Astrologia Antiga

La Astrología en Época Helenística

Aurelio Pérez Jiménez

Universidad de Málaga

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El conocido pasaje de Vitrubio* (Vitruvius) donde habla de la fundación de una escuela de astrología por parte de Beroso, sacerdote de Baal en la isla de Cos, ha servido para poner fecha de nacimiento a la astrología en Grecia hacia el año 280 a.C. Este hecho fue muy útil para la tradición racionalista que veía la cultura griega, en especial la filosofía y la ciencia, como un mundo sereno, un reino de la razón, a salvo de supersticiones y de creencias irracionales, entre las que la visión moderna de la astrología, radicalmente enfrentada con la ciencia, ha colocado a ésta en el punto de mira principal. Pero lo cierto es que en el mundo antiguo las cosas no fueron nunca así y la visión parcial que la investigación por un lado y la selección natural de los textos literarios antiguos, por otro, nos ha dejado de él, hace difícil ligar exclusivamente las creencias astrales a la actividad de Beroso y sus discípulos.

* “Tudo deve ser construído na observância da durabilidade, da conveniência e da beleza.”

No vamos a detallar aquí, cuando se nos ha propuesto trazar un panorama global de lo que significó el Helenismo para la historia de la astrología, la vinculación de los pensadores griegos anteriores a Alejandro (desde Pitágoras e Hipócrates hasta Platón, Eudoxo, Filipo de Opunte, Hermodoro o el propio Aristóteles) con las doctrinas astrales. Para ello, basta con leer, por ejemplo, las documentadas páginas del libro de Wilhelm und Hans Georg Gundel1. Nos limitaremos, por tanto, a mencionar aquellos principios específicamente griegos que hicieron posible el triunfo y desarrollo del arte de los caldeos en los últimos cuatro siglos del milenio antes de Cristo.

1 Wilhelm Gundel (1880-1945)

Wilhelm Gundel was another German scholar of the early twentieth centuries. Perhaps influenced by Pan-babylonism and the History of Religions School, he wrote what is still one of the best introductions to the history of astrology together with Boll and Bezold. His most original research was in Dekane und Dekansternbilder (1936), on the history and iconography of the Egyptian alternative zodiac. While much more research has been done on Egyptian astronomy and astrology, the illustrations remain valuable.

Wilhelm Gundel also published two important bibliographical works, “Astronomie, Astralreligion, Astralmythologie, und Astrologie. Darstellung und Literaturbericht, 1907-1933,” in Bursian’s Jahresberichte (1934), pp. 1-149, which covers the heyday of Pan-babylonism, and Astrologoumena: die astrologische Literatur in der Antike und ihre Geschichte (1966), published in collaboration with his son, Hans Georg Gundel. It lists, with excellent annotations, nearly all the known astrological works known from classical antiquity.

Por un lado, la  filosofía pitagórica inició la atribución de una naturaleza divina a los planetas (postulada luego por Platón y Aristóteles) y estableció los parâmetros esenciales a que se acomodaría la influencia astrológica de éstos y de los signos del Zodíaco: el sexo (basado en el último caso en la posición par o impar de los signos) y los aspectos, con su carácter positivo (el trígono y el hexágono) y negativo (el cuadrado). Por otro lado, también es mérito suyo el orden planetário basado en las distancias relativas al centro que es la Tierra y fundamento de la escala musical aplicada a las esferas; este orden dio un aire más racional a la doctrina astrológica, frente al orden babilonio y egipcio, basados en  criterios religiosos.

En cambio, la uranización de las almas, con su inmortalidad astral, acorde con las astrotesias referidas al patrimonio mitológico de Grecia, que comienzan por esa época, con Eudoxo, recondujo la astrología hacia la religión, a través del misticismo astral y de las escatologías celestes que empiezan a apuntar en los mitos de Platón; y éste, al fin y al cabo un pitagórico, formuló en Grecia la idea indoirania del μέγας ένιαυτός, dogma astronômico fundamental para la astrología y para la doctrina de los ciclos históricos limitados por las grandes conjunciones.

