Astrologia na Arte

Simbolismo del Zodíaco de Johfra I

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Hein Steehouwer

Johfra Bosschart: El Hombre y el Artista

Muchas pinturas de Johfra contienen elementos inquietantes. Tales elementos resultarían intolerables si él no buscase deliberadamente en ellos la belleza. Además, quedan atemperados por la presencia de fragmentos tranquilizadores. Johfra busca la belleza sobre todo en el desnudo femenino, jamás pintado de manera incitante, aunque sí con una carga de enorme tensión psíquica. Los rostros, sobre todo, revelan la gran intuición psicológica de Johfra y las figuras son completamente puras desde el punto de vista anatómico.

En Johfra, el contenido total de una pintura siempre significa algo más que la mera suma de sus partes. Esto, que es así en cuanto al contenido, también se advierte desde el punto de vista técnico. Sin embargo, lo que llama sobre todo la atención es el gran amor con que Johfra realiza su obra, una dedicación casi religiosa. El pinta el mundo del espíritu porque no puede dejar de hacerlo. Nada de lo que existe en el subconsciente le es ajeno. El conoce sus más profundas aspiraciones en las imágenes que evoca, y que son un espejo para él. Naturalmente, Johfra no es ninguna persona de vida primaria; él reflexiona y considera. El busca sabiduría y, dentro de ella, aprende a conocerse a sí mismo. Pinta poseído por un impulso inspirado, pero se trata de una posesión serena, no violenta, capaz de conducir a un impetuoso expresionismo. Johfra aprecia pensamientos e ideas en su justo valor. Rechaza lo temporal y lo que está sujeto a una moda, y se atiene a instituciones intemporales.

El se llama a sí mismo Johfra Bosschart, pero según el registro civil su nombre es Franciscus Johannes Gijsbertus van den Berg. Nació el 15 de diciembre de 1919 en Rotterdam. Su padre era entonces estanquero. En su primera infancia se trasladó con sus padres a La Haya. Fue hijo único. El mismo refiere que, al igual que otros niños, su vida no se distinguía por ninguna característica especial. Por su padre sabemos que Johfra, ya en su más tierna infancia, dibujaba cosas maravillosas que apuntaban hacia su simbolismo y surrealismo posteriores. Su talento como dibujante se hizo notar muy pronto en la escuela y fue para él una compensación con respecto a sus dificultades en la enseñanza de tipo escolar. Tales dificultades no dejan de parecer curiosas en alguien que más tarde supo enseñar de modo tan especial, haciendo fáciles temas en sí difíciles y aplicando además a la pintura lo que antes había leído.

Desde el comienzo la obra de Johfra atrajo la atención del público. Su primera exposición, en 1941, en la Sala de Arte Plaats de La Haya, ya fue un éxito. Durante los años de la guerra ya no pudo hacer más exposiciones, por negarse a ser miembro de la cámara de cultura, que por entonces se había constituido, una institución alemana con la que los nazis querían destruir el arte libre. Johfra vivió aquellos años más o menos recluido en su casa, pero en contacto con otros jóvenes pintores y condiscípulos. La guerra fue para él un desastre. El 3 de Marzo de 1945 fue bombardeada su casa paterna de la calle de Van Linschotenstraat en el Bezuidenhout. Cuatrocientas pinturas y millones de dibujos fueron destruidos. Concluía definitivamente un período.

En 1951 Johfra ingresó en la escuela espiritual del Lectorium Rosacrucianum de Haarlem, un círculo muy interesado en el esoterismo y, naturalmente, también en el simbolismo, que está muy relacionado con el rosacrucianismo. Allí conoció el «Poimandres» de Hermes Trismegisto, anteriormente mencionado en este libro, y también su «Tabula Smaragdina». Se trata de escritos que, junto con otros, ya en la época del Renacimiento alcanzaron el carácter de revelación divina. A través de la corte de Cosme de Médicis, tales escritos ejercieron una gran influencia en el pensamiento humanístico. Su fondo filosófico-religioso, siempre transmitido envuelto en símbolos, contiene, además de ideas sobre cosmologías antiguas y gnósticas, restos de muchas doctrinas secretas. Estas doctrinas influyeron en el arte de toda Europa. La iconología de la historia del arte se basa en estas influencias, a veces inextricablemente mezcladas con doctrinas de los templários,     por ejemplo, a través de Botticelli como material ilustrativo utilizado para la primera impresión de la «Divina Comedia» de Dante, los cataros y otros. Johfra abandonó más tarde la citada escuela espiritual, porque las doctrinas dualistas, tomadas del pensamiento gnóstico, no se avenían con su carácter. Se desembarazó de todo dogmatismo y tomó un camino propio.

Johfra celebró muchas exposiciones en Holanda, sobre todo en La Haya, y a menudo en Bennewitz. Las inauguraciones de sus exposiciones estuvieron tan concurridas que un crítico de La Haya escribió una vez que «Volvió a ser el día de Johfra». Luego llegaron las exposiciones en el extranjero. Su obra aparece entre grandes colecciones americanas, suizas e inglesas. Durante su estancia en Francia celebró muchas exposiciones, pero en Holanda tocó fondo. En 1972 expuso por primera vez en ese país, en la Galería Eylders de Zandvoort, y un poco más tarde en la Galería Lieve de Amsterdam. Volvió a exponer en Zandvoort, luego siguió una exposición en el círculo artístico de La Haya y en 1974 Johfra tomó parte en la exposición colectiva de los «Siete meta-realistas», una exposición viajera itinerante a través de Holanda y Bélgica, a lo largo de siete lugares. Los otros participantes eran Ellen Lorien, Diana Vandenberg, Frans Erkelens, Han Koning, Víctor Lindford y Johan Hermsen. A todos ellos dediqué mi libro «Siete meta-realistas», que acompañó a dichas exposiciones.

El Lenguaje del Alma

El simbolismo es el lenguaje del alma, y el mito es la pared en la que se escriben los signos de este lenguaje. Es bueno leer estos signos; ello significa enriquecimiento espiritual. El que lee y habla este lenguaje, llega a una consciencia muy extensa. Aprenderá también a comprender sus sueños, porque el sueño se expresa en imágenes, que son los símbolos de experiencias que yacen escondidos en nuestro subconsciente. La revelación de estas imágenes y el hallar la explicación a las mismas puede llegar a curar atormentadoras frustraciones, tensiones excesivamente intensas, e incluso neurosis.

Aries

Áries

 El Carnero o Aries es un signo de fuego. El sol se halla en Aries del 20 de Marzo al 20 de Abril. El planeta Marte es su regente.

