Astrologia Antiga

Phaenomena de Arato

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El Hipotexto Hesiódico en los Phaenomena de Arato

D. Ángel Luis Gallego Real

Tesis Doctoral

1.3. Orígenes de Phaenomena e influencia estoica

Phaenomena, “lo que se ve”, es una obra de 1154 versos, compuesta entre los años 280-260 a.C., que trata de los fenómenos astronómicos y meteorológicos que son perceptibles en el cielo, y única del autor que ha llegado completa hasta nuestros días1. El poema bebe de dos fuentes principales: los Phaenomena de Eudoxo de Cnido, tratado en prosa, y De signis tempestatum, dedicado a los pronósticos y atribuido a Pseudo-Teofrasto. Estamos ante el primer ejemplo constatado de un poema basado en libros, con lo que ello supone.

1 Tenemos conocimiento de otras obras arateas de carácter astronómico, como el Canon o Tabla (que versaba sobre la armonía de los cursos estelares), Ortos, Pronósticos, Ástricas (cinco libros sobre astros del que sólo conservamos un hexámetro); tres poemas médicos: Virtudes de la medicina, Osteología y Compendio de Fármacos, así como una posible Anatomía, lo que induce a B. Effe (“Arat- Ein medizinischer Lehrdichter?” Hermes 100 (1972), pp. 500-503) a pensar en un poeta dedicado a la enseñanza de esta ciencia; una edición de la Odisea; y en el campo poético encontramos un conjunto de poemas menores denominado Catalepton, así como elegías, epigramas (recogidos en la Antología Palatina XI 437 y XII 129), Epicedios a la muerte de su hermano Miris y de sus amigos Teópropo y Cleómbroto, y un Himno a Pan en conmemoración del matrimonio de Antígono Gonatas con Fila, hermanastra de Antíoco I Soter, rey de Siria. Véase BULLOCH, A. W., “Hellenistic Poetry”, p. 599, y BARIGAZZI, A., “Un frammento dell’Inno a Pan di Arato.” RhM 117, (1974), pp.221-246.

M. Pendergraft en Aratus as a poetic craftsman ha estudiado con minuciosidad las relaciones de la obra aratea con sus antecedentes. Sobre la parte “eudoxea”, que viene a ocupar hasta el verso 732, Arato procura realizar la μεταφρασις de prosa a verso dándole una mayor vivacidad a la estática pintura celeste del platónico. Arato hila en el texto alusiones míticas, digresiones, un vocabulario más variado, con símiles y perífrasis más elaboradas. Las ficciones dramáticas y los recursos fonéticos – eufonías, repeticiones, juegos etimológicos – tampoco aparecen en el texto de Eudoxo. Otro de los elementos que lo alejan de una simple paráfrasis es su vocación de poema filosófico-religioso. Como dice Zehnacker, “Aratos, poète et astronome, fait oeuvre de piété en révelant aux hommes la bonté et la προνοια du Dieu stoïcien”. Una mezcla de ciencia utilitaria y sentimiento religioso que este mismo autor califica como grata a los lectores romanos.

La sección meteorológica, conocida como Diosemeiai, posee una peculiar organización, situando primeramente los signos referidos a la Luna, el Sol y el Pesebre para a continuación tratar los de la lluvia, el viento, la tormenta y el buen tiempo. Por su contenido y por una estructura similar parece estar basada en la obra De signis (Περι Σημειων) de Pseudo-Teofrasto. Éste es un catálogo más ameno que el referido a las constelaciones, por lo que la necesidad de digresiones desaparece.

Dudamos que Arato crea en los catasterismos cuando expone científicamente los movimientos de las constelaciones como regulares y mecánicos. Sí juzgamos, en cambio, que Arato ha utilizado su obra como altavoz de las ideas estoicas del momento. Diógenes Laercio indica que Arato era un estudiante de Zenón, y, como comenta Lewis, Phaenomena fue escrita en la corte de Antígono Gonatas, del que sabemos que era un simpatizante estoico. En este sentido, Arato activa la idea de una naturaleza al servicio de Zeus, un dios omnipotente y benévolo que busca la salvación de los hombres, y que al tiempo puede verse reflejado en la figura del rey.

Normalmente se cita como ejemplo de estoicismo el proemio de la obra, en cotejo con el Himno a Zeus de Cleantes, pero las críticas, recogidas por Lewis*, a la supuesta imitación por parte de Arato de este himno son muchas y variadas: ciertas cuestiones de estilo, el fondo común didáctico establecido por Hesíodo, una terminología específicamente estoica, la religiosidad o la cronología de ambas obras.

* LEWIS, A.M., “The Popularity of Phainomena of Aratus: a Re- Evaluation”, en C. Deroux, Studies in Latin and Roman History, VI, Col. Latomus 217, Bruxelles, 1992, pp. 94-118.