Pero el espaldarazo filosófico definitivo le vendrá a la astrología después de la muerte de Alejandro, con los estoicos, que establecieron en clave griega los princípios que iban a diferenciar definitivamente la astrología helenística, mecanicista y fatalista, de la babilonia, que asignaba a los planetas un valor más semiológico que crítico. No es que entendamos los principios físicos de los estoicos como causa directa de los dogmas astrológicos; de hecho, algunos de ellos, como la doctrina de los ciclos y de la conflagración o inundación universal, se ligan por la tradición a Beroso; y es muy probable que, a los estoicos, esos principios les vinieran de Oriente, como proponía Cumont2 en la época de efervescencia del panbabilonismo; pero la coincidencia (causal o fortuita) entre los filósofos y los adivinos de las estrellas abrirá las puertas de Grecia a la astrología gracias a nombres concretos como Diógenes de Babilonia, que compartía la tesis astrológica general de la posibilidad de adivinar con la  posición de los astros cómo será el carácter por naturaleza de los hombres y a dónde llevarán sus hábitos o como Posidonio. Por conocidos, permítaseme que sólo enumere algunos de esos principios, los más importantes:

El de la simpatía universal, el de la concepción del hombre como microcosmos, el del mecanicismo celeste y la heimarmene y la doctrina de la conflagración universal (έκπύρωσις en Leo y κατακλυσμός en  Cáncer) y los ciclos históricos.

2 Franz Cumont (1868-1947)

The greatest historian of astrology, in my view, was Franz Cumont. Bouché-Leclercq stuck to the technical, mathematical side of astrology, and he has been followed by most later scholars. Cumont expanded his interests to include the use of astrology in religion. His Astrology and Religion Among the Greeks and Romans (1912) is still the best general book on the subject. Les Religions orientales dans le paganisme romain (1929), and translated into several languages, was long the standard work. His pioneering works on the mystery religion of Mithras, The Mysteries of Mithra and, Textes et monuments figurés relatifs aux mystères de Mithra (1899), emphasized its use of astrological art and symbolism. While few still agree that the mystery religion dates to Vedic India, his collection of Mithraic art remains valuable. L’Égypte des astrologues (1937) is an early attempt to derive social history from astrological texts. Catalogus Codicum Astrologorum Graecorum (edited with many others, of course) made a far greater number and variety of astrological documents available to researchers. The fact that he pursued the history of astrology throughout a scholarly lifetime of writing is most impressive. He was a prolific author, both of books and articles, too many to list here. He was also involved with the famous archaeological excavation of Dura-Europus in the 1920s. His emphasis on the religious aspects of astrology and the astrological aspects of religion remains unusual.

Pero sin duda también es una aportación griega de esa época (Panecio ya fue crítico con los peligros que implicaba la anulación de la voluntad humana) la conciliación del fatalismo astral con la salvaguarda de la libertad, fundamento de la responsabilidad individual y, por consiguiente, de la ética; se establecerá así una complicada escala de causas, expuesta magistralmente por Tolomeo en su Tetrabiblos que hará compatible a veces la astrología con las religiones providencialistas (el gnosticismo y el neoplatonismo lo son), cuando los astros vuelvan a ser (igual que en Babilonia) signos de la voluntad divina, más que causa de las influencias.

Por otro lado, y en el ámbito de la religión, contribuyó en el mundo helenístico a la aceptación de los dioses astrales la crítica religiosa a que se vieron sometidos los dioses homéricos y las soluciones alegóricas esgrimidas por sus partidarios en un titánico esfuerzo por salvarlos. La metamorfosis humana de los dioses del panteón de Hesíodo hizo que su realidad divina se transfiriera al cielo y los planetas, cuyos secretos estudiaron antiguos reyes como Urano, Crono, Zeus, etc. Con este paso quedaban ya pocos obstáculos para que Grecia y Roma dieran a la astrología la pátina religiosa que aseguró su permanencia entre los creyentes del paganismo.  Recordemos entre los artífices de esa transformación los nombres de Manetón, Paléfato, Hecateo de Abdera con sus historias en las que la Luna y el Sol eran venerados por los egípcios como Isis y Osiris, y, sobre todo, la Historia Sagrada de Evhémero que nos muestra a los dioses de la Teogonía como reyes que dan culto a sus homónimos del cielo, los verdaderos protagonistas de la religión.