El que nace bajo el signo de Aries recibe cada primavera nueva energía, más que otros para quienes la nueva primavera significa también una nueva nota. Este punto vernal ha tenido desde muy antiguo una importancia especial en astrología y astronomía. Es uno de los puntos desde los cuales puede efectuarse un cómputo del tiempo basado en lãs posiciones de los astros. Así, los quechuas confeccionaron su primer calendario hace 15.000 años, dando en sus cálculos el punto vernal en Libra. Debido a que el punto vernal en el transcurso de 2.156 años se desplaza un sólo sector del cielo de treinta grados o un signo zodiacal (retrocediendo), ahora puede determinarse la antigüedad de tal calendario. Los datos astrológicos chinos más antiguos, basados en ese cálculo, deben tener una antigüedad de 14.000 años; los babilónicos datan del 4500 a. de C. El posterior império persa-babilónico tenía su punto vernal en Aries, aproximadamente 2200 a. de C.

En Egipto fue el dios Amon-Ra con cabeza de carnero; entre los quechuas fue la llama; en la antigua India, el camello con su conductor. De modo que siempre se trata de animales de casco, salvo en el antiguo zodíaco chino, en el que este signo se llamó el Gran Fuego y, más tarde, el Perro. A grandes rasgos existe una correspondencia entre el pensamiento del Oriente Medio, Egipto y, naturalmente, Grecia. Allí el Carnero era importante en astrología y mitología. Frixos y Helle, hermano y hermana, hijos del rey Atamas de Beocia y de la diosa de las nubes Nefele, escaparon de un drama familiar porque su celestial madre les envió un carnero alado que se los llevó en el momento oportuno. El carnero voló con los dos hermanos sobre su lomo a través de bosques y campos, y por encima del estrecho que separa Europa de Asia. Entonces Helle sintió vértigo y cayó al agua, en el lugar que desde entonces se llama Helesponto. Frixos fue llevado más lejos, hacia el país encantado del rey Aetes, donde llegó finalmente sano y salvo y el propio Frixos obtuvo la mano de Calquiope, hija del rey. En muestra de gratitud, Frixos ofreció el carnero que, despojado de su piel, fue recibido inmediatamente por Zeus en medio de las estrellas. El vellocino de oro fue llevado a una lejana selva, y colgado de una encina consagrada a Ares (Marte), custodiado por un repugnante dragón. Mucho más tarde, una de las grandes hazañas de Jasón, caudillo de los Argonautas, consistió en conquistar el vellocino de oro y traerlo de nuevo a Grecia.

En su pintura, Johfra se aproxima al signo de Aries sobre todo desde la posición que éste ocupa como primer signo zodiacal en el ciclo anual, y se fija menos en el nativo individual de Aries. El carnero de color dorado pasa veloz sin mirar a su alrededor y casi se funde en una unidad con su regente Marte. Ambos se amalgaman en la acción. Aunque Marte es el dios de la guerra, también podemos considerarle como un portador de luz, porque en este caso él anuncia la primavera. Por esto Johfra le ha otorgado la antorcha de Prometeo, el cual robó el fuego a los dioses para traerlo a la tierra, como un introductor de la cultura.

Los griegos veían a Marte (o Ares, como ellos le llamaban) no sólo de una forma negativa. «La guerra es la madre de todas las cosas». El suelo tiene que ser roturado y despejada la vegetación excesivamente exuberante, creada, por supuesto, por Júpiter (Zeus). Como dios de la agresión, Marte abre espacios para una nueva creación. Por ello, quien guste de estudiar las analogías entre diferentes sistemas de símbolos puede colocar a Marte en la columna izquierda del árbol de la vida cabalístico, en la quinta sefira, que se llama Geburah y obtener el significado de ley o fortaleza. Frente a él aparece Júpiter en la otra columna, en la cuarta sefira Chesed, significando el amor y la gracia. Son polos que se oponen recíprocamente.

El animal parecido a un lagarto que se ve en primer término es «el basilisco que mira fijamente», con lo cual se alude también a Marte en la cabala, por lo menos en los comentarios simbólicos de los alquimistas, que buscaban un paralelismo en los sistemas de símbolos. Es también la salamandra terrestre de la que se afirma que no puede ser consumida por el fuego de Marte. La salamandra terrestre se utilizaba asimismo como emblema de los farmacéuticos, descendientes también de los alquimistas que fueron, al mismo tiempo, los primeros boticarios.

La primera carta del tarot, el Mago, corresponde a Aries, puesto que el Mago es el símbolo de la persona con fuerza de voluntad y maestría que, animada por la fuerza de la imaginación, emprende su viaje a través de todas las fases de las 22 cartas de los arcanos mayores, parte más importante del tarot. Este viaje, que tiene como meta el pleno desarrollo espiritual, es en realidad el mismo que el hombre debe realizar a lo largo de los significados del simbolismo astrológico, si es que la astrología ha de tener realmente un sentido para él. Johfra pinta al Mago delante de una puerta cerrada en la roca. Encima de la puerta están pintadas doce estrellas, que simbolizan las doce fases zodiacales de la evolución espiritual que se extiende ante él, y que él quiere llevar a un buen término.

En el zodíaco budista encontramos como primer signo a la mujer Avidya, la Ignorancia. Johfra la pintó a la derecha, detrás del Carnero. Ella es ignorante, y la venda que cubre sus ojos es símbolo de su ignorancia. Lleva en la mano una lámpara encendida, el elemento fuego. Al igual que en el caso del Mago, se extiende ante ella el camino de su crecimiento espiritual. Lleva un vestido verde, el color de la vida y de la esperanza. Los planetas tienen sus propios habitantes astrales de naturaleza angélica, y además divididos en clases. Los arcángeles, ángeles, espíritus e inteligencias tienen su propio signo, sello o firma. Johfra los reproduce así: desde la izquierda, abajo, hasta la derecha, abajo, aparecen sucesivamente la firma del arcángel planetario Samael; sobre él, el pequeño signo de Marte; a continuación el sello del espíritu planetario Pharos Phaley, el sello del mismo planeta Marte; abajo el signo de la inteligencia planetaria Graphiel y los tres signos siguientes, pertenecientes todos ellos al planeta Bartzabel. Johfra ha colocado el signo del carnero en un pentágono regular, porque el regente Marte, tal como se ha escrito, corresponde a la quinta sefira.

Johfra aplicó una gama de variados colores con predominio del rojo, porque éste es el color de Marte. El hierro corresponde también a Marte, y ello está simbolizado en el añadido de un marco alrededor de toda la imagen, marco que parece de hierro, forjado en formas puntiagudas que se atraviesan unas a otras.