Phenomenon of Aratus Zodiac with the Movements of the Planets (Ms. 188 Fol. 30) Manuscripts Bibliotheque Municipale, Boulogne-Sur-Mer, France

La filosofía estoica mantiene que el universo (κόσμος) es orden (κόσμος), y Zeus el motor y eje de las acciones humanas. La regularidad en el movimiento de los cuerpos celestes es un signo de la existencia de Dios. “Lo que se ve” (φαινόμενα) en el firmamento sirve para situar al hombre en el camino del Bien. M. Fantuzzi comenta: “A. nun stellt Zeus in stoischen Begriffen als Personifikation des Himmels dar, dessen Sternzeichen die “Signale” für die Menschen seien, über die Zeus selbst den Bauern eine Anleitung für die Feldarbeit gebe und somit an den βίος erinnere”. Calderón encuentra en la falta de κόσμος la causa del explícito rechazo de Arato de dar una explicación sobre los planetas: “Arato rehúsa tratar in extenso sobre los planetas y sólo se interesa por cuatro círculos: los dos trópicos, el Ecuador y la eclíptica, es decir, aquellos que le permiten determinar el curso anual del sol y de las estaciones. Los meridianos, por tanto, no le interesan, ya que los considera formas puramente teóricas”.

Otro aspecto en el que podemos encontrar una profunda huella de la filosofia estoica es la utilización de la ficción como medio para llegar a la verdad. En efecto, los grandes poetas de la Antigüedad, como Homero o Hesíodo, son considerados como los primeros filósofos, y los estoicos, entre ellos Arato, hacen un extenso uso de alusiones y citas a sus obras como punto de referencia en sus argumentos filosóficos. Un poema es bueno moralmente si de él se puede extraer una enseñanza útil y verdadera, y no es relevante el hecho de que su vehículo de transmisión sea una composición poética; es más, el poeta puede llegar a ser un punto de referencia científico, si se muestra competente a la hora de mostrar su verdad poética2. Tal es el aso de Homero o de Hesíodo, iluminados – y avalados – por las Musas. Arato participa de esta corriente estoica que propugna una labor pedagógica, conciliando las teorías filosóficas con los relatos poéticos.

2 “El convencimiento estoico de que los buenos poemas expresaban necesariamente la verdad otorga a éstos un lugar privilegiado en las discusiones filosóficas (Crisipo, por ejemplo, puso empeño especial en citar pasajes poéticos como prueba de una u otra doctrina filosófica): así, armados con todo el bagaje analítico que aporta la interpretación alegórica de los poetas, especialmente de Homero, los estoicos vieron en la poesía todas y cada una de las verdades por las que ellos abogaban a través de sus enseñanzas; de ahí que raramente se vieran en la necesidad de enmendar los textos de los poetas; de este modo, concluyeron que la filosofía podía ser expresada, y de hecho lo era, a través del verso, un verso que mezcla λόγος  y μύθος, a fin de agradar y asombrar a la audiencia”; DÍAZ LAVADO, J.M., Las citas de Homero en Plutarco, p. 48.

Entiende también la Estoa que la poesía constituye un estímulo para inducir al lector no culto a pensamientos más profundos y situar al culto como soporte efectivo de las verdades filosóficas. Como dice Sale, “Aratus indulges the values placed by the age on scholarship and science and Stoicism, but he puts in his poem and in his vision of universe a powerful sense of regret for what these forces would remove. And this contradictory age, which loved to use the mind but seemed to sense what could be lost when the mind was used and truth revealed, found in this poem, highly intellectual yet filled with the colour that the mind must not allow itself to see, an ideal expression of what he had achieved and what he thought it had betrayed”.

La postura de Arato frente a la obra hesiódica es la de respeto y adhesión hacia un sentimiento religioso genuino y sincero, pero al tiempo se distancia desde la nueva óptica estoica. Traina comenta al efecto: “L’arcaica religiosità contadina di Esiodo è filtrata, e corretta, attraverso il racionalismo stoico, provvidenziale e panteistico”.

Aratus and the Astronomical Tradition

Aratus and the Astronomical Tradition

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La Función de los Mitos en el Zodíaco de Germánico

Francisca Moya del Baño

Universidad de Murcia

Resumen

Germánico difiere de Arato en la adición de los mitos cuando menciona los signos del zodíaco. Ser poeta doctus, él aspira a la originalidad. Él sabe cómo elegir las versiones del mito que necesita con el fin de reflejar el espíritu romano y exalatar la divinidad de Augusto.

Ω

El Zodíaco, o más concretamente la mención de los signos, tal como aparece en Germánico, representa e ilustra muy claramente, a mi parecer, las condiciones, cualidades e intenciones de su autor.

Cuando Germánico decide verter al latín los Phaenomena de Arato, estos ya habían sido traducidos por Cicerón en un trabajo encomiable, en el que el de Arpino, muy joven todavía, y dentro de la estética de los poetae novi, se impone – y sale victorioso en la prueba – trasladar casi verso a verso, hexámetro griego en hexámetro latino, la obra de Arato1.

1 Arati Phaenomena, poema científico que consta de 1154 hexámetros, escrito por el poeta helenístico Arato, que lleva al verso, conciliándolas con el estoicismo, las teorías astronómicas que Eudoxo de Cnido (408-355 a.c.) expuso en su obra Phaenomena. Puede verse la edición de J. MARTIN, Arati Phaenomena, con introducción, texto crítico, comentario y traducción, publicada en Florencia en 1956.