El camino se abre aún más con la astrotesia de los mitos completada por los eruditos alejandrinos con los catasterismos. Aunque no directamente motivados ni implicados por la astrología (ya los primeros poetas contaban historias de Orión, de Sirio, de las Pléyades y las Híades, etc.) éstos familiarizaron a los griegos del Helenismo con las estrellas; y, reconociendo en ellas los contenidos mitológicos de su religión, aceptaron sin problemas la  acción supuestamente ejercida por ellas; que era, en gran medida, la que las historias antiguas concedían a los seres, monstruos, dioses y héroes ahora transferidos al cielo.

Por  último  los  avances  de  la  astronomía,  lejos  de  suponer  un  obstáculo  para  el desarrollo de  la astrología, más  bien sirvieron de fundamento y justificación para ella. En parte, debemos reconocer que, pese a su prestigio como ciencia matemática, nunca logró  librarse de los prejuicios religiosos que justificaban  la  posición central de la Tierra; Cleantes, por ejemplo,  estaba empeñado y no sin aceptación en que los griegos sometieran a  un proceso de impiedad a Aristarco de Samos por su teoría de que la Tierra giraba alrededor del Sol como recuerda  todavía Plutarco en el siglo I de nuestra Era. Y fue mucha la atracción ejercida por la astrología sobre renombrados astrônomos de los siglos III, II y I a.C. De Timócaris puede servirnos la mención que de él hace Teófilo de Edesa, quien lo cita al lado de Critodemo, Valente y Doroteo, como fuente para la vulgata astrológica usada por los persas; de los demás, no hay razones, aparte de los prejuicios sobre el racionalismo helénico, para dudar de las noticias que ligan con la teoría y la práctica astrológica a científicos como Hiparco, Serapión, Conón y tal vez el mismo Hipsicles; como tampoco las tenemos hoy para pensar que el gran Tolomeo pudiera escribir el Tetrabiblos.

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Así pues, la llegada de Beroso a Cos, precedida por las relaciones de otros sábios griegos con Oriente y orientales con Grecia, se produce en el momento más adecuado. Cuando las conquistas de Alejandro han hecho permeable el pensamiento de los griegos a nuevas corrientes; cuando la organización de los estados alejandrinos há potenciado una clase media amplia y desorientada que pide satisfacer la individualidad de su destino; y cuando el sentimiento nacional de los nuevos reinos ajusta sus tradiciones locales a esta nueva religión (¿o ciencia?) de los astros. En este sentido, no estaban faltos de razón los autores antiguos que responsabilizaban del origen de la astrología a los egipcios, siendo así que el panorama social de los textos tanto tiene que ver con el reino de los Tolomeos y los Lágidas, como ha demostrado el libro de Cumont sobre el Egipto de los astrólogos, válido en muchas de sus precisiones.

Los nombres que, según la tradición, dan fe histórica de la astrología a partir del siglo III a.C. reafirman la hipótesis de una práctica que estará ya consolidada en los tiempos de Pompeyo, cuando se data el horóscopo de coronación de Antíoco de Commagene (7 de julio del 62) y cuando cultiva este arte el primer gran astrólogo romano, Nigidio Fígulo.  Entre esos nombres, unos son de dudosa autenticidad, como Hermes Trismegisto, Asclepio, Anubis, Abraham, Salomón, Alejandro o Nequepso y Petosiris, aunque sus manuales, a fuerza de repetidos, debieron tener una realidad histórica incuestionable. Otros, como Beroso, Epígenes de Bizancio, Apolonio de Mindos, Bolos de Mendes, Critodemo, Protágoras de Nicea, Teucro de Babilonia, Sarapión, Timeo Praxides, designan a los astrólogos que elaboraron el cuerpo doctrinal en que se apoyan los primeros documentos de importancia que tenemos a partir del siglo I a. C.: Nigidio Fígulo, Manilio y Doroteo Sidonio.