Tauro 

Touro

Tauro o Toro es un signo de tierra. El sol se encuentra en Tauro del 20 de Abril al 21 de Mayo. El planeta regente es Venus.

Astrológicamente el Toro es un signo antiquísimo, probablemente ya originado en la remota prehistoria, porque en los más antiguos dibujos de las cavernas aparece como animal totémico de adoración (para conjurar mágicamente), primeramente como bisonte, más tarde como el toro que conocemos. En un principio fue el bóvido domesticado por el hombre. En el primitivo hogar era indispensable como proveedor de leche, carne y piel. La fecundidad del toro contribuyó a su reputación. En suma, se convirtió en objeto de veneración, como hicieron ya los quechuas, hace miles de años. Ellos llamaron a su signo el animal masculino.

En Egipto fue honrado incluso de dos maneras: Amen-Ra, un dios con cabeza de toro, acostado en una barca y también con una media luna entre los cuernos. Se consideraba que pasaba por el cielo nocturno para traer luz a los hombres, tal como lo hacía Osiris durante el día. Fue una deidad importante, lo mismo que muchos animales con cuernos, porque en numerosas religiones se identifica a éstos con el dios de la luna. Más tarde, el Toro astrológico fue unido a Apis, también una figura de toro, pero ahora con el sol entre los cuernos y encima de ello el uraeus, la serpiente sagrada. Entonces fue asociado a Osiris en persona, porque él mismo se convirtió en Osiris tras su mítica muerte y sepultura en el Serapeum, el celestial cementerio de urnas.

En Egipto, el Toro es un animal divino negro, por su aparición al comenzar la noche. En Persia se le considera como el primer animal creado por Ormuz, dios de la luz.

Así aparece en los textos de Zaratustra. En ese caso, naturalmente, ya no puede ser negro. Entre los griegos es de un blanco plateado, tal como lo pintó Johfra. Es Zeus en persona, aquella figura no divina que Zeus encarna maravillosa y simbólicamente, como dios dador de la fecundidad.

Dice el mito que Zeus se detuvo un día de primavera en Fenicia, el Líbano actual. En la playa de Sidón se encontraba la hija del rey fenicio, Europa, jugando con sus amigas. Para acercarse a ella sin sorprenderla demasiado en forma de hermoso héroe, Zeus tomó la forma de un toro blanco como la nieve, que paseaba en medio de una manada de vacas que se encontraba entonces allí por decreto del destino. Zeus (Júpiter) se apartó de la manada para acercarse a Europa y consiguió su objetivo. Ella encontró hermoso aquel blanco toro y le coronó los cuernos con flores que acababa de coger. Incluso fue a sentarse sobre su lomo; entonces Zeus movió sus patas de toro, primero despacio, para que Europa no se asustase y luego cada vez más rápidamente. Se introdujo nadando en el mar y su Hermano Poseidón le ofreció un cortejo de bellas nereidas para comodidad de Europa.

Johfra resolvió de una manera magnífica la compleja personalidad de la regente de Tauro y Europa. Logra una amalgama de imágenes, una fusión en la que las dos mujeres se presentan en una misma figura. Dicho de otro modo, sitúa a Venus monte la espalda de Zeus, y con toda razón, porque cuando Zeus, en la playa española, se desembarazó de su figura de toro, puso esta figura inmediatamente como constelación en el cielo, donde también brillaba Venus.

Tauro es un signo de tierra, preferentemente una tierra en la que reina la paz.

También Venus busca la armonía en la belleza, y éste es el motivo que destaca Johfra. En un paisaje exuberante pasea el Toro adornado con una guirnalda de rosas. Las rosas corresponden a Venus, que aparece envuelta en un vestido verde, que simboliza la vegetación. Lleva un ceñidor ricamente bordado alrededor de su cintura. Este ceñidor es su arma «mágica», lo mismo que la lámpara que hay en su mano, si se la hacéis coincidir com la séptima sefira en la columna derecha del árbol de la vida cabalístico, donde representa el concepto Nezach. Su número es pues, el siete, el número de la perfección, y por consiguiente de la armonía. Por ello luce en la cabeza una corona de siete rosas, y en la parte inferior del cuadro aparece también el signo de Tauro incluido dentro de un heptágono y una rosa heráldica de siete pétalos, que es propiamente nuestra parnasia, otra flor de nuestra región de dunas.

Por encima de la cabeza de Venus vuela su famoso hijito Cupido, o Amor, quien representa dicho sentimiento y lleva consigo dos palomas atadas con cintas, porque también la paloma (de la paz) está consagrada a Venus.

Al fondo ha pintado Johfra la segunda carta del tarot, la gran sacerdotisa, también llamada Isis, que corresponde al signo de Tauro. Representa el misterio que lleva en sí la naturaleza, el secreto de la vida y la muerte. Está sentada entre las dos columnas que también encontramos en la cabala, delante del corrido velo. La cruz de brazos iguales que lleva sobre el pecho representa el equilibrio de las fuerzas de la naturaleza. Su cabeza aparece coronada por la luna en sus tres fases: luna llena, cuarto menguante y cuarto creciente. También tiene bajo sus pies la media luna. La gran sacerdotisa gobierna sobre el inconsciente, cuyo velo no ha sido descorrido todavía. Por ello su manto cubre parcialmente el rollo de la ley. En la naturaleza, está escondida la ley del universo.

Puesto que Venus gobierna en este signo, su contrario Marte aparece dormido. Unos angelitos juegan con su yelmo; su escudo y su espada yacen bajo él. Encima de Venus brilla la estrella matutina de siete puntas.

El marco que rodea este cuadro es una exuberante ornamentación de cobre, porque el cobre es le metal de Venus. En cartuchos rococó aparecen los signos mágicos que guardan relación con diversos aspectos de Venus. Están desde la izquierda, en el centro el sello del espíritu planetario Kedemel, encima del propio signo de Venus. Encima de Kedemel vemos el sello de la inteligencia planetaria Hagiel; en el ángulo izquierdo de arriba el sello del planeta; arriba a la derecha el sello de espíritu planetario olímpico Hagith; debajo de él las letras divinas de Venus; a continuación el sello de los coros angélicos Beni Seraphim; y más abajo y detrás la signatura de Asmodelo, el ángel de Venus, morador de la casa de Tauro; por fin, más allá, surge otra signatura de Asmodelo, ahora como ángel que rige el mes de mayo en el mismo cartucho que la signatura inferior de Ásale, otro regente del mes de mayo; son, por consiguiente, todo un grupo de figuras astrales.