Es evidente que un escritor escribe con una finalidad. ¿Qué finalidad, qué intenciones movían a Germánico a traducir una obra técnica, escrita en verso, pero, al fin y al cabo, una obra científica, que ya había sido traducida?

No parece lógico afirmar que quería divulgar unos conocimientos, puesto que la obra de Cicerón había conseguido esa divulgación, y a la traducción conviene la calificación de «correcta» y «exacta»; ni que quisiese superar en belleza la obra de su antecesor; la de Cicerón era hermosa y la de Ovidio, de existir», también lo sería.

Por ello parece defendible deducir que las aspiraciones de Germánico eran otras.

La relación inexorable entre la obra y el autor que la lleva a cabo suele iluminar el conjunto de la obra, o aspectos de ella.

Germánico, hijo adoptivo de Tiberio, nieto por tanto de Augusto, es un príncipe romano, de la casa «imperial». Si todos los latinos al adaptar, imitar o seguir más o menos de cerca la literatura griega, han introducido siempre elementos romanos, él incluirá «lo romano» cuando le sea posible, sometido como estaba a la «tiranía» de una traducción.

Por otra parte, los temas astronómico-astrológicos, que siempre interesaron, estaban de moda en la época y Germánico los había estudiado; su educación esmerada, como correspondía a su condición social, propiciaba que intereses personales, acordes con intereses de actualidad, le hubieran llevado a conocer teorías que corregían y mejoraban el texto de Arato2.

2 Sobre todo la de Hiparco de Nicea (160-126 a. C.) que, unos cien años después de la muerte de Arato, comenta los Phaenomena de Eudoxo de Cnido, discutiendo la parte propiamente astronómica de la obra de Arato; sus correcciones son introducidas por Germánico, como han puesto de relieve algunos estudiosos de estas obras. En las notas de LE BOEUFFLE, Germanicus, están destacadas.

Así pues, este tema, al igual que la literatura científica en general, estaba de moda. Germánico, como hijo de su tiempo, aborda un trabajo, cuya materia le interesa y en cuya elaboración pretendía seguir, en la medida de la posible, caminos no trillados.

Sus conocimientos científicos le llevan a corregir aquello que en Arato estaba equivocado, no olvidándose de la necesaria adecuación «forma/contenido». Por eso, su lengua, cuyas virtudes han sido ponderadas, está libre de algunos poeticismos presentes en la de Cicerón; es más sobria, pero más apropiada a la materia.

Las traducciones pueden ser obras de arte y la experiencia muestra que algunas lo han sido y también que una traducción no frena la posibilidad de otra, mucho más cuando entre ambas hay un siglo de distancia.

La calidad de gran poeta, que hoy casi nadie duda en asignar a Germánico, tenía que manifestarse en su traducción; ésta transluce cómo la incorporación de ideas presentadas en lengua ajena, y tras haber sido asimiladas por una mente para ello dispuesta, logra que se devuelvan iguales y a la vez distintas. Así pues, hechas carne en el traductor, pueden surgir a la vida «romana» en otro código, el de la poesía latina.

Pero este poeta va más allá, cuando apartándose un poco del camino a seguir, intenta andar por senderos no hollados y descubrir él solo paisajes ocultos, o cuando reconduce la materia por otras rutas de acuerdo con la meta fijada.

Esta es otra diferencia con respecto a Cicerón; éste no introducía «novedades». Germánico proclama con la práctica que el arte de traducir permite la recreación de la materia, la adición de otras materias, es decir, permite buscar y lograr la originalidad a partir de la propia estética, sobre todo si se tiene un motivo3.

 3 Germánico tiene varios: mejorar el texto científico, ponerlo en la lengua de su época y, lo que es más importante, eliminar el componente religioso, introducir la astrología, romanizar en la medida de lo posible, exaltar a su familia, todo lo cual está influído por una ideología distinta, y la buscada y conseguida aemulatio.

El Zodíaco, tal y como lo interpretamos, ilustra que su originalidad está ligada a sus convicciones.

Aparte de diferencias concretas en relación a la obra de Arato, su gran novedad, que da origen a otras, se hace patente ya desde el mismo Proemio. Frente a Arato que, por ser su obra un poema filosófico y religioso de inspiración estoica, comienza invocando a Zeus, con un acto de fe en Zeus – Zeus seguirá siendo el principio y fin de su obra, porque, afirma Arato, todo está lleno de él, caminos, mares y puertos, y en su bondad paternal envía a los hombres signos infalibles, anima a los pueblos al trabajo, les indica cuándo la tierra está presta para la azada o para la siembra etc. -, en Germánico el lugar de Zeus lo ocupa su genitor y desde él comienza la obra:

ab Iove principium magno deduxit Aratus
carminis; at nobis, genitor, tu maximus aucton,

 De nada valdría, dice Germánico, todo lo que afirma Arato si su pater no hubiese logrado esa quies que permite el trabajo agrícola o la navegación. Germánico tiene fe en un dios distinto, o sea, en el hombre, que se llama Augusto, que adopta el papel de socio colaborador del padre de los dioses; ese papel podría convenir también a los sucesores de Augusto; y Germánico, si los hados lo hubiesen permitido, lo hubiera sido. En fin, el príncipe inicia la obra con el sello romano que correspondía a su condición social.

