Astrologia na Arte

La Exaltación Dinastica a través de un Programa Astrológico

Mundus Emblemata

Exequias de Felipe IV en Napoles: La Exaltación Dinastica a través de un Programa Astrológico

Víctor Mínguez

Universitat de Valéncia

Conocida es la habitual belleza de los libros de exequias italianos durante el período Barroco. Dicha belleza encuentra uno de sus mejores exponentes en la crônica de las honras fúnebres napolitanas de Felipe IV, ilustrada con más de sesenta magníficas ilustraciones. Texto e imágenes revelan una de las maquinarias efímeras funerarias más impresionantes del seiscientos, desarrollando un programa astrológico -a través de emblemas y alegorías- cuya base ideológica es la exaltación de la casa de Austria.

La noticia oficial del fallecimiento del monarca le llegó al virrey y capitán general del reino de Nápoles, Cardenal Pascale Aragona, a través de una carta de la reina Mariana. El virrey la comunicó inmediatamente a la ciudad de Nápoles, que mostró su dolor por lamuerte de Felipe IV y sus esperanzas en el reinado del joven sucesor Carlos II. En honor del difunto se realizó um novenario en la Capilla Real, mientras que las exequias fueron fijadas para el día 18 de Febrero de 1666, en la iglesia de Stª Clara.

Descripcion de las honras que se hicieron a la catholica Mg. de D. Phelippe quarto

El adorno fúnebre se concentró en tres lugares: atrio, iglesia y catáfalco. Las pinturas que los adomaron se debieron a la’mano del afamado pintor Lucas Giordano, “Che Protlteo della nostra Etá, sá trasformarla nelle più celebrate dall’ Antichitá, dando vita co i colori alle Tele, e co i proprii attegiamenti all’affetti”.1 Parece ser que su trabajo gustó a todo el mundo.

(l) M. Marciano, Pompe Funebri deil’ Universo Nella Morte di Filippo quorto il Grande re delle Spagne, monarca cattolico, (….), Nápoles, pág. 7.

La puerta de acceso al atrio exagonal se adornó con inscripciones, palmas y cipreses. En su interior se colocaron las alegorías de los cuatro elementos: la tierra y el agua a la derecha, y el aire y el fuego ala izquierda. También se colocó en el atrio una estátua ecuestre de Felipe IV, realizada en bronce fingido. Un grabado nos permite contemplarla: El monarca aparece ataviado con la armadura militar, porta en una de sus manos el bastón de mando, y con la otra sostiene las riendas del caballo que camina a paso lento. Jinete y montura aparecen envueltos por una gigantesca madreperla, que representa a la reina Margarita, de cuyo vientre nació la mejor perla, el rey Felipe. Situada dentro de la madreperla y a los pies del caballo gemía la sirena Parténope, la cual, según el mito, fue empujada por las olas a las playas napolitanas, donde se le erigió un monumento. En la composición que nos ocupa es obvio que metaforiza con sus lágrimas el dolor napolitano por la perdida de su monarca. Una segunda lectura trasluce el sometimiento de Nápoles a la corona española -recordemos como esta ciudad se sublevó contra Felipe IV durante la Guerra de los treinta años. En el pedestal de la estátua, orlado por delfines, se leía un larga inscripción latina. Un lema coronaba la escultura: PHILIPPUS QUARTUS DE AUSTRIA HISPANIARIUM REX. VIXI, AH, SIREN: PAR PHERUTRUM PIUS DAT PASQVALIS.

Completaba la decoración del atrio un gran arco que representa el ciclo y del que pendía un elogio.

El adorno efímero del templo comenzaba en su propia fachada, que fue recubierta por un frontispicio provisional que fingía ser de mármol, de setenta y cinco palmos de alto por cien de ancho, obra del propio Giordano. Constaba de un primer cuerpo dórico – en cuyas métopas aparecían las armas de Felipe IV-, un segundo jónico y un remate con pilastras estriadas. En los intercolumnios de los dos cuerpos, dentro de hornacinas y sobre pedestales, se hallaban seis figuras alegóricas que representaban con la iconografía clásica a seis de los siete planetas: Marte (yelmo, escudo y Lanza), Mercurio ( caduceo,  y alas en el casco y pies) Venus (acompañada de Cupido), Luna (arco), Saturno (niño y guadaña) y Júpiter (rayos y águila). Bajo cada una de estas figuras se descubría un epigrama en el que se manifestaba su condolencia por el fallecimiento del monarca. Sobre la puerta de acceso aparecía una última figura que representaba al séptimo planeta, el Sol (lira). Encima de éste se podía leer un epitafío latino. Finalmente, sobre el remate de la estructura efímera se hallaba Atlas – agachado sosteniendo al mundo. Un dístico coronaba la fachada:

Sistere olympum. Axemque humeris fulcrire labantem, Verius Hispani fertur Atlantis opus.