Geminis 

Gêmeos

Los Gemelos o Géminis. El sol se encuentra en este signo del 21 de mayo al 21 de junio. El planeta regente es Mercurio.

En Egipto, la idea de la duplicidad de Géminis viene de muy antiguo, porque allí se formó el signo mediante las figuras de Syu y su hermana gemela Tefnet, los primogênitos de Atum y Nut, los dioses que crearon la tierra. Posteriormente fueron identificados con las almas de Ra y Osiris, también dioses de una época muy primitiva. En Egipto aparecen asimismo dos ondinas. En Mesopotamia se formó el signo mediante dos hombres que, juntos, fundaron una ciudad, una pareja de hermanos que guarda un gran parecido con lós romanos Rómulo y Remo, los gemelos que, según la leyenda, fueron los fundadores de Roma. Entre los griegos están Kastor y Polydeukes, más conocidos por sus nombres romanos de Castor y Pólux. Son los hijos de Zeus y Leda, quien los concibió del dios en figura de cisne.

La dualidad la encontramos también en la antigua India, donde Géminis fue imaginado como un espíritu masculino y femenino, simbolizado igualmente por un león y un unicornio, como guardianes de la puerta de la ciudad sagrada. También los Gemelos chinos fueron imaginados al principio como un ser masculino y otro femenino; sin embargo, en la China moderna, y también entre los budistas, fueron descritos como un mono.

Entre los judíos, el signo de Géminis estuvo formado por las dos famosas columnas delante del templo: Jachin y Boaz. Johfra pinta la columna solar positiva a la derecha, de color rojo, y la columna lunar azul, negativa. Ambas fuerzas las representa también como un dragón rojo y un dragón azul, procedentes de la literatura simbólica alquímica. Forman una energía vital, que puede ser despertada y al mismo tiempo reprimida, un paralelismo con el fuego de la Kundalini de los yoguis, a menudo representada por dos serpientes.

Debido a que la armonía interior es la aspiración del nativo de Géminis positivo, Johfra entrelaza los cuellos de los dos dragones y hace que su color derive en dorado. Las llamas que salen de sus picos se funden entre sí como el símbolo de la energía que se origina cuando las fuerzas polares del hombre se equilibran. Las dos figuras principales del cuadro encarnan el hombre y la mujer ideales, representando las dos columnas que están junto a ellos, mientras les es revelada la máxima: «Como es arriba, así es abajo». Constituyen, como lo indican los gestos de sus manos, una unión entre el cielo y la tierra, y por ello están colocados sobre una nube. Este símbolo se acentúa en el caduceo de Hermes, que ambos sostienen. La vara lleva las dos correspondientes serpientes, que tienen el mismo significado que los dragones. Dicha vara es, por naturaleza, alada, tal como siempre aparece este símbolo, y en lo alto se encuentra un espejo que representa el pensamiento. Es el conocimiento o gnosis que debe guiar por el buen camino y sublimar las emociones, personificadas por las dos serpientes. Esta idea es repetida por Johfra en la doble águila de la parte superior de la pintura, detrás de la figura hombre-mujer, denominada el ser humano andrógino. El andrógino es una idea antiquísima, que tuvo la representación más clara en el simbolismo alquímico. Es también en esta literatura donde se encuentra la boda del rey y la reina, y la consecución de «la gran obra», la obtención de la piedra de los sabios o piedra filosofal mediante la sublimación. Expresado en términos de psicología moderna, se trata de la conciliación dentro de la mente humana de los polos opuestos, masculino y femenino, que deben ser equivalentes. El ánima en el hombre y el ánimus en la mujer ya no necesitan proyectarse hacia fuera mediante otra persona, que nunca, podrá concretar aquella imagen ideal. El enamoramiento desenfrenado que esa imagen ideal queda entonces sublimado en el amor, en el cual, recíprocamente, se da más de lo que se recibe. El resultado es una unidad espiritual de hombre y mujer que eleva a ambos a la sublimación, lo que producirá un ser andrógino. En algunos casos, la androginidad conducirá a una proyección de ánima a ánimus en una figura sacral, una aspiración, por ejemplo, de los monjes, monjas u otras personas que desean vivir espiritualmente, como los yoguis. Todos se han mirado simbólicamente en el espejo que está encima del caduceo de Hermes. Su alejamiento del mundo exterior (el no-yo), les reporta la alegría que pide su mundo interior (el yo).

Johfra plasma esta idea a través de todo el cuadro y le aplica sus colores. El rojo es positivo, el azul negativo, y el amarillo es la consciencia ordenadora que se deriva de la acción recíproca entre estos dos polos. Por esto Johfra eligió la carta del tarot número catorce, la Templanza, como figura al pie de la columna izquierda. El ángel, símbolo de la sabiduría, vierte una moderada cantidad del agua de la vida desde la copa de oro (el sol) a la copa de plata (la luna). La luna recibe siempre su luz del sol y la proyecta hacia la tierra.

Junto a la columna derecha Johfra ha colocado el Loco del tarot, la carta sin número o la del cero, que simboliza la luz aún no dirigida en el camino vital de la experiencia. Se trata de alguien que debe escoger entre las distintas posibilidades para ampliar su consciencia, volviéndose sabio. La rosa en la mano del Loco es el centro de su objetivo, el palo es su voluntad y su bolsa de viaje en el extremo superior del palo es la experiencia que ya há cosechado.

El mono en primer término es de nuevo un motivo de la dualidad. Es Thot, la figura egipcia de Hermes, en la que profundizaremos al hablar del signo de Virgo. En la pintura correspondiente aparecen ambas figuras. En la reproducción de Géminis, Thot, representado en Egipto como un mono, es el símbolo del hombre científico que con su pensamiento terrestre mide el mundo como con un compás. Al mismo tiempo, este mono equivale al signo chino de Géminis en el zodíaco moderno. En el zodíaco antiguo, el signo, como antes dijimos, se representaba mediante un unicornio y un león, que Johfra pintó aqui al pie de ambas columnas. En China, el unicornio es un animal diferente al de las leyendas occidentales. Es el ch’i lin, uno de los llamados «objetos de buen Agüero». Es un animal compuesto por (casi siempre) el cuerpo de un antílope, la cola de un buey, el corazón de un hombre y la cabeza de un dragón; sobre esta cabeza lleva un cuerno dirigido hacia adelante.

Johfra eligió el unicornio occidental como símbolo de serenidad y pureza; insistiremos en ello al tratar el signo de Sagitario. En la reproducción del mismo aparece, también, un unicornio.

El león está pintado como un símbolo de amor divino. El signo de Géminis aparece dibujado dentro de una figura de dos cuadrados entrelazados: el que está sobre una punta, como elemento masculino, y el otro como femenino.