 Entre los medios existentes para lograr que un poeta en esa larga cadena de transmisión sea eslabón que recoge y transfiere, pero a la vez sea él mismo, parecido y distinto a los otros, el mito, con su rica funcionalidad, ocupa un lugar muy destacado.

 Se ha visto y puesto de relieve que, en el tratamiento del mito, Germánico se diferencia de Arato por una presencia mayor en el latino y funciones diferentes, por la intención literaria que se descubre en los câmbios que introduce, en la aemulatio de que hace gala, en el sello romano que aporta. Un caso de excepción lo constituyen los mitos que acompañan a los nombres de los signos del Zodíaco.

La duración del año, según la concepción geocéntrica de los antiguos, se entendía como el tiempo que necesita el Sol para hacer su recorrido alrededor de la tierra, pasando por los signos del Zodíaco; los antiguos habían distinguido, por las constelaciones que en ella están situadas, uma zona particular de la esfera celeste –eclíptica – recorrida también por la Luna en su revolución mensual, círculo que llegó a ser más importante que el ecuador, debido precisamente a los eclipses que en esta zona se producen.

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Arato había dedicado a decir cuáles eran los signos del Zodíaco cinco versos (545-549); Cicerón doce, un verso a cada signo (320-331), y Germánico treinta y dos en total (532-564). Manilio, por su parte, en su Astronomicon libri V, cuya obra pudo conocer Germánico4, también incluía su «Zodíaco» dedicándole once hexámetros (I 263-274).

 4 Las relaciones entre ambas obras son notorias y se discute quién imita a quién. La obra de Germánico, que saldría a la luz el 16 o 17 d.C., parece anterior a la de Manilio. De ser así Manilio es el que imita; así lo defendía, entre otros, H. WEMPE, «Die literarischen Beziehungen und das chronologische Verháltnis zwischen Germanicus und Manilios» RhM, 1935 pp. 89-96. De todos modos hay que tener muy presente que Germánico y Manilio, que dedica su obra a Tiberio, padre adoptivo de Germánico, debieron mantener contactos, conocer la marcha de sus respectivos trabajos e influirse mutuamente, lo que no es inhabitual en la historia de la literatura latina.

Las diferencias, que el distinto número de versos hace esperar, no se limitan a la inclusión de los mitos, que están ausentes en los autores citados, sino que radican en la peculiar presencia del mito y las distintas y complementarias funciones que asumen en cada caso, destinadas, sin duda, a un fin.

Ciertamente si un poeta lo es bueno, nada en su obra es sin razón.

La primera diferencia que se observa deriva de «dónde» sitúa el comienzo del año. Frente a Arato y Cicerón que lo hacen comenzar com el signo de Cáncer, Germánico lo hace con el de Aries.

Se ha intentado explicar de diversas maneras este cambio, y no son contradictorias necesariamente. Por mi parte prefiero interpretarlo sobre todo como una nota «romana»; el traductor se aparta del texto traducido para ser fiel a la antigua tradición, al antiguo ario romano, tal como está presente o recordado en importantes textos. Su intención de «romanizar», en la medida de lo posible una materia ajena, se justifica, además, porque un antepasado suyo, César, fue responsable del nuevo calendario.

Como el David de Donatello, anterior y menos perfecto, explica el de Miguel Angel, el Zodíaco de Cicerón, que tampoco alude a mito alguno que subyazga bajo la forma y nombre de los distintos signos, pudo estimular la mayor libertad de Germánico. Frente a la mera enumeración de Arato: «allí se encuentra Cáncer, después el León etc….», en la que solamente «los Peces» merecen una sencilla perífrasis, Cicerón amplifica un poco al dedicar un verso a cada signo zodiacal y así, por ejemplo, de Cáncer dice «que abre la estación estival» o habla de «la brillante y torva fuerza del León» o especifica que el Saetero «tiene en su mano derecha el arco tensado» etc. Cicerón, por tanto, pudo aportar a Germánico la idea de elaborar, con la ayuda del mito5, algo distinto.

5 Ovidio pudo hacerlo en sus Fenómenos, pero, no conservada la obra, la duda es lícita y la originalidad de Germánico defendible.

Otra importante diferencia está propiciada por el número mismo de constelaciones que aparecen en el círculo zodiacal. No todos los signos del Zodíaco poseen un brillo semejante, lo que explica que en un principio sólo se distinguiesen nueve, añadiéndose más tarde, cuando los descubrieron los astrónomos, Aries y Sagittarius, que brillan menos; once, pues: Cancer, Leo, Virgo, Scorpio, Sagittarius, Capricornus, Aquarius, Pisces, Aries, Taurus y Gemini. La importancia atribuida a la Luna y el deseo de relacionar mes y constelación propició el paso a doce signos, dividiendo Scorpio en dos, «las pinzas», Chelae, y el cuerpo propiamente dicho. Estos doce signos, conocidos muy pronto por los caldeos6, también lo eran a finales del siglo VI en Grecia por obra de Anaximandro. En Eudoxo, al que Arato sigue, también hay doce. Sin embargo, de la antigua existencia de once signos hablan, entre otros, Manilio, Higino o Plinio. En Roma el signo de las Chelae fue substituido por el de Libra desde la época de Augusto.