Ingens fama, sed alterivs, ea, est, igeps

La fachada era pues una Visión del mundo celeste, en cuyo centro aparecía el Sol, astro que representaba habitualmente en el siglo XVII a los monarcas, y particularmente, en base a ciertas semejanzas -ordinal, universalismo de los dominios, etc.- a Felipe IV. Este monarca había sido un verdadero atlante de la religión y por eso su muerte entristecía a todo el universo. La visión celeste se completaba con las sesenta constelaciones que adornaban el interior de templo y las estrellas del catafalco.

La iglesia, de una sola nave, se recubrió por completo de paños negros, incluso en el techo. De los paños colgaban los jeroglíficos de las sesenta constelaciones mencionadas, que se agrupaban en seis categorías: leones, águilas, monstruos marinos, dragones, genios guerreros, y lazos o uniones. Todos presentaban una estructura similar: en la parte superior aparecía el retrato figurado de la constelación, en función de la disposición de sus estrellas. Bajo el retrato se hallaba una guirnalda de palmas y cipreses, en la que se descubrían principalmente el nombre dela constelación, el anverso y reverso de una medalla y dos empresas. El anverso de la medalla mostraba la efigie de un insigne personaje de la dinastia austriaca, escogido por alguna analogía con la constelación, sirviendo ésta de cuerpo al correspondiente reverso. De las dos empresas una correspondía al príncipe efigiado; la otra al monarca difunto. Finalmente, otros objetos que se repetirán en determinadas constelaciones, hacen referencia a la categoría, de las mencionadas anteriormente, a la que pertenece la correspondiente constelación. En el interior de la orla se podía leer una loa a Felipe IV.

No podemos, por problemas de espacio, analizar las sesenta composiciones. Por ello analizaremos una cualquiera, representativa por cuanto, como ya hemos dicho, son composiciones, muy semejantes, y presentaremos un esquema donde se especificarán los elementos más significativos de cada emblema.

La constelacion de Hércules muestra en su parte superior al héroe clásico, cubierto con la piel del león de Nemea, portando la clava en la mano izquierda y un ramo de flores en la derecha. En el anverso de la medalla aparece el retrato de Betzone, doceavo conde de Habsburgo, llamado vulgarmente “il Fortissimo”. En el reverso aparece de nuevo la figura de Hércules acompañado del lema Fortitudo inclyta. La empresa que corresponde al conde muestra a un elefante y un perro, y lleva por lema Conscia Virtus. La empresa que corresponde a Felipe IV muestra un mano, semicubierta con una garra de león, que sostiene un ramo de flores. Es Su lema Fas illi limina Diuum. Finalmente, el busto militar y los trofeos bélicos hacen referencia simplemente a que se trata de una constelación agrupada en la categoría de genios guerreros.

Para alcanzar la inmortalidad, Hércules hubo de realizar doce trabajos, consistiendo uno en obtener las manzanas de oro del jardín de la Hespérides. Felipe IV, fuerte como el héroe clásico y su digno antecesor el conde de Habsburgo, entró en el Cielo cristiano a través del ramo de oro que formaron sus virtudes. Otras hazañas emparentaban a Hércules con el monarca español: el primero había vencido al dragón que custodiaba las manzanas de oro; el segundo luchó contra la impiedad. Se vinculaha de esta forma al prototipo de la virtud, Hércules, con Felipe IV, a través de uno de los antepasados de éste y por sus propias virtudes y gestas. El epígrama del jeroglífico contenía una referencia a Carlos II:

“Si Hérculea cum Dragone Pugna delecter Iouem,
TE PHILIPPUM IV MAGNUM
Imaginem laboranti similem
Stellis insertum intuebimur.
Heù prociduum in Genua Catholicum Pietatis
Alcidem
Summo semper nisu, Austriaci Sceptri Claua,
Tot Leonum exuuijs insignem,
Cum Aquilonari Dracone decertantem!
Proh Hesperios Iunonis hostos
Atlantìadum direptionibus peruios
PHILIPPO Rage sublato!
Astage, Memoria, ne Vulnus refrica:
Quod retulit Hispanus Alcides
Aureum Caroli Pomun
Malum Medicum Orbis antidotum est“.