De izquierda a derecha, arriba, encontramos el sello planetario del ángel Ophiel; arriba, en el centro, la signatura del arcángel de Mercurio, Miguel, y junto a ella el sello de los espíritus planetarios olímpicos de Mercurio. Debajo del cuello del dragón rojo se distingue el sello de los espíritus planetarios que dependen del ángel Ophiel. Enfrente está la signatura de la inteligencia planetaria Tiriel. Junto al caduceo de Mercurio están colocadas algunas signaturas, utilizadas todas ellas por los alquimistas para indicar, en su «lenguaje secreto», el Mercurius Sublimatus (el mercurio sublimado). En sentido espiritual, éste representaba el pensamiento ennoblecido, tras haberse purificado la consciencia.

Cáncer

Câncer

El Cangrejo o Cáncer es un signo de agua. El sol se encuentra en Cáncer del 21 de junio al 23 de julio. La Luna es regente de Cáncer.

El Cáncer, como sabemos por la mayoría de tratados de astrología, en realidad no está bien simbolizado con el cangrejo que se reproduce en su signo. El suyo debe ser el cangrejo ermitaño, tal como lo indican algunos libros, y también como pinta Johfra este animal. Un cangrejo ermitaño esconde la parte blanda trasera de su cuerpo para resguardarla dentro de una concha vacía. Ha encontrado una casa que no quiere abandonar. Se han hecho toda clase de especulaciones de índole psicológica para averiguar por qué en un Cáncer está de tal modo asociada con la casa la sensible parte inferior del cuerpo (lós órganos genitales). La concha tiene también que ver con su miedo a un mundo exterior hostil. El cangrejo ermitaño vive en el mar, preferentemente en la hendidura de una roca, o incluso más escondido, y desde allí acecha a su presa. Extiende sus pinzas, agarra su concha con sus patas traseras y atrae la presa hacia sí, sujetando y conservando.

Johfra pinta el Cangrejo encima de la caja de un tesoro. Es un guardián del mismo y por nada del mundo lo quiere soltar. La persona que se le parece gusta también de reunir tesoros, y por ello en la parte inferior de la pintura se ven unas manos que, ansiosas, se extienden hacia alhajas, piedras de la luna y ágatas engastadas en oro. Encima, a la derecha, encontramos también estas manos. Junto a ellas, abajo, hay una ostra perlífera. La perla es el símbolo del sufrimiento; en realidad, se trata de una enfermedad de la ostra. Pero una perla es también el símbolo de la sabiduría que procede del sufrimiento.

Los signos del zodíaco se originan en el transcurso de los siglos y a veces -como ya dijimos anteriormente- estos signos tuvieron otros símbolos. El Cangrejo es originariamente babilónico; antes, este cuarto signo zodiacal se llamó también la Tortuga, al igual que en Egipto. Más tarde, en el mismo Egipto, fue el kephera, el escarabajo sagrado; también el escarabajo pelotero, más conocido bajo el nombre de escarabeo, que es cuando ha tomado la forma de una joya. En Egipto, el kephera estaba consagrado al sol. El escarabajo pelotero hace una bolita con estiércol y en ella pone sus huevos. Estos son incubados en dicha bolita, la cual, como símbolo del sol, parece como si produjera vida, como si se efectuase un «matrimonio» entre el escarabajo y el sol; esto elevó este animal a la categoría de símbolo.

Johfra encuentra una ingeniosa solución reuniendo el antiguo símbolo egipcio y el símbolo posterior, y uniéndolos a la idea de la perla. Aquí el escarabajo hace rodar delante de sí una perla, un símbolo unido primero a la luna y después al sol. Por la playa se arrastran dos tortugas, unos animales marinos de origen remoto, y también el cangrejo ermitaño. Las vidas de estos animales guardan cierto parentesco. Tal como el cangrejo ermitaño se protege, las tortugas llevan su concha, dentro de la cual pueden albergarse ante un peligro. El simbolismo antiguo tiene larga vida. Desde el punto de vista de la astrología, el Cangrejo – y también la tortuga – son animales «lunares». Algunas especies ponen sus huevos durante la luna llena y la pleamar en un hoyo de la playa y tras un determinado número de «meses lunares», nacen las tortuguitas. La vida en el mar se encuentra en gran medida bajo el influjo de la luna, como también los ritmos biológicos. Es como si lós antiguos astrólogos hubiesen sabido esto intuitivamente.

La planta que aparece abajo, a la derecha, es el acanto, que corresponde a la luna.

Encima, Johfra ha vuelto a pintar unas manos y en ellas una granada abierta, símbolo de fertilidad, además de un castillo en la playa, símbolo del carácter cerrado y reservado y del amor a la familia que sienten los nativos de Cáncer, y también de su firmeza y a veces de sus inclinaciones feudales.

Las manos de la derecha, arriba, ya las hemos mencionado. Arriba, vemos una serpiente con cabeza de águila, una licencia que Johfra se permite con la idea de la serpiente voladora que puede encontrarse por doquier en la mitología, sobre todo en las culturas indias de la antigua América. Allí los quechuas llamaban al cuarto signo zodiacal «La serpiente que se mueve hacia atrás», otra simbolización curiosa, porque también el cangrejo camina oblicuamente hacia atrás. Simbólicamente, esto tiene que ver con el aferrarse al pasado, el retroceder. Entre los chinos antiguos, este signo se llamaba también «La sección del árbol», porque un árbol retiene también el pasado en los cercos anuales de su tronco, como si tuviera sus experiencias registradas en una indeleble memoria. Y esta es precisamente una cualidad que también se observa en muchos nativos de Cáncer: el ordenar los hechos científicos, clasificarlos, el profundizar en tesoros que él desea conservar, procedentes del océanos primigenio de la vida. Él da forma a estos tesoros. Como persona frente al mundo – el yo frente al no-yo -, se proyecta a sí mismo en su entorno. Como se tiene a sí mismo en alto aprecio, reúne cosas de valor, tanto materiales como espirituales. Y de aquí llegamos naturalmente a la luna, porque desde antiguo se considera a este planeta como dador de formas. La luna es, por así decirlo, una estación transformadora entre el cosmos y la tierra, un vestíbulo de la vida material. En la cabala, Binah está sentada en la columna de la izquierda, la emanación femenina de lo divino, la madre primigenia, representando también a la luna, como en la columna de la derecha se halla sentada Chokmah, la gracia y la sabiduría. A veces asoma el sol encima de esta columna. Sin embargo, hay otras explicaciones referentes a la disposición del sol y de la luna. A pesar de ello, parece claro el hecho de que Binah significa la materialización de lo cósmico en un plano terrestre. Mediante Binah, el espíritu humano recibe una apariencia corpórea; así es como sucede y con ello se llega también a estar sujeto a la muerte. No en vano lós astrólogos esotéricos piensan en la luna como en una influencia materializadora. Así, la luna permanece relacionada con el mar; el espíritu queda presente en la materia la vida cósmica en el océano.