6 Como es lógico, los nombres de las estrellas, al igual que las leyendas que están detrás de los nombres, varían según las culturas. Cf a este respecto E.J. WEBB, Los nombres de las estrellas, México 1957 (traducción de The Names of the Stars, Londres 1952).

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La antigua realidad de los once signos facilitaba la posibilidad, literaria y «político/religiosa» de añadir un nuevo signo, es decir un nuevo dios, el dios número doce7, partiendo de la creencia en la subida al cielo convertidos en astros – catasterización – de los seres divinizados. Virgilio, en el Proemio de Geórgicas, sabe bien que Augusto es sin duda un dios, aunque ignora qué papel le va a corresponder en su nueva morada o si preferirá ser novum sidus en la más importante ruta del cielo, es decir en el Zodíaco; pero sabe que se le está preparando un lugar; Escorpión está encogiendo sus pinzas para dejar sitio, un gran espacio, al nuevo dios, a Augusto. En Virgilio aparece patente que el signo de Augusto era Libra.

7 Cf A. RUIZ DE ELVIRA, «Los problemas del Proemio de las Geórgicas», Emerita 37, 1967, pp. 46-54.

Esta posibilidad de agregar un nuevo signo la explota eficazmente Germánico. En Arato y en la traducción ciceroniana encontramos doce constelaciones; por el contrario, en Germánico sólo once, hecho que descubre la intención de incorporar un nuevo signo y asignarle un puesto en el Zodíaco. La introducción de los mitos en este lugar tiene como función propiciar que Augusto aparezca como divinidad, de manera semejante y diferente a Virgilio.

Las variantes de un mito o las diversas historias que se hallan detrás de las estrellas permiten una elección «personal» en cada caso. Germánico actúa, sin desviarse de su propósito, con la vista puesta en su objetivo, honrar a Augusto.

Hay leyendas en que recoge versiones comunes, aunque suele aderezarlas con alguna nota peculiar; en otras, con el respaldo de los poetas augústeos que, a manera de los alejandrinos, ofrecen las versiones más raras o menos documentadas en las fuentes literarias, se separa de lo usual8.

8 Las distintas versiones eran conocidas por las personas cultas. Las aludidas en Germánico las recogía HYGINUS en su obra Astronómica, II 20-30.

De Leo y Virgo apenas hace una mención9; de Pisces se limita a decir que son Syriae numina.

9 V. 547: Hinc Nemeaeus erit iuxta Leo; tum pia Virgo; de Hércules acababa de hacer mención y Virgo había merecido un extenso y hermosísimo pasaje (vv. 96-132).

Presenta la versión generalizada de los mitos que explican los signos de Ariescatasterismo del animal que transportó a Frixo y Helle a la Cólquide, sin omitir alusiones al viaje de los Argonautas y a la actuación de Medea; de Taurus, figura de Zeus/Júpiter que raptó a Europa, Gemini, Cástor y Pólux, hermanos de Helena e hijos de Leda, Cancer, el cangrejo que mordió a Hércules cuando luchaba con la hidra; pero incluso en estos mitos introduce alguna nota peculiar.

Así, en el signo de Taurus, al referirse a Europa, decepta, «engañada o/y cautivada» por Júpiter, afirma que se casó con un marido cretense. Germánico indica que Zeus casó a Europa con Asterión, rey de Creta, versión que según el escolio a Riada XII 292 era la de Hesíodo fr. 140 y Baquílides, sin que se conozcan otros testimonios.

En el signo de Gemini hace una afirmación tajante, de la mano quizá de la ciencia astronómica: jamás vieron el Tártaro. La historia refería que al corresponder sólo a Cástor, por ser hijo de Júpiter, el cielo y a Pólux, que era hijo de un mortal, Tindareo, el infierno, Cástor suplicó a su padre compartir su honor con el hermano, por lo que la mitad del año le corresponde a cada uno estar en el cielo y la otra en el infierno, version que es común en los poetas, Píndaro, Ovidio, Valerio Flaco etc. El sincretismo «signo zodiacal/ fuegos de San Telmo» es una constante en poesía y Germánico ofrece materia común.

Estas «variantes» van preparando versiones más raras y que juegan un papel fundamental.

Así, Scorpio aparece como un signo grande, que ocupa el doble de cielo que las demás estrellas, pero un signo único10; no aparece el tan romano signo de Libra, que ocupaba el lugar de las Chelae; las menciona al decir que el escorpión brilla geminato lumine precisamente per Chelas, pero aquí no están como constelación. Libra, pese a haber sido nombrada en el v. 8 como signo del equinocio, es ahora silenciada. Omite un signo zodiacal – vuelve a los once signos – y está ausente el nombre de Augusto que se esperaba en este lugar. Arato hablaba de los dos signos, Pinzas y Escorpión; Cicerón y Manilio, de Escorpión y Libra. Una novedad de Germánico no sin causa.