El esquema de los sesenta jeroglíficos astrales es el siguiente:

esquema

esquema2

Los motivos iconográficos que figuran en las empresas son todos habituales en los repertorios de emblemas, empresas y divisas: animalísticos – relacionados con el nombre de las constelación: abeja, fenix, cuervo, lobo, camaleón-; mitológicos -representaciones figuradas de las constelaciones clásicas: Casiopea, Prometeo, Hércules-; símbolos de exaltación imperial – águilas, orbes, trompetas, espadas, leones, coronas-; e incluso alguno alegórico: Fortuna. De todos modos los motivos más atractivos son aquellos que derivan claramente del vocabulario emblemático: la lanza florecida, el agua y el fuego, la nave anclada, etc. Unos y otros sirven para representar simbolicamente a los condes, reyes y emperadores de la dinastía austriaca, entre los que se encuentran, como hemos visto, los familiares más próximos a Felipe IV – su abuelo, su padre, su hermano y su hijo fallecido.

El túmulo fue obra del ingeniero Francesco Antonio Piechiatti. Su planta era octogonal pero de lados desiguales, de tal forma que configuraba cuatro fachadas mayores y cuatro menores. Sobre el zócalo se alzaron tres cuerpos, el primero de orden dórico, el segundo jónico y el tercero corintio. Veamos sus principales elementos parlantes.

Se aceedía al zócalo por cuatro escalinatas. Entre éstas se dispusieron dieciseis montes de los que manaban otros tantos ríos – representados con la iconografía habitual: anciano yacente y desnudo apoyado en un cântaro que vierte agua. El primer cuerpo constaba dc dieciseis columnas dóricas que se apoyaban por parejas en pedestales cuadrangulares. En sus intercolumnios se situaron alegorías de los reinos más importantes de la monarquía española. Todas tenían una estrella sobre su cabeza, y sobre ellas pendían los escudos que facilitaban su identificación. A cada alegoría le correspondía un monte y un río, lo que dió lugar a dieciseis ecuaciones:

Nápoles – Vesubio – Sebeto.
Sicilia – Etna – Gela.
Cerdeña – monte – Tirso.
Guinea – Sierra Leona – Negro.
Mauritania – monte – Bragada.
Borgona – Jura – Dubi.
Bélgica – monte – Mesa.
Méjico – Popoeampeche – Atoyac.
Perú – Andes – Maragnone.
Hungría – Carpatos – Istro.
Lombardía – Alpes – Po.
India – lmavo – Indo.
Palestina – Libano – Jordan.
Portugal – promontorio de la Luna – Guadiana.
Aragón – Pirineos – Ebro.
Castilla – Calpe – Tajo.

Además, los reinos estaban ubicados de tal forma que, en cada una de las cuatro fachadas principales, representaban una de la cuatro partes del mundo: Europa (Nápoles y Castilla); Africa (Guinea y Mauritania); América (Perú y Méjico); Asia (India Oriental y Palestina). Dicho programa se correspondía con el adorno de la tumba: ésta se situó en el centro de este primer cuerpo y estaba cubierta de un rico paño en cuyo centro aparecía el escudo real, y motivos de las cuatro partes del mundo a los lados. Sobre la tumba se hallaban dos cojines en los que deseansaban las insignias reales.

En los frentes de los ocho pedestales en que se apoyaban las columnas del primer cuerpo se podía leer un epitafio cronológico. A su vez, las superficies laterales estaban adornadas con flores y gemas pintadas sobre el mármol fingido. Se combinaban con las estrellas que coronaban las alegorías de los reinos de tal forma que el cronista advierte que la tumba esta circundada de gemas, flores y estrellas, correspondiendo las primeras al féretro, las segundas al cadáver y las terceras al alma del difunto además, las iniciales de las diferentes flores, gemas y estrellas escribían el nombre de Felipe IV.

El friso estaba adornado con rayos y otros fenómenos meteorológicos. Era interrumpido en cada fachada por una cartela adornada con palmas entrelazadas y cipreses fingidos de bronce. En sus fondos plateados se leían inscripciones.