Entre los griegos antiguos Diana era una de las tres diosas de la luna. Las otras eran – o llegaron a serlo en el curso de la historia mitológica -, Hécate y Selene. Johfra eligió a Diana, porque su aparición posee el sentido más positivo de las tres y simboliza un estado evolutivo del espíritu. Diana es el nombre romano; entre los griegos se llamaba Artemis. Entre los babilonios, la luna era un dios. Su hija era Ishtar, de la que volveremos a hablar al mencionar a Venus. Arte-mis, hermana del dios sol Apolo antes de que se la considerase como diosa lunar, era una diosa de la naturaleza que cazaba con flecha y arco, pero era también una protectora de la caza. Es la «mujer protectora» de los cazadores, virginal, noble, pero también terrible. Como protectora de los nativos de Cáncer, refuerza las cualidades de todo aquel en quien la luna ocupa una posición favorable. A la derecha de la pintura, arriba, encontramos el sello del espíritu planetario de la luna.

El que se hace a sí mismo, consciente del valor de haber nacido Cáncer, puede elevarse por encima de su nivel como el cangrejo ermitaño de la pintura, que extiende sus tenazas hacia la luna. Entonces el Futuro le deparará tesoros espirituales en vez de joyas; y éstas se convertirán en símbolos de alto orden, que pueden verse arriba, a la izquierda, en el cuadro. Con la llave de oro, Cáncer puede abrir la puerta de su subconsciente, para encontrar en él las imágenes arquetípicas y símbolos. Estos, al hacerse conscientes, enriquecerán su espíritu. De arriba a abajo, aparecen las cuatro conocidas «joyas» de las cartas del tarot, que se dividen en bastos, copas, espadas y pentagramas, una división que, llamada de otra manera, tienen también nuestras cartas de juego corrientes: espadas, corazones, oros y tréboles. Estos cuatro símbolos – vara, copa, espada y pentagrama – son asimismo las armas mágicas de la figura de la primera carta del tarot de los arcanos mayores: el Mago, quien las necesita en su camino hacia el desarrollo espiritual, simbolizado por las otras cartas. En el mismo orden de sucesión se simbolizan también lós cuatro niveles elementales en la cabala, los cuatro denominados reinos – Aziluth, Beriah, Yetzirah y Asyjah – que también significan un camino hacia el desarrollo espiritual.

Las cuatro armas mágicas representan asimismo el orden, un sistema de clasificación que el Cáncer puede aplicar en la totalidad de sus experiencias. A la izquierda se encuentra el signo de Ankh o Cruz Ansata, el antiguo símbolo egipcio de la eternidad, inmortalidad y «retorno de todas las cosas», y en quien algunos piensan como señal de la reencarnación. Debajo, hay un triángulo con la punta hacia abajo, simbolizando lo sublunar o terrestre. Si este triángulo se entrelazase con un segundo con la punta hacia arriba, se originaría la famosa estrella de David, cielo y tierra en uno. El que medita mucho tiempo em todos estos símbolos participa del globo del mundo o globo imperial, aquí también pintado, símbolo de influencia tanto mundana como espiritual y de riqueza; de ahí el atributo de figuras reales. Así, todo ello es muy prometedor para el Cáncer que se atreve a vivir en el límite de dos mundos: el océano y la tierra, las regiones del sentimiento y de la razón, respectivamente. Si Cáncer puede poner ambas cosas en equilibrio, no habrá profundizado en vano en su origen astrológico.

Leo 

Leão

El León o Leo es un signo de fuego. El sol se encuentra en Leo del 23 de julio al 23 de agosto. El regente de Leo es el Sol.

Si a Cáncer se le promete el globo imperial, Leo ha nacido ya con este mismo atributo. Muchas veces sucede así, realmente, porque Leo es, por naturaleza, un regente regio que sabe que se encuentra bajo la protección del sol. Johfra pintó a Cáncer en la frontera de dos mundos; su Leo lo encontramos en la tierra, en el paisaje y al mismo tiempo en el aire, identificado con el sol.

Cómo puede desarrollarse la lucha interior de un Leo lo expone Johfra en la parte inferior del paisaje. Toda la pintura posee un brillo dorado y está rodeada por un aire rococó. De allí, la luz irradia hacia abajo, sobre el león terrestre, enzarzado en violento combate. En realidad, es un combate de dos leones: el hombre nativo de Leo, que lucha consigo mismo, y luego encuentra un modelo en dos «héroes solares», el bíblico Sansón y el griego Hércules.

Hércules (o Herakles en griego), es considerado como el más noble de todos lós héroes, predestinado para trabajos maravillosos que luego también efectuó. Pero es que Hércules había sido engendrado por Zeus, el dios supremo, en la bella Alcmene, una princesa prometida del rey de Tebas, Anfitrión. Esto fue como consecuencia natural de implicaciones bélicas. Y de ello hizo uso Zeus, cuyo olímpico espíritu trataba lazos muy estrechos con mujeres terrestres. Él sedujo a Alcmene, bajo la protección del mismo cosmos; según dice la leyenda, su noche de amor duró 72 horas enteras en la oscuridad protectora, un éxtasis que, como se sabe, es necesario para engendrar un semidiós. De este éxtasis nacieron Heracles y su hermano gemelo Ificles, dos semidioses. Como hemos dicho, se le asignaron a Heracles unos trabajos maravillosos, uno de los cuales consistía en matar al león de Nemea, que aterrorizaba a la manada de bóvidos de su padre (adoptivo) Anfitrión. Partió armado para efectuar este trabajo, pero su lanza, espada e incluso sus flechas tropezaron con la piel invulnerable del león. Entonces él lo agarró simplemente com las manos y consiguió realizar la proeza: mató al león y le despojó de su piel, que luego Le sirvió de coraza. Llevó la cabeza como yelmo. Simbólicamente, ello significa la lucha del nativo de Leo con las fuerzas que existen en él mismo, que debe saber reprimir y poner en equilibrio, so pena de perecer. Él podrá ser el vencedor de sí mismo, pero también su propia víctima.

