación de la dualidad cartesiana entre res cogitans (psique, lo interior) y res extensa (materia, lo exterior), a la cual aspira a trascender. Pero, naturalmente, deja sin examinar qué noción de interioridad y de exterioridad están en juego en esta aparente oposición: una interioridad tan “externa” como la supuesta “exterioridad” a la que obviamente complementa. Se trata de una imagen espacial y, por tanto, extensa: ¿es una interioridad “extensa” como el dentro de un cuarto lo es respecto al afuera, o como el interior de una tiza lo es respecto a su exterior, de modo que cada vez que se parte la tiza a fin de encontrar su “interior” se encuentra uno nuevamente con un trozo exterior: por dentro la tiza es tan exterior como por fuera?. De esto ya hablaba Heidegger en su “La pregunta por la cosa”. El exterior y el interior de la tiza no están dialécticamente pensados, ni en Jung ni en la psicología arquetipal (como tampoco lo están el interior psíquico respecto al exterior físico: en este caso el interior psíquico deja “fuera” el exterior físico, y el “exterior físico” tiene fuera de sí “el interior” psíquico). Este primado de una visión “externa” del par interior/exterior muesta el primado inadvertido del enfoque positivista en la psicología al uso (el peso decisivo de la realidad exterior, que aparece por tanto necesitada de alma), incluida la psicología de Jung o de Hillman. Por ello la psique aparece como un contenedor cuyos contenidos se proyectan afuera, y se acepta implícitamente, por tanto, un afuera desprovisto de interioridad. Un tratamiento serio y profundo del tema de la relación entre “exterioridad (afuera)” e “interioridad (adentro)” y de la idea de sincronicidad, se encuentra en “Es ‘profunda’ el alma”, donde puede leerse que “el verdadero “interior” no es algo localizado dentro de otra cosa. No es una ubicación en absoluto; como localización, todavía sería una idea abstracta o externa de interioridad. No, el verdadero “interior” es lo que no tiene nada fuera de sí, externo a sí, no hay límites que podría estar ahí fuera, en sus márgenes. El verdadero interior se define como aquél cuya interioridad ha rodeado, en una inversión revolucionaria, la noción misma de “afuera”, “margen” o “frontera”, y las ha interiorizado en sí mismo. Lo interior es así lo que tiene lo exterior verdaderamente dentro y no fuera de sí mismo. Sólo esta relación auto-contradictoria, “loca”, es lo constituye la interioridad. Pero, por supuesto, algo que tiene el afuera (su propio afuera) verdaderamente dentro suyo ya no puede ser imaginado. Sólo puede ser pensado. Y puesto que la “tierra” del alma está constituida por la interioridad, sólo es accesible al pensamiento. En sí misma es un Mundo Invertido y, como tal, inimaginable.”

(2) Aún recuerdo cuando Liz Greene, a comienzos de los 80′ en sus lecciones publicadas como “The Outer Planets & Their Cycles. The Astrology of the Collective” (Los planetas exteriores y sus ciclos. La Astrología de lo Colectivo), ed. CRCS Publications, USA, 1983, y ante el inminente ingreso de Plutón en Escorpio, comparó la década y media por venir (1983-1996) con la emergencia de la francmasonería y el nacimiento de Mesmer en el s. XVIII, o anteriormente con Renacimiento Florentino (última década del s. XV) y, aún antes, con el florecimiento de la Kabbalah y los Caballeros Templarios (alrededor de 1240). Así, anticipó que entre finales de 1983 hasta 1996 aproximadamente podía haber la re-emergencia de una “filosofía perenne” asociada con los movimientos esotéricos, una especie de Renacimiento de la “raiz común que subyace detrás de la Masonería y el lulismo y el neoplatonismo y el hermetismo y la psicología profunda, aunque estoy segura de que mucha gente se enfadaría ante tales conexiones”. Todo esto provenía de la asociación de Plutón con la idea de “renacimiento de lo oculto”. Naturalmente, la expectativa que esto podía despertar en la audiencia de 1982 difícilmente pudo verse confirmada por los acontecimientos que siguieron. De cualquier modo, estos intentos de “astrología de lo colectivo” pecan de lo que ha sido llamado por Giegerich “el error básico de la psicología”.