El segundo cuerpo constaba de ocho columnas jónicas. Frente a cada una de éstas se situó una alegoría pintada en bronce de alguna provincia sobre la que reinó Felipe IV. Igual que las estátuas del cuerpo inferior estaban coronadas por estrellas. Se reconocián porque sus nombres aparecían escritos en las canelas que las acompañaban. Fueron las siguientes: Austria, ducado de Atenas, Filipinas, Dalmaeia, Tirol, Baleares, Título del primogenito de la CasaReal y el condado de Augsburgo.

En la fachada principal aparecía una estátna de bronce fingido representando a Felipe IV de cuerpo entero, sobre un pedestal que rodeaban banderas y ornamentos militares. La figura estaba iluminada de oro y vestia atuendos imperiales: manto, corona de laurel y bastón de mando. Una orla de corazas, escudos, yelmos, espadas y olras armas enmarcaba la escultura. En las otras tres fachadas mayores aparecían nuevos trofeos -en un caso relacionados con la religión, en otro con la Corona y en otro militares-, acompañados de inscripciones. Las fachadas menores se cubrieron asimismo de ornamentos guerreros.

El friso jónico se decoro con palmas y cipreses entrecruzados. Sobre la cornisa, y en los resaltes que originaban las columnas, se situaron vasos fúnebres.

El tercer cuerpo constaba de ocho columnas corintias. En cada una de sus cuatro fachadas mayores aparecían dos estátuas representando Gracias, acompañadas de jeroglíficos. La presencia de las Gracias en el catafalco felipino se justificaba porque eran las encargadas de premiar al héroe su virtud después de la muerte. Entre cada pareja de Gracias levitaban otras cuatro alegorías: la eternidad, la memoria, la gloria y el mérito. En el grabado del catafalco que incluye el libro de exequias podemos contemplar la alegoría de la gloria en la fachada principal. Su representación iconográfica sigue uno de los modelos propuestos por Ripa: mujer ricamente vestida mostrando guirnaldas en ambas manos y coronas en el regazo y a los Pies.2 Las cuatro fachadas menores de este tercer cuerpo eran ocupadas por nuevos vasos.

(2) Cesare Ripa, Iconología,  edición de Akal, Madrid, 1987, tomo I, pág. 460.

Sobre la cornisa se hallaban ocho puttis, pintados de bronce, que con una mano sostenían la gran corona cubierta de gemas que remataba el catafalco. Sobre ella aun se descubrían un globo terráqueo y una cruz.

El túmulo alcanzó una altura de ciento veintisiete palmos. En él las luces fueron numerosas aunque no en exceso para no iluminar desmesuradarnente el catafalco.

Nos encontramos con uno de los programas fúnebres más sugestivos de las exequias de Felipe IV. Recordemos sus elementos principales; en la fachada de la iglesia aparecen representados los siete planetas, rodeando al sol eclipsado Felipe. Traspasado el umbral, un camino a través de las sesenta constelaciones del universo nos conduce al túmulo funerario, concebido como un cielo en el que las estrellas – las veinticuatro provincias y reinos y las cuatro partes del mundo – lloran por el sol fallecido. Se trata obviamente de un programa astrológico, en el que se mezclan habilmente elementos políticos y mitificadores, “concorreudo in questa quisa all’Unità dell’Idea ne i Fiunerali del nostro Monarca, col Mondo Celeste, & Elementare, il Terrestre, e Político”.3 Son frecuentes los programas astrológicos en el arte efímero: emblemas y alegorías celestes permiten armonizar la realeza terrestre con el universo. F. J. Pizarro Gómez puso de relieve hace algunos años las conexiones de la emblemática astrológica seiscentista con las arquitecturas efímeras realizadas para engalanar las entradas triunfales.4 Pero es probablemente en las exequias reales donde dichas conexiones se revelan más eficaces. Recordemos por ejemplo la pira mejicana por el joven rey Luis I en 1725, estudiada por Santiago Sebastián,5 y en la que también las constelaciones aparecen representadas por jeroglíficos y los planetas por estátuas alegóricas.

(3) M. Marciano, op. cit., pág. 146.

(4) F. J. Pizarro Gómez, “Astrología, emblemática y arte efímero“, Goya (Madrid), 187-88 (1985), págs. 47-52.

(5) S. Sebastián, “Arte funerario y astrología. El catafalco de Luis I en Méjico”, conferencia pronunciada en el curso de iaUniversidad Intenacional Menéndez Pelayo, Arte efímero hispanoamericano, Sevilla, Octubre, 1988.