Si resulta vencedor, entonces se convierte en Apolo, el hijo más querido de Zeus, el que tañe la lira y que puede hechizar a la naturaleza, con tal de que nada se interponga en su camino. En este caso podría ser también un dios de ira, al igual que su divina hermana Diana, con quien tenía mucho en común, pero en general, él y ella, como sol y luna espirituales, velan por el bienestar de la humanidad.

Este combate con un león que vemos en primer término hace referencia también a Sansón, el héroe solar bíblico que tuvo que introducir sus manos en las fauces de un león para despedazarlo, antes de partir en un largo viaje hacia el país de los filisteos, para encontrar allí a Dalila, la mujer hechizadora que habría de cortarle los cabellos en los cuales residía su fuerza mágica. Esto puede interpretarse en el sentido de que los cabellos eran los rayos solares que fueron «eclipsados» por Dalila, porque ella era, sin duda, una seguidora de la diosa lunar Hécate, madre de todas las brujas y del erotismo perverso. Los filisteos procedían originariamente de la isla de Creta y debían tener un pensamiento más o menos griego, por lo cual el mito pudo provenir de un héroe solar que fue vencido por un heroína lunar; como un eclipse de sol, cuando la luna se interpone entre la tierra y el sol. Después del eclipse (en la prisión y sin ojos, es decir, arrebatada la luz) a Sansón le volvieron a crecer los cabellos, tras lo cual se realizó el milagro de la destrucción del templo de Baal, mediante la separación de dos columnas que sostenían el techo.

He relatado algo extensamente estos mitos, porque simbolizan la lucha interior de un Leo, pero también porque constituyeron para Johfra un excelente tema para su pintura. Él plasma este simbolismo a través de las plantas, porque tanto el girasol como la palmera, la encina y los frutos de auranciácea, corresponden al sol y al león. Con ello, Johfra persigue todavía otro fin. El árbol hueco es un símbolo universal. Entre nosotros «los niños vienen del árbol hueco»; en la antigua China, la encina hueca se asocia asimismo a la idea de Leo y también a lo renacido, como el sol, que vuelve a salir todos los días. Otros simbolismos al respecto: en la filosofía y gnosticismo derivados de Hermes Trimegisto, la encina hueca es el lugar en que nace el niño como imagen de lo renacido espiritualmente, muchas veces significado, en sentido simbólico, como el niño divino. «Si no fuereis como niños», se dice en la Biblia; pero también los sabios chinos usaron esta misma imagen. Vemos, pues, sobre la cabeza de un sabio en meditación, uno o varios niños flotando en el aire. En la alquimia este árbol tiene igual significado. Hay el símbolo del athanor, el horno en el que «se efectuó la gran obra», la transmutación del plomo en oro, al mismo tiempo que el crecimiento espiritual del alquimista, que debe superar lo material para volverse espiritual. Otros afirman que en el athanor debió originarse la piedra filosofal, para ellos un símbolo de Cristo, que a su vez hace referencia al ya citado niño divino de la encina hueca. Este niño es situado también en la línea media, entre las dos columnas del cabalístico árbol de la vida, y entonces se convierte en Tiphereth, es decir el sol, asociado también con el corazón. Por ello Johfra pinta, encima del león, un corazón con una corona. Es un corazón real, con el que Johfra tipifica a los nativos de Leo, que pueden elevarse por encima de sí mismos y para quienes las especulaciones filosóficas o la meditación constituyen uma necesidad. Entonces ese corazón se convierte en su propio athanor, un centro de fuego alquímico desde el punto de vista espiritual, con el que pueden trocar la vida en una fiesta con bodas de oro anticipadas y un puesto de oficial en la orden del León Holandés.

El León se sabe rodeado de muchos «signos y sellos». El sol los conoce más que muchos otros planetas, ya que le son atribuidos por sabios gnósticos y se hace uso de ellos en la magia ritual, porque con estos sellos pueden practicarse conjuros. En el extremo de la izquierda, arriba, en la rica ornamentación con figuras femeninas que están mirando al espacio se encuentra, en un cartucho, el sello más importante del sol. En el gran cartucho de la derecha, con tres «brazos» en el centro, aparece el sello de los espíritus olímpicos, que son atribuidos al sol; encima está el signo del espíritu gnóstico Sorath y debajo el signo de la inteligencia planetaria (no nos olvidemos del orden jerárquico) Nakhiel. En los cartuchos menores, vemos los símbolos alquímicos del oro, el metal del sol. Si recibís de alguien una carta con tales signos en el margen, tened por cierto que se trata de un Leo que conoce el poder de los conjuros, que pertenece a una escuela de misterios y que ha superado su orgullo de león terrestre para convertirse en un león del espíritu.

Virgo 

Virgem

La Virgen o Virgo es un signo de tierra. El sol se encuentra en Virgo del 23 de agosto al 23 de septiembre. Mercurio es el planeta regente.

Los Virgo son muy importantes porque representan la simbólica virgen estelar que es el Anima Mundi, el alma del mundo, la madre primigenia de toda vida. En casi todas las religiones se conoce la figura de la madre virgen. La Virgen es también un concepto antiquísimo, y a medida que un símbolo es más antiguo, ejerce mayor atracción en simbolizaciones análogas. La virgen de la pintura es al mismo tiempo la egipcia Isis, la griega Virgo, la romana Ceres y, finalmente, también en cierta manera la bíblica figura de María. Todas ellas son diosas protectoras, figuras auxiliadoras, y de ellas han heredado los nativos de Virgo su carácter servicial.

La veneración hacia Osiris e Isis tiene más de seis mil años de antigüedad. ¿Cómo lo sabemos?. En el año 4241 antes del comienzo de nuestra era, los egipcios regularon su calendario por medio de todos los datos entonces conocidos, conservándolo posteriormente. De textos anteriores al año que hemos mencionado se desprende que aquellas dos divinidades ya eran veneradas. Esos textos están muy fragmentados; los conocidos mitos acerca de Osiris, Isis y el hijo de ambos, Horus, los encontramos en Egipto en muy diversas formas, pero no como un relato unitario. Casi siempre se utiliza la versión de Plutarco, el filósofo griego que vivió entre el 48 y el 125 d. de C, y que con gran interés visitó Egipto, tomando allí nota de los mitos.

Según la tradición egipcia, tales escritos pertenecen al dominio de su dios Thot. Alrededor de este nombre se ha creado un buen número de mitificaciones, lo cual no priva para que Hermes-Mercurio sea el regente de Virgo, y así es como aparece en la pintura de Johfra.

En la pintura de Johfra, entre Isis y Osiris se encuentra Venus, en la forma de una estrella de cinco puntas, el pentagrama.