10 Scorpios hinc duplex quam cerera possidet orbis/ sidera, per Chelas geminato lumine fidgens,/ quem miti diva canet dicto prius Orione. (vv 547-549).

El «Saetero», Sagittiferus no responde tampoco en Germánico a la versión más generalizada de que se trata del centauro Quirón. En Germánico es Croto, hijo de la nodriza de las Musas, arquero que solía aplaudir el canto de las Musas, honrarlas con sus aplausos, por lo que fue recibido en el cielo, brillando en medio de las armas de Febo.

Con esta elección se demuestra que un mito es algo más que un adorno; poner detrás del «Saetero» a Croto es preferir la versión más rara y erudita de los poetas alejandrinos, que estaba en Sositeo; la más «científica», si se quiere, puesto que no se sabe que los centauros usasen flechas, pero no sólo eso; las Musas, a las que aplaude el hijo de su nodriza, están siempre en íntima conexión con Apolo y este dios es el preferido de Augusto, al que honra, cuyo templo restaura y cuyo culto Augusto desea revitalizar. Germánico implícitamente elogia a su pater Augusto y continúa con sus «novedades» andando el camino con la mirada puesta en una meta.

Por fin, la novedad más significativa viene de la mano del signo de Capricornio. Todo lo anterior prepara estos siete versos dedicados, indirecta o directamente, a Augusto.

Germánico no identifica a Capricornus con Pan, sino con un ser híbrido, mitad cabra, mitad pez, Egipán, hermano de leche de Júpiter, descubridor de la caracola, instrumento musical que se puede utilizar como proyectil; en la lucha de los dioses contra los gigantes su sonido atemorizó tanto como los golpes. Por eso recibió el premio del cielo. En los cuatro primeros versos dedicados a este signo se descubre al poeta doctus, que ha elegido la leyenda atribuida a Epiménides y descrito al personaje sin donar susu nombre. Germánico destaca sobre todo que Capricornio recibió el honor de su piedad, dedicando tres versos a esa pietas, concretada en la ayuda que ofreció al dios Júpiter, con la intención no sólo de poner de relieve los combates, sino sobre todo con la de localizar en el tiempo el suceso, la diuorum laetior aetas, que enfatiza, al servir de sujeto de commisit, queriendo sugerir que fueron todos, la aetas, los que ayudaron a Júpiter – comitata louem -. En todo ello parece percibirse un sentimiento religioso, que proclama la recompensa de las buenas acciones.

Todo este alarde poético y mitológico no está en función de Egipán, sino del otro personaje que también ha recibido el honor de la piedad, Augusto, omitido juntamente con el signo de Libra en el lugar esperado. Germánico sitúa el numen11 de Augusto en Capricornio.

11 Numen, que en época de Germánico ya puede significar «dios», «divinidad», parece conservar su antigua significación de «fuerza o poder en movimiento», como se percibe claramente en Varrón De lingua latina VII 85, cuando explica numen (de nuere) con el imperium que Júpiter tiene en Homero. Cf H. J. ROSE, «La religión mitológica romana» en Historia de las religiones, dirigida por E. O. JAMES, 211 ed. española, Barcelona 1955, v. I, pp. 435-565, en especial pp. 458 ss. En Gérmanico, Augusto es un dios que actúa en beneficio de su pueblo, un poder benéfico y un dios.

Es sabido que Augusto a partir del año 29 decidió poner su thema, su horóscopo, bajo el signo de Capricornio y que, incluso, acuñó monedas con esa efigie12. Dos causas pudieron sumarse, la creencia de que el signo que influye en la vida de una persona es el de su concepción13, no el de su nacimiento, y otra, que considero más importante, la creencia de que en Capricornio, que estaba al principio del mundo en Occidente, se encontraba la puerta de los dioses, por la que ascendían al cielo las almas de los bienaventurados.

12 Cf. SUET. Aug. 94, J. BAYET, «L’inmortalité astrale d’Auguste» R.E.L. 17, 1939 pp. 141-171, en especial 152s. y nota a. l. de LE BOEUFFLE, Germanicus, o.c., p. 69.

13 Cf. CENSORINO, De die natali.

Por allí, afirma Germánico, entró Augusto llevado por Capricornio. Y no sólo eso; reddidit manifiesta a las claras que estaba antes allí, era un dios que descendió a la tierra y luego fue reintegrado al cielo, su anterior morada.

Germánico culmina aquí su elogio a Augusto. Ha situado a su pater en el signo de Capricornio.

En los hexámetros dedicados a Aquarius ofrece igualmente la versión menos usual; no es Ganimedes escanciando el néctar a los dioses en el Olimpo, sino Deucalión, como en Hegesianacte; la urna – en verdad, pequeña – que porta recuerda las aguas del diluvio.

Termina, brevemente, con los «Peces» ya mencionados.