Transitus Celer Est Et Avolamus

Conocida es la importancia que tuvo la astrología en la cultura del siglo XVII. Junto alos numerosos tratados científicos,6 la literatura, la filosofía, la vida cotidiana e incluso la política aparecen impregnadas de referencias a la ciencias astrales.7 En el ejemplo que estudiamos, la astrología aparece subordinada a la imagen del rey.

(6) En fechas próximas a la celebración que nos ocupa se publicaron en España Astronómica y curiosa descripción del mundo superior y inferior (Valencia, 1677), de agustino observante Fr. Leonardo Ferrer, y Esphera en común celeste, y terráquea (Madrid, 1675) de José Zaragoza. Este último resulta especialmente interesante pues siguiendo los pasos de Julius Schiller ofrece una cristanización de las sesenta constelaciones que componen el programa felipino napolitano. Los nombres de los signos del zoodiaco, de los personajes míticos y de los distintos animales han sido sustituidos por nombres de santos, apostoles, personajes y objetos bíblicos.

(7) Respecto a la relación entre las ciencias astrales y la cultura barroca véase Santiago Sebastián, Contrarreforma y barroco, Madrid, 1981, capitulo I.

La imagen del monarca encuentra un sentido en la astrología gracias a la habitual identificación, explicada ya anteriormente, entre el monarca – Felipe IV en este caso – y el astro rey, el Sol, que mostraba a un monarca todopoderoso gobernando en solitario el universo y cuyo eclipse entristecia a todos sus súbditos. Sin embargo y como refleja el remate del túmulo napolitano, el fallecimiento del monarca no comportaba el fín de su vida. Muy al contrario, las virtudes que como príncipe cristiano había practicado durante su gobierno le garantizaban la eternidad y la memoria, la gloria y el mérito.

Sin embargo, un hecho histórico confiere especial significado al programa funerario que estudiamos. Nápoles se había sublevado en 1647 – siendo virrey el duque de Arcos – contra el monarca Español, y solo una poderosa escuadra, bajo el mando de Don Juan de Austria, y el apoyo de la nobleza rural, pudo sofocar la rebelión.8 Creemos que dicha rebelión condicionó el programa símbolico de las honras felipinas, que son en realidad una proclamación de lealtad al rey fallecido y sobre todo a la casa reinante durante la sublevación, los napolitanos llegaron a ofrecen el gobierno dela ciudad a Enrique de Lorena, duque de Guisa, descendiente por línea femenina de Renato de Anjou. En las primeras páginas del libro de exequias el cronista insistirá repetidamente en el dolor de los súbditos por el obito de Felipe IV y su lealtad al joven sucesor.9 Estas manifestaciones son referencia obligada en este género literario pero no cabe duda que en el caso napolitano adquieren un sutil significado.

(8) A dicho triunfo podrían aludir los numerosos trofeos militares y ornamentos guerreros que adornan el segundo cuerpo del catafalco.

(9) M. Marciano, op. cit., pág. 2.

Curiosamente, en uno de los dos túmulos que la ciudad de Zaragoza elevó por Felipe IV algunos jeroglíficos representaron la traición de Nápoles, así como la de Sicilia, 10 probablemente porque la sublevación de las ciudades y su posterior pacificación permitía poner de manifiesto el rigor y la magnanimidad del monarca fallecido. En las honras napolitanas, la revuelta no se representó tan palpablemente como en Zaragoza, pero sutilmente quedó manifestada en la estáiua efímera que se situó en el claustro y en la que se reflejaba simbólicamente el sometimiento de Nápoles a Felipe IV. Este grupo ecuestre es la verdadera clave del aparato simbólico napolitano y delata perfectamente el sentido general de los mentores del programa: hacer olvidar la mencionada sublevación contra el rey difunto demostrando la fidelidad de la ciudad y reino a la casa de Austria, por medio de la exaltación de esta familia. Los reyes, condes y emperadores representados emblemáticamente son las glorias de esta dinastía que culmina en el rey fallecido, cuyas virtudes lo convierten en el Sol de un universo de triunfos.

(10) Véase J. A. Xarque, Augusto llanto finezas de tierno  y reverente amor de la Imperial Ciudad de Zaragoza en la muerte de su rey Felipe el grande quarto de Castilla y tercero de Aragón, Zaragoza, 1665

Los Reys Solares

Los Reyes Solares

Los Ciclos Iconográficos del Monasterio de San Jerónimo de Granada

Categorias:Astrologia na Arte