La Virgen lleva en la mano izquierda un huevo transparente, dentro del cual arde un fuego. Es el símbolo primigenio del nacimiento y de la vida, la Pascua que siempre retorna, como también el símbolo de la fertilidad, animado por una llama, que simboliza el fuego divino, la vida invencible. Es la vida que siempre vuelve a surgir de la muerte, o mejor, que desconoce la muerte, no la del individuo, sino que indica la pervivencia de éste, ya sea en las generaciones que le sucedan – en carne o en espíritu -, ya sea como vida reencarnada. En la otra mano la Virgen sostiene una espiga. En este caso es la diosa romana Ceres, representada así tradicionalmente, porque la espiga es también el pan y el pan, en la antigüedad, era algo sagrado. El alimento era santo, porque sostenía la vida; podría ser, pues, el pan eucarístico. Alrededor de la cabeza de la Virgen hay espigas y flores, que crecen en la espiga; de su vestido, que se confunde con el suelo, nacen plantas.

El regente de Virgo es Mercurio, el mensajero de los dioses, y también el astuto dios de los comerciantes y de los ladrones, una curiosa mescolanza. Pero por encima de todo es el dios razonable, una razón con la que él trata de escudriñar al mundo. Johfra lo pinta en la parte superior izquierda del cuadro, con las manos extendidas hacia una nebulosa espiral cósmica, como si quisiera abarcarla. En la pintura no aparece con atributos griegos, sino egipcios, porque Johfra lo ve como una derivación tardía del dios egípcio Thot, por lo menos en sentido astrológico y también por la afinidad con Hermes Trimegisto. Thot tuvo en Egipto tres aspectos o manifestaciones. Fue el sagrado mono papión o Cinocéfalo, según Plutarco. Fue el dios de la sabiduría, las leyes y los libros sagrados, pero también el dios de la luna y por ello, al mismo tiempo, el protector de la cronología y la aritmética. Esta es una de las razones por las cuales los griegos le identificaron con Hermes-Mercurio. Está sentado en la entrada del mundo subterráneo, para conducir a las almas de los muertos. En un platillo de la balanza se encuentra el corazón humano; en el otro la «pluma de la verdad», con la que él escribe su sentencia en el libro de la vida de cada ser. A la derecha, encima, Johfra le ha reproducido con esta pluma, en el antiguo Egipto, Maat. La pluma de Thot es la medida de todas las cosas en el reloj de la verdad. Johfra le hace portador, en la otra mano, del sello planetario de Mercurio.

Otro aspecto de Thot es el sagrado Ibis, el escriba de los dioses, que representa lo oculto y la manifestación de sabiduría de Thot.

A la derecha de él, y debajo, encontramos dos Ibis: la sabiduría simbolizada por el libro abierto de la cabala judía con el árbol de la vida; aquí es parcialmente visible la famosa tesis matemática del griego Pitágoras, y el libro cerrado «M». Así, Johfra hace referencia a tres tradiciones de sabiduría, porque el legendario libro «M» se dice que fue encontrado en la tumba de Cristian Rosenkreuz. La letra «M» simboliza la Materia Mater, la materia primaria de la que se originó todo. No se trata de un verdadero libro, sino del estudio del cosmos y la naturaleza; más aún, del trabajo alquímico con la Materia Prima. En los escritos químicos que anteriormente mencionamos, como Las Bodas Químicas y la Fama Fraternitatis – la confesión de las hermandades de los rosacruces -, puede encontrarse más información sobre el tema.

El tercer aspecto de Thot, considerado también como su ayudante en el juicio de los muertos, es Anubis, el chacal, llamado Psicopompo entre los griegos en la época de los gnósticos. Anubis conduce las almas de los muertos hacia el paraíso, donde deben vivir eternamente, preferentemente identificadas con Osiris. Él transmuta así la vida en muerte y por ello Johfra pintó a la izquierda, abajo, junto al chacal, una retorta y el athanor, el horno de los alquimistas, en el que realizaban su obra de transmutación, ya fuese para hacer oro, para descubrir la piedra filosofal, el elixir de la vida, o para producir el llamado polvo de proyección. Hemos de considerar todo esto como un trabajo simbólico con la materia, que se consideraba divinamente animada y que continuamente produce vida, pero también como un paralelismo con la búsqueda de la sabiduría eterna. Anubis, el chacal, es también quien embalsamaba a los muertos, para que su manifestación corporal durase eternamente.

Dado que la alquimia se practicaba en una época en la que aún se creía en la doctrina de los cuatro elementos, vinculada también a la astrología, Johfra incluyó también en esta pintura los animales simbólicos de los cuatro evangelistas, que al propio tiempo son también los cuatro animales de la visión de Ezequiel en el Antiguo Testamento, y en el Apocalipsis de Juan en Patmos en el Nuevo Testamento. Según una antigua tradición, representan también los cuatro elementos. El ángel de la parte superior izquierda es Juan el evangelista, o sea, el elemento agua; el águila situada arriba, a la derecha (en la astrologia el escorpión «elevado») es Mateo, el elemento aire; el león es Marcos, el elemento fuego; y el toro es Lucas, el elemento tierra. Johfra los pintó todos de oro para simbolizar la operación alquímica, la cual se halla bajo la protección de Hermes-Mercurio. Mercurio se reproduce a veces con una vara alrededor de la cual se enroscan dos serpientes, el símbolo que los médicos ostentan como su blasón profesional. Johfra las ha pintado arriba, a la izquierda y a la derecha, contra un fondo que representa la materia primaria, que es al mismo tiempo espíritu y materia, y que abarca la muerte y la vida. También representan el sopesar críticamente las cosas, el distinguir lo positivo y lo negativo.

Johfra las pinta aquí como una síntesis, porque las antítesis fluyen una hacia otra, recíprocamente, por encima de la puerta de Osiris y en la luz cósmica, que desde allí irradia la nebulosa primaria que aparece en la parte superior.

Arriba, en lo más alto del cuadro encontramos la signatura que debe atribuirse a Miguel el arcángel, quien en la tradición mágica es equiparado a Mercurio, o es considerado como el protector de Mercurio, cuyo sello propio puede encontrarse tras de éste. Encima de Mercurio, vemos el sello del espíritu planetario olímpico Ofiel; arriba a la derecha, el signo del espíritu Taph Thar Tharath; debajo del cinocéfalo, el signo de la inteligencia planetaria Tiriel; y allí de nuevo, bajo el símbolo alquímico del pensamiento superior, comparado con Mercurius Sublimatus, el mercurio ennoblecido. Este metal líquido es llamado mercurio en la lengua secreta alquímica, siendo un elemento necesario en todos los ensayos de alquimia.

Simbolismo del Zodíaco de Johfra II

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