En las obras de estos autores, que conocemos por fuentes tardías, Vetio Valente, Hefestión y Fírmico Materno, además de por los resúmenes, excerpta y fragmentos que se les atribuyen en los códices astrológicos griegos, se vislumbra un prometedor panorama de aportaciones que diseñaron bastante bien ya la estructura teórica y práctica de la técnica astrológica.

La primera tiene que ver con el carácter relevante que se dio al Zodíaco, aunque no se olvidara su importancia como marco de referencia para el movimiento de los auténticos dioses de la astrología, que siguieron siendo los planetas, el Sol y la Luna.

Las relaciones aspectuales de los signos, sugeridas ya por las asociaciones trigonales y diametrales de Babilonia, son una creación netamente helenística, que está en la base de la astrología desde sus comienzos teóricos en Grecia. Sin ellas, y sin las ascensions de los signos (cuya importancia astrológica posiblemente justificó el estúdio astronómico de Hipsicles) no se entiende la doctrina afética y climatérica de Critodemo, Nequepso y Petosiris, Hermes Trismegisto, etc., tan importante para determinar la duración de la vida; por otra parte, las posibilidades astrológicas de los planetas que abrió la doctrina de los aspectos fueron excepcionales, ya que permitían establecer relaciones entre signos diferentes y transferir sus cualidades (positivas o negativas) a los planetas que se encuentran en aquellos, o incluso hacer efectivas las propiedades de éstos (como έπιμάρτυροι) en lugares no ocupados por ellos.

Junto a esa importancia del Zodíaco, y en relación con él, otra gran aportación del Helenismo (egipcio) a la astrología es la doctrina de los decanos, ligada principalmente a los nombres de Nequepso y Petosiris (también Hermes Trismegisto) y de Teucro de Babilonia.  Con ella las relaciones matemáticas entre los signos, que justificaban la presunción de μαθηματικη τέχνη, pasan a un segundo plano, en favor de estos señores terribles del tiempo, libres de las contingencias de los planetas, pero que influyen sobre ellos.  El proceso de adaptación de las antiguas estrellas egípcias que marcaban el calendario, está claro: Primero se integran en el Zodíaco para precisar el cómputo del tiempo; luego actúan como divinidades astrometeorológicas; y finalmente, ya tal vez en el II/I a.C., enriquecen, como προσωπα, el entramado religioso de la astrología. En efecto, es posible que esa otra denominación (lat. facies) dada a los decanos venga del momento en que ya se han completado sus funciones astrológicas, como hace presumir la expresión de Teucro en Retorio: ό μέν ά δεκανός ϕέρει πρόσωπον Αρεως. (CCAG, VII, p. 195).

Con carácter previo a la doctrina de las casas que Fírmico Materno atribuía a Nequepso y Petosiris, cuando establecieron el thema mundi, hay que contar con otras relaciones entre planetas y signos de origen babilonio. Las más importantes son la doctrina de las exaltaciones y depresiones de los planetas, que contempla todavía como trígono regido por Venus el de Piscis, por Marte el de Cáncer o por Libra el de Saturno en horóscopos de época imperial; y la de las monomoirías, que debió estar en la base de los términos planetarios fijados o, al menos, replanteados por Critodemo, donde se percibe todavía el orden planetario de los caldeos. En fin, que el tratado de Nequepso y Petosiris pase por ser el que establece el orden de los domicilios, no significa que ya antes no existieran éstas y otras asociaciones entre planetas y signos (sobre todo mitológicas y religiosas) que acabarían dando un sentido lógico a las vinculaciones fortuitas (basadas en un orden determinado de los planetas y de los signos) entre ellos. En concreto, la división de las edades de acuerdo con los planetas y la heptazonos, según la utiliza Valente de Critodemo, viene condicionada por la asociación de aquéllos con sus domicilios.

Además del Zodíaco y los Decanos, la importancia astrológica de la esfera celeste se completa con la descripción de los paranatéllonta, iniciada por Eudoxo y preocupación constante en los autores de catasterismos.  Pero la gran contribución helenística (en concreto de Teucro de Babilonia) fue atribuir significado astrológico a las constelaciones de la llamada sphaera barbarica, en especial a la dodecaoros egipcia, tratada además en el cap. 25 del Liber Hermetis.