(3) Para justificar esta afirmación acerca del intento de Jung de aproximarse a “los arquetipos” desde una perspectiva empírica (o sea: confirmar la “existencia” de los arquetipos empíricamente), me remito, por ejemplo, a dos ensayos de W. Giegerich que acabo de traducir y publicar: La Historicidad del Mito, y ¿Es “profunda” el alma?

(4) En el mismo artículo Heidegger escribe: “Cuando meditamos sobre la Edad Moderna nos preguntamos por la moderna imagen del mundo. La caracterizamos mediante una distinción frente a la imagen del mundo medieval o antigua. Pero ¿por qué nos preguntamos por la imagen del mundo a la hora de interpretar una época histórica? ¿Acaso cada época de la historia tiene su propia imagen del mundo de una manera tal que incluso se preocupa ya por alcanzar dicha imagen? ¿O esto de preguntar por la imagen del mundo sólo responde a un modo moderno de representación de las cosas?

(5) Conviene al respecto recordar la afirmación de Heidegger en “¿Qué significa pensar?” en el sentido de que “En manera alguna es verdad lo que opina la historia de la filosofía común y corriente, que mito y logos entran en oposición por culpa de la filosofía como tal; antes bien son precisamente los primeros pensadores de los griegos (Parménides, fragm. quienes usan mito y logos con un mismo significado. Mito y logos se separan y oponen recién allí donde ni el mito ni el logos pueden mantenerse en su ser primigenio… Lo religioso nunca es destruido por la lógica, cosa que sucede siempre y solamente por sustraerse el dios”.

(6) No es sorprendente hallar en Tarnas (y no sólo en él) la convicción de que la ciencia y la técnica son productos de decisiones y resoluciones humanas (la falacia antropológica), lo cual comporta la convicción de que también podría alterarse su curso mediante nuevas decisiones y resoluciones, es decir, mediante un esfuerzo de la voluntad o un programa. Una idea realmente endeble acerca de la historia de la ciencia, o de la historia en general. Lejos se está de aquella comprensión de Heideegger que hizo que en su artículo “Ciencia y Meditación” escribiese: “La ciencia es un modo, y además un modo decisivo, como se nos presenta todo lo que es. Por ello debemos decir: la realidad, en el interior de la cual el hombre de hoy se mueve e intenta mantenerse, está codeterminada en sus rasgos esenciales por lo que llamamos la ciencia occidental-europea. Si meditamos acerca de este proceso veremos que, en el ámbito del mundo occidental y en la época de su historia acontecida, la ciencia ha desplegado un poder como hasta ahora nunca se ha podido encontrar en la tierra, y finalmente está extendiendo este poder sobre todo el globo. Ahora bien ¿es la ciencia sólo un artefacto del hombre que se ha elevado a un dominio tal que se podría pensar que algún día, por obra del querer humano, por decisiones de comisiones, pudiera ser demolido de nuevo? ¿O bien prevalece aquí un sino más alto? ¿Domina en la ciencia algo más que un mero querer saber por parte del hombre? Así es en efecto. Prevalece Algo Distinto. Pero esto que es distinto se nos ocultará mientras sigamos atados a las representaciones habituales de la ciencia. Esto Distinto es un estado de cosas que prevalece y atraviesa todas las ciencias y que, sin embargo, permanece oculto a ellas”.

(7) Para una comprensión que vaya más allá de la acepción superficial de “nihilismo”, como si acaso se tratara una mera posición que cualquiera puede tomar y puede dejar a voluntad, consúltense por ejemplo los siguientes escritos de Heidegger que he publicado en mi web: “El nihilismo europeo” (tomado de su monumental “Nietzsche”), y “La frase de Nietzsche: ‘Dios ha muerto’”, de sus “Sendas Perdidas” (Holzwege, traducido también como “Caminos del bosque”).

Enrique Eskenazi

Artículos Astrológicos II