A la vista de lo que antecede es lícito sostener que en Germánico, autor de este Zodíaco, vemos la conjunción del romano culto, que conoce la literatura y la mitología, del príncipe romano, que conoce y encumbra su historia, y del poeta astrónomo o, mejor, estudioso de la astronomía, que sabe la importancia que se da a los mitos en esa mezcla de astronomía/astrología. Y sobre todo vemos cómo los mitos le han ayudado a lograr una originalidad desde su propia estética; al introducirlos se separa de Arato y, seguidor del alejandrinismo propugnado por los poetae novi y los augústeos, presenta versiones menos conocidas. Los mitos le han servido sobre todo para dar la impronta romana, reafirmar sus postulados, sus ideas, su fe en el hombre, el dios, Augusto, al que ha puesto en el cielo del que había descendido, situándolo en el puesto que él quería, no en Libra, como antes, sino en Capricornio, signo doble que como Escorpión ofrecía sitio para otro astro. Para eso sirven en esta ocasión los mitos.

Todo su arte de poeta que busca la originalidad ha sido puesto al servicio de la exaltación de Augusto, que quiso ser protector de los poetas y hacer suyo al dios de los poetas, y que con la pax, de la que habla Germánico, hizo posible que las ciencias, la de los astros entre ellas, pudieran conocerse y ser de utilidad. Esta es la función que aquí tienen los mitos.

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Revisión del Texto, Léxico, Traducción y Comentario de “Los Fenómenos de Arato” de Germánico

María Bernardo Nicás Montoto

Tesis Doctoral

Fenómenos de Arato

Proemio

(1) Arato comenzó por el grandioso Júpiter. Pero, por lo que a nosotros respecta, el más grande, tú, padre, servirás de modelo a mi poema: a ti rindo acatamiento y a ti ofrezco las primicias de mi erudita labor. El propio soberano y padre de los dioses lo aprueba. (5) Porque ¿de qué servirían los segurísimos signos del año, a través de los que el abrasador Sol circunda el ardiente Cáncer y deseca los extremos opuestos del helado Capricornio, o aquellos por los que Aries y Libra alcanzan los límites de la luz, si una paz tan grande, bajo tu patrocinio, no entregara el mar a las naves y las tierras al agricultor, y no callasen las armas a lo lejos?

(11) Ahora se pueden levantar con osadía los rostros al cielo y conocer las estrellas y los variados movimientos del mundo, de qué se guarda el navegante, qué evita el labrador experimentado, cuando el uno confía su nave a los vientos o el otro su simiente a la tierra. Mientras yo me veo en la obligación de plasmar esto en versos latinos, ¡que tú y tu paz amparéis a vuestro hijo y lo secundes con tu majestad divina!

El Trópico de Cáncer

El círculo más elevado, que está inclinado hacia el Bóreas (460) y recorre las regiones más elevadas, no lejos de la vecindad de las Osas, pasa por medio de los Gemelos, toca las huellas del Auriga y rozo la pierna izquierda de Perseo; su movimiento corta los dos costados de Andrómeda, que se encuentra situada oblicuamente, y toda su mano derecha, desde el hombro. Lo más alto de la pezuña (465) del fogoso Caballo golpea en su impulso el trayecto del círculo. Entonces el radiante Cisne tiene cerca su rostro, la figura que se apoya en el codo brilla encima de su misma rodilla, así como los primeros fuegos de la Serpiente. La Virgen, en cambio, huye de esto; pero todo el León, así como todo el Cangrejo, se encuentran en su interior. (470). Corta por completo al León desde sus ancas traseras y termina en las crines de su erizado pecho. En cuanto al Cangrejo, sus ojos refulgentes, tan separados como si una regla los atravesara por la mitad, tocan ambos extremos de este círculo. Si alguien dividiera este círculo en ocho partes, siempre vería brillar cinco sobre la tierra y tres (475) esconderse bajo las olas y mantenerse ocultas tras las sombras, por poco tiempo. Cuando Titán haya alcanzado al Cangrejo en este círculo, temed el abrasador verano y las enfermedades que consumen los cuerpos. Entonces alcanza el punto más alto de su eterna carrera y no apoya nunca muy cerca del elevado polo (480) sus carros de fuego. Se apoya en el círculo de enfrente, con tal de alcanzar su meta; desde allí se precipita hacia su ocaso.

El Trópico de Capricornio

Capricornio alcanza sus metas con los glaciales astros del invierno, Cáncer con la radiante estrella del verano: éste se encuentra más cercano al Bóreas; su contrario, orientado hacia los Austros. (485) Un círculo más inclinado corta por el medio a esta estrella y encierra las rodillas del que derrama el agua; la retorcida cola de la Ballena lo sujeta; alcanza las veloces piernas de la Liebre, corta la parte más profunda del vientre del Perro. Corta también tanto el vistoso espolón de la sagrada Popa (490) como los hombros del Centauro y al Escorpión, que retuerce en su cola los extremos del aguijón; el gran Arco brilla en él. En consecuencia, el Sol está más cerca del Austro que del abandonado Aquilón y trae los inviernos con su empañada luz. Verás levantarse en el cielo tres partes de él, (495) pero cinco permanecen ocultas bajo las olas y son arrastradas en una larga noche.