En todo caso, el logro más importante y original de la astrología helenística, que llevó al máximo de sus posibilidades a la genethlialogía, fue la dodecátropos.  Se basa en la división en cuatro partes del Zodíaco real, tal como se presenta en un momento y en un lugar concreto de la tierra; esas partes quedan definidas por cuatro referentes espaciales que limitan los cuadrantes de la eclíptica, los llamados Centros: Horóscopo (oriental), Medio Cielo (meridional), Occidente (occidental) y Bajo Cielo (septentrional). Y aunque hubo una subdivisión (con poco éxito) de los cuadrantes en dos casas cada uno, configurando la octótropos, la verdadera creación helenística fue la que estableció doce casas astrológicas.  Su invención se atribuye a Hermes Trismegisto, pero de nuevo los textos de los primeros autores reales presuponen su existencia en el III a.C. (Protágoras de Nicea y Critodemo), y las noticias nos hablan de teorías diversas sobre la importancia de esas casas en el II a. C. (Necepso-Petosiris) y I a. C. (Timeo Praxides).

Así, y a propósito de este último, Antíoco dice que fijó como buenos siete lugares: los cuatro centros, las triplicidades del horóscopo (= el noveno y el sexto) y el undécimo (τήν έπαναϕοράν τοϋ μεσουρανήματος), mientras que Nequepso sólo consideraba buenos los cuatro centros y sus epanaphorai.

Ligada a la doctrina de la dodecátropos está la de las suertes, lugares determinados por las diferencias de longitud entre el Sol y la Luna o entre los planetas, siendo los más importantes la de la Fortuna y la del Demon. Los astrólogos tardios, en general, remontan también a Nequepso y Petosiris (Valente, a Nequepso y Fírmico Materno y el escoliasta de Tolomeo, a ambos) la determinación de la suerte de la Fortuna en la que el papel dominante corresponde la Luna; esto ha hecho pensar en un origen babilónico de la doctrina, pero la atribución precisamente a Tyche, la gran diosa de los alejandrinos, nos sitúa en este período.

La aplicación inmediata más clara de la dodecátropos fueron las katarchaí, de cuya repercusión social, y por consiguiente, éxito entre la población helenística y romana, da buena cuenta el último libro de W.  Hübner.  La encontramos ya en Protágoras de Nicea, primer autor del que se conserva fragmentos de una katarché sobre fuga de esclavos (en CCAG, IV, p. 150-151, Hephaest, III 52 ss.) y otra sobre viajes (en Hefestión, III 37), como también en otros autores de la época (Timeo Praxides y, tal vez, Nequepso y Petosiris, aunque no se conserven fragmentos).

No podemos extendernos aquí en más detalles, ni hablar sobre la importância astrológica de los cometas, tratada ya por Apolonio de Mindos y Epígenes de Bizancio, ni sobre las determinaciones concretas de la influencia de signos, planetas y decanos en el mundo sublunar que cuenta entre su practicantes, por ejemplo, con Sudines para la lítica, con Hermes y Nequepso-Petosiris para la botánica astrológica (y la iatromatemática), y con Hiparco para la geografía zodiacal y la melotesia.

3

Pero sí nos gustaría decir unas palabras sobre los problemas que plantean los comienzos helenísticos de la astrología, ilustrados en Critodemo.

Un rasgo que parece tener la astrología helenística respecto a la del siglo II d.C. en adelante, son sus posibles valores literarios.  Comparten en general las obras de estos autores, como en otras ciencias, una forma poética.  No es extraño, por ello, que el tratado del Ps.-Manetón, supuestamente dedicado a Tolomeo, se escriba en hexámetros dactílicos. Puede discutirse la calidad literaria de estos poemas, pero el hecho mismo de que se escriban en verso, implica una preocupación por la forma igual a la que tienen por el fondo. La tradición poética se percibe todavía en el siglo I/II d.C. con obras como las de Manilio, en latín, o Doroteo, Antíoco y Anubión en griego, para dar paso entonces a la prosa sin pretensiones literarias de los manuales de Tolomeo, Valente, Paulo de Alejandría, Hefestión, Fírmico Materno, Juliano de Laodicea y Retorio. Excepciones helenísticas como las de Nequepso y Petosiris, o los tratados herméticos, seguramente en prosa, pueden justificarse por su fama como traducciones de textos egipcios.

Pues bien, en el caso de Critodemo, las citas parecen indicar que su obra estaba en prosa; pero, a diferencia de los tratados del II d.C. en adelante, no le falta a nuestro autor preocupación por la forma. Lo hace suponer el lenguaje metafórico que encierra la única cita textual que nos ha dejado Valente:

ήδη ποτε πελαγοδρομήσας καί πολλήν έρημον  διοδεύσας ήξιώθην άπό  θεών λιμένος άκινδύνου τυχειν καί μονής άσϕαλεστάτης

así como su crítica como autor poco claro y nada didáctico.

De las dificultades que plantea el helenismo para la determinación histórica de estos autores – y no es la astrología un caso muy especial dentro de la ciencia alejandrina – Critodemo es un buen ejemplo. Su interpretación mística de la astrología y su interés por hacer difícil lo obvio cuadra con la mentalidad de los primeros astrólogos, que aspiraban con ello a ser respetados y admirados como mathematikoi.

Por otra parte, compuestos como el del participio πελαγοδρομήσας utilizado por él en la única frase en estilo directo que le atribuye Valente y que repite Diogeniano para explicar el sentido de una frase proverbial, usada a su modo por Cleantes; como κυνοβρωτοι recogido por Valente en un texto en que utiliza como fuente a nuestro astrólogo y que sólo encontramos otra vez en Neantes de Cízico; y como διπολιται (CCAG, VIII1, p. 258), presente en un texto suyo sobre los términos y relacionado por Cumont con bicives del tratado de Hermes Trismegisto y con έν διποληίδι ϕήμη de Manetón (IV 375) para demostrar el origen tolemaico de los textos astrológicos, aunque no sean determinantes, sugieren al menos una aproximación de nuestro personaje al siglo III a.C. El título de su obra Horasis (el de Pínax es discutible) delata la orientación mística de su doctrina astrológica, criticada por Valente. Su estilo, al que ya hemos aludido, es el que esperamos de quienes tratan de impresionar haciendo gala de las dificultades de su arte.  Y Critodemo lo consiguió con su oscuridad, a juzgar por lo que dice Valente.

En cuanto a las doctrinas tratadas por él, fijó los términos planetários (posiblemente introduciendo consideraciones griegas para alterar el orden de los planetas babilonio) y trató sobre las edades de la vida a partir de los planetas y lugares aféticos, sobre los lugares climatéricos, sobre la heptázonos y sobre epimerismos y monomoirías.

Podemos decir que Critodemo fue un pionero, aunque son muchos los problemas a que se enfrenta el historiador y el filólogo con estos textos fragmentarios, mal transmitidos y llenos de interpolaciones.  A veces es difícil distinguir lo que es del autor, cuyo texto se quiere establecer y lo que es del transmisor que lo utiliza como fuente.  En el caso de Critodemo también tenemos ejemplos.  Así, Valente, en el texto sobre las monomoirías (y la heptázonos) ejemplifica con posiciones planetarias, cuyas efemérides nos llevan al siglo I d.C. Si el ejemplo fuera de Critodemo, habría que situarlo en época imperial; pero, siendo tan oscuro como dice Valente, nos resulta al menos extraño que ejemplos tan didácticos puedan atribuirse a la intención de Critodemo.

En fin, mi exposición pone en claro las dificultades a que nos enfrenta el estúdio de los primeros manuales de astrología. Pero me gustaría que esas dificultades, en vez de obstáculo, fueran un estímulo para άρχαίοι y νεώτεροι en el empeño de sacar a la luz los textos de estos primeros astrólogos, cuyas obras inspiraron a poetas y filósofos y fueron utilizadas por sacerdotes y consejeros de emperadores y gobernantes.

Fundamentos de la Astronomía en Grecia

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