El Ecuador

En medio de éstos, se encuentra un círculo no menor que ninguno, con el cual ebo, cuando produce sus radiantes fuegos, divide en un espacio igual la noche y el día. Esta configuración. que equilibra las estrellas del orbe, acaece dos veces: (500) cuando llega la fecunda primavera y cuando se acaba el verano. Este círculo toca igualmente los signos de Aries y Tauro, pero Aries relucirá plenamente en él de un modo especial, penetra las espaldas del Toro y las dos estrellas de su pierna abatida. En cambio, corta por la mitad a Orión y la primera espira (505) de la Hidra y, seguidamente, la ligera Crátera y las partes extremas del horadador Cuervo, pero faltan las estrellas de su negra cola. Allí también buscarás las Pinzas, de luz oblicua, así como a la parte central de la gran Serpiente y desde la mitad del Serpentario, y, no lejos de allí, al Águila; el fogoso Pegaso reposa completamente sobre su cabeza (510) y permanece unido por el espacio de su largo cuello.

El Zodíaco

Estos círculos, cuyos movimientos y constelaciones hemos señalado, los atraviesa el eje, recorriéndolos por la mitad en línea recta. Tres giran sin fin a iguales intervalos y no pueden cambiar su camino ni unir sus estelas. (515) Un cuarto ensambla oblicuamente los tres círculos y envuelve a los que son opuestos entre sí por sus partes exteriores; el que está separado de él parte a uno y otro por su mitad. Ni si un hombre instruido en el arte de Palas les diera forma, habría unido mejor en uno sólo los distantes círculos. (520) Pero los tres nacen en un mismo orto desde toda la eternidad y se mantienen las mismas señalas segurísimas de su ocaso.

El cuarto aparta tanto sus pasos del Océano cuanto Capricornio dista del caluroso Cáncer, y lo que por un lado se levanta hacia las brisas celestiales, tanto se sumerge en las sagradas ondas. (525) Si alguien dividiera el círculo portador de los signos en seis partes iguales, la recta inferior caería debajo de dos signos y tendría solamente de extensión a sus lados lo que se aleja de la tierra, (530) sin que, no obstante, el último círculo desaparezca de la vista de los hombres.

Éste será el brillante camino del Sol a través de los doce signos.

Aquí se encuentra el noble Carnero de dorado vellón, que antaño llevó a Frixo a los tauros, que abandonó a Hele, por cuya causa se fabricó un barco, y al que la pérfida cólquida, (535) tras dormir a su guardián, entregó a cambio de un amor deshonesto. Aquí se encuentra el astado Toro, por cuyo aspecto engañada, Europa, tras abandonar su morada y su virginidad, descubrió el engaño al ser llevada en lo alto de sus lomos a través de mares y costas, esforzándose en parir para su marido cretense. (540) Están los Gemelos, que no pasaron ningún día en las profundidades del Tártaro, sino que el propio padre de los dioses estableció que los jóvenes hijos de Leda estuviesen siempre en el cielo, como señal siempre segura para los marineros. También a ti, Cangrejo, que te atreviste a alcanzar con tu mordisco a Alcides, cuando cara a cara segaba a la prolífica Hidra, te premió por tu ataque con una constelación Juno, la hija de Saturno, (545) que nunca se olvida de sí misma, madrastra nunca segura. Cerca de aquí se encuentra el León nemeo; después la piadosa Virgen; seguidamente, el Escorpión posee el doble de superficie que las demás constelaciones, refulgiendo a través de sus Pinzas con una luz doble. (550) La diosa me entonará un canto sobre él, tras hablarme de Orión. Seguidamente, se curvará el flexible Arco de Sagitario, que, acostumbrado a venerar a las Musas con un aplauso a manera de súplica, arde entre las armas de Febo, tras ser recibido en el cielo. El inventor de la concha, a cuyo son una generación más feliz de dioses (555), que acompañó a Júpiter en su lucha, entabló la batalla contra los Titanes, alcanzó tal honor por su piedad, que, como había sido doble en su figura, así lo fue

también como constelación. Éste, Augusto, en medio de la consternación de la gente y ante una patria temblorosa (560) te llevó a los cielos y devolvió a los astros maternos tu majestad divina, a ti, cuyo cuerpo fue engendrado bajo ese signo. Su vecino, Deucalión, derramando las hostiles ondas, de las que antaño había huido, señala una pequeña urna. Los Peces, dos deidades sirias, cierran los períodos anuales. Seguidamente, se inicia de nuevo la ya citada serie (565) de Aries y de Tauro, de los Gemelos, después, de Cáncer, luego Virgo, luego Escorpión y Sagitario, y el helado Capricornio, y Acuario, y los dos Peces. La extensión de su círculo que brilla en los límpidos aires es igual a la que se sumerge en las profundas aguas del Océano. (570) Tampoco ninguna noche arrastra por el cielo menos de seis signos, ni ninguna será mayor que el tiempo en que medio arco de un círculo completo se levanta a los cielos.

Historia del Texto de Germánico. Estudio de las EdicionesFrancisco Calero

Celestrial Map Circa 1684

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